Choque sin impacto

Por Oswaldo OsorioImage

El premio Oscar a la mejor película nunca se lo han dado a una cinta verdaderamente original, audaz en sus planteamientos y que diga algo que realmente confronte al espectador o sea revelador. En cambio, sí se lo han otorgado infinidad de veces a filmes que en apariencia tienen estas cualidades, que están empacados para que así lo parezcan. Este juego de calculadas apariencias, al menos en lo temático, se traduce en el principal criterio para que una película sea oscarizable: que sea políticamente correcta, es decir, debe tocar temas fuertes, pero no tratarlos de manera fuerte, debe tener conciencia, pero neutra y aséptica,  nunca debe comprometerse, y es preferible si todas las partes involucradas quedan contentas y no hiere susceptibilidades.

Esta película del debutante Paul Haggis tiene justamente todas estas características. Parece un sentido alegato contra la intolerancia y los prejuicios en una multicultural ciudad estadounidense, con variedad de personajes que defienden sus diferentes puntos de vista y un relato que hábilmente los entrelaza, pero en realidad el alegato se agota en unas frases gastadas y situaciones harto conocidas, los personajes caen en lamentables estereotipos sin posibilidad de complejidad alguna y la forma del relato ya la habíamos visto mejor lograda, entre muchas otras, en Short cuts/Vidas cruzadas (Altman, 1993) y en Grand Canyon (Kasdan, 1991), esta última incluso abordando el mismo tema.

Sin embargo, no se le pueden restar méritos a la forma en que Haggis asumió el esquema de “película ensamble”, con todos esos personajes que van y vienen en esa gran ciudad y no se tocan, pero eventualmente se “chocan”. El relato, a pesar de todos los frentes que retoma y sus correspondientes conflictos, sabe tejer con habilidad su historia, consiguiendo que la película sea muy entretenida, lo cual en últimas resulta ser su principal  virtud. Aún así molesta un poco el exceso de coincidencias y lo efectistas que son muchas de ellas, así como los forzados giros que tiene que hacer en algunas de las historias para darles una resolución consecuente con su planteamiento.

Este planteamiento resulta más que evidente: el cargado ambiente de intolerancia y prejuicios raciales que hay en ciertas ciudades norteamericanas, saca lo peor de todos y mantiene al país al borde de la catástrofe social. Sin embargo, eso ya lo sabíamos, desde la manera tan visceral como lo propuso Spike Lee en Haz lo correcto (1989), pasando por el tono reflexivo de Grand Canyon, hasta la beligerancia con que fue expuesto por Michel Moore en Bowling for Colombine y Fahrenheit 9-11. En Crash, en cambio, no hay nada de eso, el dedo sólo señala la llaga, sin tocarla y sin untarse, por eso no produce dolor, sólo hace una distante referencia a él.

Éste tal vez sea un texto demasiado duro con una película que, en términos generales, sobresale entre tanta mediocridad y artificio impuestos desde Hollywood y legitimados por los premios Oscar. Pero su pecado fue pretender decir grandes y graves cosas y quedarse a mitad de camino.  Y el problema es que lo que se le está celebrando y se le premió fue, precisamente, esta tibia moderación, que no polemiza, ni provoca, ni propone nada de nada.

Publicado el viernes 24 de marzo en el periódico El Mundo de Medellín.

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