Olor a muerte

Por Oswaldo Osorio Image

Al libro de Patrick Süskind en que se basa esta película lo rondaba la leyenda de que era imposible de adaptar al cine. Por eso, seguramente muchas de las opiniones sobre esta cinta estarán determinadas por la comparación  con un texto que, además, podría considerarse algo así como un best seller de culto. La esencia de esta historia está en el importante protagonismo que tiene el menos visual de todos los sentidos: el  olfato. De ahí que siempre fuera un reto para cualquier director que lo quisiera llevar a la pantalla, que en este caso fue el alemán Tom Tykwer, quien a pesar de su sobrevalorada Corre, Lola, corre, es ciertamente un director con un gran talento visual, que era lo que aquí más se requería.

Pero como se sabe, es necio pedirle al cine lo mismo que la literatura ofrece y demandarle fidelidad total, puesto que eso nunca será posible, debido a que se trata de dos medios con distintas formas de expresar, describir y narrar. Sólo que en este caso, sí era fundamental que las imágenes lograran lo que el texto ya había conseguido, esto es, dar cuenta de todo ese intangible universo de los olores. La película lo logra con más bien poca fortuna, salvo tal vez el momento en que el maestro de perfumes siente ese primer aroma creado por Grenouille, cuando su oscuro y mohoso sótano se convierte en un primaveral jardín coronado por el beso de una mujer. Sólo ahí el espectador puede captar, si bien no un olor, lo que siente un personaje con éste.

De ahí que para conseguir recrear esa realidad impalpable, lo que hace el filme es apoyarse en el texto y recurrir a una voz en off casi omnipresente que le facilita el trabajo a la imagen, pero que, por la misma razón, le pesa demasiado a la película y le resta méritos al relato. De manera que, sin las posibilidades de mayor abstracción de la literatura, el aspecto esencial de este filme se soluciona rápidamente con un narrador y, de cierta forma, se queda sólo con el argumento sobre un asesino en serie. Ya desde el título estaba anunciada esta intención (o limitación): se trata de la historia de un psyco killer cuya motivación parte de una obsesión o perversión.

Ahora, en cuanto al personaje central, su don para identificar y crear olores parece ponerlo moralmente por encima de todos. Se antoja más como un animal, no sólo por la forma como siempre ha vivido y por su preponderante instinto olfativo, sino por esa ausencia de consciencia moral que el narrador y la película entera parecieran querer contrarrestar apelando a esa sensibilidad olfativa que lo eleva a un punto casi sublime. En ese sentido resulta un personaje muy ambiguo para el espectador, quien seguramente se debate entre la identificación con el protagonista y el juicio moral que haga de sus crueles actos. Y el desconcierto aumenta con ese final que podría ser visto como lírico o fabulesco, aunque también como absurdo e inverosímil. Cada quien elegirá.

En todo caso, es una película bastante irregular, con grandes y atractivos momentos, pero también con carencias y golpes bajos. En general, puede resultar entretenida, por su relato bien armado, aunque apoyado en las muletas de un narrador. Su concepción visual, a pesar de ser casi siempre impotente al traducir ese verbalizado universo de olores, es tal  vez lo más interesante y bien logrado, sobre todo por su juego de contrastes: belleza y fealdad, opulencia y miseria, la decadente opacidad de la ciudad y el fresco esplendor del campo. Aunque en contrapartida, su banda sonora se afana mucho en subrayar la supuesta sublimidad de la historia con melodías pomposas y melosas que acompañan imágenes en cámara lenta. Y así, como en una pequeña montaña rusa, el relato conduce de la complacencia a la insatisfacción, sin subir muy arriba ni bajar muy abajo. 

Publicado el 16 de febrero de 2007 en el periódico El Mundo de Medellín.

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