Veinte años y nada

Oswaldo Osorio

La diferencia entre tener veintitantos años o cuarentitantos es que, en el primer caso, no existe el remordimiento, porque está toda la vida por delante y no hay mucho qué mirar hacia atrás. Por eso Trainspotting (1996) es libertaria e irreverente, un grito de excitación por la vida en medio de la irreflexibilidad y la inconsecuencia; T2, en cambio, reúne a los mismos cuatro personajes, pero ya con más de cuarenta años cumplidos y la certeza de no tener aún nada en la vida, por eso la película es un lamento de amargura y frustración, aunque con la misma o mayor visceralidad que su antecesora.

Cuando Renton vuelve a Edimburgo, veinte años después de traicionar a sus amigos, los busca impulsado por una mezcla de culpa y nostalgia. Pareciera que nadie ha cambiado, ni siquiera él, están en la misma suciedad sin futuro que cuando jóvenes, pero justamente esa falta de cambio es lo que más pesa, y esta situación transforma por completo una historia que tiene casi los mismos ingredientes de la primera parte: amistad, drogas, violencia, delincuencia, repudio al sistema y oportunidades para la traición.

Ante tales circunstancias, el relato cubre con una sombra de patetismo a sus personajes. No obstante, por lo poco que ha cambiado su situación y naturaleza, de nuevo la trasgresión e irreflexibilidad se toma la trama. Víctor Gaviria dice que la delincuencia podría verse como el último recurso de resistencia de los marginados por la sociedad. Ya adultos, y aún sin nada que perder, estos cuatro hombres buscan tratar de salvar algo de ese desastre de vida, de quitarle a la sociedad ese pedazo que les ha negado. El problema es que nunca dejan de ser conscientes de la edad que tienen, del tiempo desperdiciado y de todas las cosas que han perdido.

Además, nunca olvidan lo que vivieron dos décadas atrás. Y tal vez lo mejor de la película es esa conexión que mantiene con la primera parte, con el pasado, el cual se remonta, incluso, a cuando eran niños. Ese vínculo es el leitmotiv de esta nueva historia, lo que la motiva y le da sentido, tanto a esa nostalgia de una vieja y salvaje a mistad, como a la frustración de ver que nada ha cambiado y, al parecer, poco queda de esa amistad.

Entonces las imágenes, las vivencias y hasta la música de la primera cinta aparecen como ese paraíso perdido: “Eres un turista en tu propia juventud”, le dice Simon a Mark. El mismo Danny Boyle resulta siendo turista en su vieja película, incluso dentro de T2 reconstruye el relato de aquella, volviendo a su origen, cuando esas vivencias de cuatro gamberros eran solo los garabatos de un adicto a la heroína en una hoja.  

En T2 también están esas potentes, poéticas e ingeniosas imágenes que dan cuenta de los estados alterados de la mente por vía de la droga, como pocos directores lo han hecho. Sigue trepidante en su ritmo narrativo, pero detenido por momentos con el drama de estas cuatro vidas desperdiciadas. Por eso la amistad y las pupilas dilatadas, luego de veinte años, son ahora cambiadas por la zozobra de una vida sin futuro y el dilema de traicionar o ser traicionado.

Publicado el 23 de abril de 2017 en el periódico El Colombiano de Medellín.

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