Los Mudos Sentimientos de Nelly y el Señor Arnuad

Por Oswaldo OsorioImage

“...total, ya sabía que la vida acaba en desconsuelo”
-Adolfo Bioy Casares-

Al igual que el autor de La Invención de Morel, ese viejo amigo de Borges, Claude Sautet, al hacer El placer de estar contigo (Nelly & Monsieur Arnaud, 1995), sabía lo que hay al final de la vida, y nos lo hace saber, un poco entre líneas, en esta sosegada pero intensa película. Claro que esta perspectiva de la vida, la cual nos da a través del señor Arnaud, un personaje construido con matices autobiográficos, es sólo la mitad de la película, porque la otra mitad, la vemos en esa singular y emotiva relación que establece con la bella y distante Nelly.

La película conserva las características esenciales que le han valido el reconocimiento a este veterano director francés a lo largo de sus escasos trece filmes y de sus innumerables guiones, esto es, un cine más de ambientes y personajes que de sólidos argumentos o elaboradas temáticas. Es un autor que se ha especializado en estudiadas crónicas de la vida de la clase media y es un gran observador de las actitudes y conductas de la gente corriente, las cuales luego recrea en sus películas. Es por eso que sus filmes están basados en situaciones aparentemente anodinas, pero que, en su conjunto y soportadas en el trabajo de los actores,  dan como resultado piezas de gran vigor, como es precisamente el caso de El placer de estar contigo.
 
Esta película nos muestra a una hermosa y joven mujer que acaba de separarse de su marido y que pasa algunas penurias económicas, y los vínculos afectivos y amistosos, y tal vez amorosos, que crea con un hombre solitario y ya maduro, que vive holgadamente de su posición acomodada. La relación comienza con un mutuo pero diferenciado interés: ella necesita dinero y él una asistente para terminar de escribir un libro y, de paso, para que le haga compañía, aunque esto último nunca se pone de manifiesto.

Estas son las cartas que Claude Sautet dispone sobre la mesa y con las que juega y elabora una historia tan delicada como llena de fuerza, una historia que es poco lo que nos cuenta pero mucho lo que nos muestra, en especial en lo que se refiere a esos personajes tan sólidos y llenos de intensidad que, tanto el director como Emanuelle Béart y Michel Serraut con sus respectivas y brillantes interpretaciones, logran construir.

Y es que, como ya dije, ésta ha sido siempre la principal característica de este cineasta: su trabajo con los actores y su puesta en escena, dos elementos sobre los que funda sus historias y con los que es capaz de lograr personajes y secuencias que, como los de esta película, tienen la virtud de transmitirnos sentimientos plenos, verdaderos retratos de vida y de personas, con toda la profundidad que pueda tener la obstinada cotidianidad.

El mismo Sautet ha confesado que, aunque parte de guiones de hierro, deja una puerta abierta al trabajo con los actores, con quienes entabla una relación especial, antes y durante el rodaje, pues le gusta conocerlos y compenetrarse con ellos. Eso se refleja en lo que vemos en la pantalla, es decir, en personas de verdad, que se dirigen a sus interlocutores para hablar y para decir cosas verdaderas, por más triviales que sean, y no para pronunciar parlamentos; personas-personajes que dicen más con un gesto o con una mirada (como ocurre demasiadas veces en esta película con Emanuelle Béart-Nelly), que con un largo diálogo.

A pesar de que la relación entre Nelly y el señor Arnaud en ningún momento pasa de ser  una relación de negocios, el roce diario y la convivencia trabajando juntos, los lleva a establecer una amistad con resonancias en mudos sentimientos que, aunque nunca se expresan, ambos saben que existen. Aquí es donde aparecen esos gestos y actitudes que dicen más que los mismos diálogos. Y sin uno darse cuenta, tanto los gestos y actitudes de ambos, como esos diálogos calmos y desenfadados, vestidos con la aparente futilidad de la cotidianidad, van construyendo progresivamente un vínculo, una afinidad afectiva tan diáfana y sincera que parece querer alcanzar lo sublime.

Pero esta no es una película de encuentros -tal vez sólo momentáneos-, sino de pérdida y desencuentro, y en el caso de Arnaud, especialmente, quien se encuentra ya en el crepúsculo de su existencia, la película, en un final inesperadamente intenso, resultará como la vida, acabando en desconsuelo. Entonces se resigna a perder a Nelly, porque tampoco puede decir que alguna vez la tuvo, y se aferra a lo único que verdaderamente tiene un hombre de su edad en la vida: su pasado. Si hay una lista de partidas o despedidas memorables en el cine, la que protagonizan Emanuelle Béart y Michel Serraut en esta película, debe entrar a hacer parte de ella.

EL ABISMO DE LOS AÑOS

El placer de estar contigo nos habla, en un tono un poco triste y melancólico, de esos abismos que las diferencias de edades pueden significar. En un momento de la película el señor Arnaud, como en busca de la complicidad de un sentimiento mutuo para un posible mayor acercamiento, le pregunta a Nelly que si la vida le aburre, ella le contesta que no, que pude llegar a ser angustiosa, pero que no le aburre. Por eso Arnaud se limita sólo a contemplarla (como esa noche en que la mira dormir) y disfruta lo más que pueda su compañía, porque sabe que esa cercanía no va a durar mucho, incluso sus mismos achaques físicos le ayudan a tener esto siempre presente. Ella también lo sabe y, aunque pone muy poco de su parte, participa calladamente de esa relación y de ese sentimiento creciente.

Y es que además de la diferencia de edad, existe entre ellos algo más que los separa: él siente un renovado interés por las personas y ella está en retirada de las relaciones personales. Esto hace, entonces, que su encuentro sea más pasajero, y tal vez por eso más intenso. Sus vidas se cruzan en ese umbral que separa el mundo de las personas y las relaciones, con el mundo de la buscada soledad y la renuencia a la sociabilidad. No quiere decir esto que Nelly sea una suerte de huraña misántropa, porque incluso mantiene una relación amorosa al margen de su amistad con el señor Arnaud, sino que ese distanciamiento con los demás se refleja es en su actitud: no habla mucho, deja ver poco de sí -salvo en algunas conversaciones con Arnaud- y muestra un desapasionado interés por las cosas.

Pocas veces una película nos muestra tal plenitud de sentimientos a partir de tan pocos elementos. Es necesario conocer muy bien, no sólo el oficio de director -sobre todo el de director de actores- sino la misma naturaleza humana, para obtener esa virtuosa recreación de la filigrana de las emociones que consigue Claude Sautet con su película y sus personajes; para llegar hasta donde él y sus actores llegan con su vínculo profesional y artístico en esa búsqueda reflexiva e intimista de unas personalidades y sus más finos matices, de unos estados de ánimo, unos sentimientos y una disposición ante la vida misma.

Con películas como El placer de estar contigo -lástima tan banal título en español-, a uno como espectador no le hacen falta las anécdotas argumentales ni las estructuras narrativas, porque si bien son filmes que no avanzan mucho en la acción, la evolución interna de los personajes y las relaciones que establecen entre sí progresan más que cualquier historia épica. Cineastas que cuentan historias hay muchos, son casi todos, pero que puedan recrear y transmitir lo intangible del espíritu y los sentimientos humanos, como lo hace Claude Sautet con su película, podemos contarlos de memoria y sin que esto nos lleve mucho tiempo.

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