La ciudad de los niños perdidos

Por Oswaldo Osorio Image

Los niños de la guerra siempre actúan como adultos, ésa es una de las más dolorosas constantes de las confrontaciones bélicas. Pero ni los noticieros ni la historia dan cuenta nunca de esta realidad, los niños sólo son números o instantáneas del desamparo que le dan la vuelta al mundo en efímeros periódicos y fugaces informes televisivos. El cine, en cambio, que sí tiene la capacidad de acercarse más a una realidad y adentrarse en ella, hace posible conocer y comprender realmente esa irrecuperable pérdida de la inocencia, esa forzada madurez que sólo garantiza los traumatismos que, seguramente, más tarde serán causantes de más violencia.

Aunque esta cinta aparece como una producción entre Irán e Irak, se debería hablar de ella más exactamente como una película kurda, pues su autor y la historia que nos cuenta pertenecen a este pueblo sin país, el cual ha sufrido más que cualquier otro las confrontaciones que se han presentado en los cuatro países en los que está desperdigada su población: Irán, Irak, Siria y Turquía. Y aunque su director, Bahman Ghobadi, se ha formado en Irán e incluso  ha trabajado con el afamado Abbas Kiarostami, su cine, que ahora cuenta con cuatro películas, ha buscado tener una identidad propia, una identidad en la que mucho tiene que ver la opresiva situación social y política en que se encuentra la gente de Kurdistán.

Sus historias, entonces, y como ocurre en esta película, son tratadas casi siempre apelando a un realismo que sólo por momentos retoma esa poética de lo simple y lo cotidiano que ha caracterizado al cine iraní. Lo que propone aquí Ghobadi es más como un documental ficcionado, en el que trabaja con actores naturales y donde la realidad nos confronta de una forma nada placentera. Por eso es un filme que reclama en el espectador una disposición para ese cine que, lejos de ser evasivo o en función del entretenimiento, es comprometido con unos temas, unas ideas e incluso una cierta forma de narrar.

Como toda película sobre la guerra y sus secuelas, ésta es una cinta antibélica, característica que, mezclada con el realismo, la convierte en una evidente denuncia, no sólo del caso particular de los refugiados a causa del régimen de Sadam Husein, sino de la crueldad de la guerra en general. Y la denuncia se hace a través de las vidas de esa manada de niños yendo y viniendo por todo el campamento desactivando minas, tomando decisiones radicales, comportándose como adultos, comprando armas y cargando con una angustia existencial que bien se manifiesta en un mutismo casi espectral, como en el caso de la niña y su hermano mutilado, o todo lo contrario, en una irrefrenable compulsión por hablar, dirigir y trabajar, como en el caso del niño que apodan Satellite.

Un pueblo sometido a la guerra es un pueblo de viejos, mujeres y niños. Aquí son estos últimos los que parecen cargar con la responsabilidad de hacer funcionar su precaria sociedad. Esa doble condición de niños adultos es lo más conmovedor y revelador de esta historia, pues un niño como Satellite, por ejemplo, es capaz de movilizar a los cientos de habitantes del campamento y luego estallar en un inconsolable llanto. Por eso resulta una película (y una realidad) descorazonadora, indignante incluso, una película que difícilmente quienes la vean la podrán olvidar.

Publicado el 3 de noviembre de 2006 en el periódico El Mundo de Medellín.

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