Cantar y matar, cantar y matar... 

Por Oswaldo Osorio

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Esta película es un musical. Es necesario decirlo de entrada, puesto que la buena o mala disposición hacia este género es la clave para disfrutarla o morirse del tedio. Esta última palabra parecería muy fuerte para los seguidores de Tim Burton y para una mirada objetiva al argumento y ritmo del filme, pero es que verdaderamente para muchos resulta una barrera el hecho de que durante más de la mitad de la cinta los actores se la pasen cantando. El problema no es del género, por supuesto, sino de nuestra falta de tradición musical, falta de tradición tanto en el cine como en el teatro latinoamericano, que sólo hace muchas décadas se consideraba este género como del gusto del público. Pero en Estados Unidos, ya sea por Broadway o Hollywood, tal tradición es una de los pilares del mundo del entretenimiento. Que ahora esté un poco en desuso, no significa que en sus esporádicas apariciones encuentre el beneplácito del público, como ocurrió con Chicago, Moulin Rouge o High school musical.

De hecho, esta última película de Tim Burton está basada en un celebrado musical de Broadway, escrito por Stephen Sondheim y que ha sido ya llevado al cine y a la televisión. Es evidente por qué este director eligió dicha obra para su adaptación, pues en ella se encuentran todos los elementos con los cuales ha construido, película a película, sus singulares universos y su estilo reconocible, esto es, unas historias  tétricas y macabras siempre complementadas por una mirada desde la inocencia, los personajes extremos y diferentes a su entorno y la estilización visual a partir de los espacios y ambientes que recrea. Claro que en esta cinta hay variaciones a esos conocidos elementos. La principal de ellas es la naturaleza de su protagonista, el barbero Sweeney Todd, quien ya no es el típico personaje burtoniano, donde lo macabro y lo inocente, así como el bien y el mal, se mezclan. No, aquí estamos ante un verdadero villano, al que el espectador quiere querer por ser su protagonista y por estar interpretado por un Johnny Depp que se ha convertido en el último actor de culto.

Pero lo cierto es que no es un personaje pensado para tener este tipo de relación con el público, por su permanente actitud hosca y agresiva, su falta de reparo moral, su conducta de sicópata y por su trágico final. Incluso es un personaje enmarcado en un esquema conocido, este es, el del buen hombre injustamente condenado que regresa obsesionado con la venganza, lo cual, si no exaspera, sí se antoja muy recurrente, teniendo entonces a un  Conde de Montecristo más, pero construido en clave gótica.  

Puede que el personaje tenga muchas de las características de todos los demás que han protagonizado las historias de Burton, pero a éste le hace falta algo fundamental, que es precisamente lo que fascina de los personajes de este cineasta, esto es, el componente de ingenuidad, bondad e inocencia que siempre hace una encantadora combinación con el aspecto macabro. La inocencia aquí está representada en la pareja de jóvenes enamorados, que resulta tan simplona como poco atractiva, y también en la figura del niño, pero no alcanza a solucionar el problema por ser un personaje secundario.

Sin embargo, el malevo  encanto y  la enfermiza estilización de los ambientes propios del universo de Tim Burton mantienen su ingenio y atractivo característico. La riqueza visual y el cuidado de cada detalle, desde la tonalidad azulosa de la imagen hasta las derruidas edificaciones, los carcomidos trajes o su pompa burlesca, los planos insólitos y el uso del alto contraste en la iluminación que enfatizan lo sombrío de la historia y los personajes, todo eso ese conjuga para enmarcar este tétrico musical, que por definición de ambos términos, resulta una paradójica contradicción, es decir, justo como toda la obra de este director.

Esa paradoja se acentúa con la presencia de los dos elementos que más protagonismo tienen en toda la historia, las canciones y la violencia explícita y hasta exagerada. Cantar y matar es el verdadero oficio de este barbero, otro personaje del geniecillo de Tim Burton que protagoniza su historia más turbadora, en la que toda su trama se dirige, en un lírico y truculento crecendo, hacia la fatalidad, en la que el canibalismo es la tonada de fondo y en la que hasta los niños se convierten en asesinos. Pero no hay de qué preocuparse (del todo), porque es un musical, no una película de horror. 

Publicado el 15 de Febrero de 2008 en el periódico de Medellín.

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