La vida al final de la vida

Por Oswaldo Osorio Image

Robert Benton dijo alguna vez que iba al cine para ver qué podía robar para sus propias películas, y a propósito de su último filme, Crepúsculo (Twilight, 1998), confirmó esto mismo al declarar que, antes de hacerla, estuvo viendo viejas películas de detectives privados. Esta práctica ha sido común en un buen número de realizadores, especialmente cuando se trata del cine de género. Pero a diferencia de muchos pésimos ladrones, que sólo rompen la vitrina de los taquillazos y toman lo más fácil de ella, Benton parece un inteligente y sutil salteador, pues en su película no hay botín fácil, y si se reconocen algunos elementos de otros filmes, están presentados con la propiedad y el estilo de quien los ha fabricado con sus propias manos.

Pero antes de seguir hablando de Crepúsculo, este salteador de películas merece un escueto pero respetuoso párrafo: El nombre de este tejano de 86 años se vio por primera vez en los créditos de un clásico del cine de gángsters, Bonnie and Clyde (1967), de Arthur Penn, en el cual firmaba como guionista; y luego de muchos guiones y de su debut tras la cámara en 1972, también se le ha visto firmando cerca de una decena de filmes como director. Se ha movido con comodidad por distintos géneros y temas, consiguiendo varios éxitos comerciales y/o de crítica (quienes los hayan visto sabrán cuál es lo uno y/o lo otro): Kramer Vs. Kramer (1979), Still of the night (1982), En un lugar del corazón (1984), Billy Bathgate (1991) y Nobody is fool (1996).

Las miserias de la vejez

Crepúsculo es cine de género, pero no puro, pues le coquetea al cine negro y al thriller. Empieza con un ex-detective privado que se confiesa ante una grabadora (y tres policías), así como lo hiciera Fred MacMurray en Perdición (1944), de Billy Wilder. Aquí está el primer “robo”: el detective privado que ha hecho cosas buenas y malas, y que está rodeado por un aura de pragmatismo pesimista. Pero el detective que nos muestra Robert Benton va más allá del estereotipo bogartiano. Primero que todo, es un detective viejo, tanto como lo puede ser Paul Newman, y esta particularidad es la que marca, no sólo al personaje, sino a toda la historia y al tono en que está contada. Se trata de una atmósfera sombría y a veces decadente, como lo es la del cine negro, pero no lo es tanto porque asecha lo desconocido, el peligro y la traición, sino por el deterioro físico y espiritual de estos personajes.

La vejez puede ser una cosa horrible para muchas personas. Aunque ninguno de los personajes de esta película lo diga, eso parece ser lo que sienten, desde el mismo Newman, pasando por James Gardner y Gene Hackman, hasta Susan Sarandon y Stockard Channing (que no son tan viejas y siguen siendo hermosas, incluso sensuales). Todos ellos están cansados y desahuciados -implícita o explícitamente-, y tratan de pelearle a la vida un poco de juventud, de dignidad y hasta de vida misma. Todos ellos son presa del espectro del fin y de esa mediocridad de la vejez de que hablaba Ingenieros. Ese mal sentimiento cubre toda la película, incluso también cuando se trata de los más jóvenes, empezando por la pareja de extorsionadores, esos “hermosos perdedores”, que son los más mediocres de todos y a los que primero les llega su fin.

La médula de este filme es la relación que Harry, el personaje de Newman, tiene con una pareja de actores, de viejas glorias del cine. Con el hombre lo une una particular amistad y con la mujer de éste, no tanto el amor, sino más bien un deseo aplazado. Esos sentimientos son los que meten al ex-detective en apuros, son los que motivan y matizan sus actitudes y las situaciones en que se ve envuelto. Pero, ya lo decía Bioy Casares en esa historia suya en que los jóvenes le declaran la guerra a los viejos porque son viejos, que para la vejez la amistad es indiferente, el amor bajo y desleal y sólo se da con plenitud el odio. Pero Harry no los odia, pero sí se evidencia en él un sentimiento muy afín, el desprecio. Los desprecia porque ellos son los culpables de algunas de sus miserias, porque sabe que en ellos no tiene una verdadera amistad ni un verdadero amor, porque él es sólo un personaje secundario en la película que ellos protagonizan con su mutuo e incondicional amor.

Del cine negro al thriller

La intensidad de esta historia sombría y crepuscular es complementada por un guión no menos acertado, escrito por el mismo Robert Benton. Es una historia que no se afana en mostrarnos su conflicto, sino que se toma su tiempo con los personajes y sus relaciones; les acomoda bien los huesos, los va llenando de carne y les siembra sentimientos, personales y mutuos. Es después que nos suelta un paquete con dinero sobre una mesa y ahí empiezan los problemas de Harry (ahí hubiera empezado la película para un Walter Hill o un Brian De Palma). Es en ese punto donde la historia nos va tendiendo sus lazos, gruesos y delgados, y al cabo de un tiempo comienza a enmarañarse el asunto, tanto que a veces estamos tan perdidos como Harry, nos sentimos viejos como él: extorsiones, cadáveres enterrados con el cráneo perforado, golpizas, asesinatos cometidos desde la oscuridad; no sabemos exactamente en qué momento nuestra película “negra” se convirtió en un thriller.

Cuando Harry, como un perro, desentierra unos huesos, se aclaran un poco las cosas, en el momento justo, para la historia, para el espectador y para él mismo; pero no se aclaran del todo, porque es una historia con muchas verdades, y tal vez sólo Harry (y nosotros) las conoce todas. Una se la cuenta a la grabadora, otra a la vieja pareja de actores, otra a su amiga policía y se guarda una para él.

Harry se va de vacaciones con su amiga policía para un lugar soleado y se acaba la película. Nosotros nos levantamos de la butaca y no pensamos en la trama detectivezca o en los asesinatos, pensamos es en esos personajes, en sus rostros cansados y sin esperanza, en su desganada actitud ante la vida, en su amor o desamor, en su sentido de la amistad, pero sobre todo en la vejez, en ese gran miedo que despierta, en ese sentimiento de desamparo y debilidad, a veces de inevitable derrota; pensamos en la palabra “crepúsculo” y se nos revela otro significado, menos poético y más real.

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