De combate en combate

Por Oswaldo Osorio Image

La industria cinematográfica siempre ha seguido tendencias: cine de catástrofes, Rambos, épicas de época, etc. La tendencia actual, sin duda, es el cine de artes marciales. Aunque un Jackie Chan siempre ha estado vigente, es evidente el nuevo protagonismo que el género ganó con Matriz (1999), El tigre y el dragón (2000) y el doblete de Kill Bill (2003-04).

Ya Zhang Yimou con Héroe (2002) había incursionado con magníficos resultados en ese género tradicional chino de artes marciales llamado wuxia. Pero en realidad es un director que se había ganado su prestigio por un cine reflexivo, comprometido socialmente y por cierto más minimalista. Por eso es inevitable ver esta película sin fruncir un poco el ceño: porque se enganchó a la tendencia de moda, porque acaba de hacer un filme con las mismas características pero mucho mejor y porque difiere sustancialmente de su cine anterior.

Aunque por su espíritu oriental y con su preciosismo y dinamismo visual antepone un velo tremendamente atractivo e hipnótico, si se analizan sus planteamientos esenciales, y guardadas las proporciones, se trata del mismo esquema de las películas de acción occidentales, con el conflicto romántico incluido, pero adicionalmente, con la carga de melodrama del cine más popular de oriente.

La secuencia del bosque de bambú, cuando cae sobre la pareja una lluvia de afiladas varas lanzadas por decenas de soldados, no se diferencia en nada de todas esas en que un Bruce Willys, por ejemplo, sale indemne del tupido fuego de sus antagonistas. En ambos casos estamos ante situaciones que se rigen por una de las principales características del cine de acción: privilegiar el efectismo, la vertiginosidad y el espectáculo sobre todas las cosas, aún sobre la lógica argumental.

La diferencia entre un Bruce Willys baleado y la lluvia de varas de bambú en este filme es que la primera, además de inverosímil, es prosaica y sin más interés que ver al “héroe” salvarse una vez más. La segunda, en cambio, es una secuencia hermosa y fascinante, donde la verosimilitud es soportada por una suerte de poética visual conseguida a partir de una armonía en el color, el movimiento y las coreografías.

Y es que las virtudes y fuerza de esta película definitivamente se sustentan en su concepción estética y su visualidad. No se trata sólo de paisajes bonitos, ni de escenarios y vestuarios coloridos, tampoco únicamente de enfrentamientos coreografiados con precisión, sino que se trata de un todo armónico que lleva estos elementos mucho más allá. El filme está concebido con un gran sentido poético y preciosista que deleita los sentidos y lo convierten en una verdadera experiencia estética.

Sin embargo, esta experiencia estética sólo se activa prácticamente al momento de los combates (y del baile inicial), al punto que únicamente cuando llega el próximo combate se reactiva la atención del espectador (como en las películas de acción de Hollywood), pues su argumento esquemático, melodramático y a veces forzado contrasta de inmediato con ese deleite del espectáculo y la sensibilidad visual.

En Héroe Zhang Yimou ya había demostrado que la fuerza y épica visual podían ser acompañadas por las mismas virtudes en los personajes y la historia, pero en esta nueva película repitió sólo las cualidades formales y las acompañó de una historia y un relato más convencionales, tan convencionales como el cine que azota la cartelera comercial en Colombia, que casi siempre nos da más de lo mismo, aun cuando trae cine de una nacionalidad diferente.

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