Un arte extravagante

Oswaldo Osorio

Esta es la película de un sádico, y tal vez hay que decirlo por doble partida, por el protagonista de la historia y por el director del filme. El primero, es un asesino en serie con trastorno obsesivo compulsivo, y el segundo, un autor que parece disfrutar creando unos personajes que violentan al espectador, cuando no es que él mismo somete a todo tipo de vejámenes a sus personajes. Juntos hacen una película violenta y casi obscena, por un lado, pero reflexiva, inteligente y atractiva, por el otro.

Y es que el relato tiene dos grandes componentes. En primera instancia, están los cinco episodios que resumen la sicopatología de este descarnado y cínico asesino a lo largo de doce años y más de sesenta muertes. Es una parte casi de trámite, pura provocación de sadismo y violencia, aderezada con las excentricidades del trastorno de un personaje que se ha visto hasta la saciedad en el cine: Sicópata americano, Funny Games, Henry: retrato de un asesino, y un larguísimo y tedioso etcétera, como tedioso puede parecer este componente, por lo obvio y recurrente que resulta.

El segundo componente en cambio, es complejo, intelectualizado, cargado de información y un complemento que de alguna forma le da sentido a ese otro relato mórbido y un poco elemental. Se trata de la conversación entre Jack y Verge, mientras este conduce a aquél hacia el infierno, en una directa alusión a Dante y Virgilio en La divina comedia. Un diálogo que hila los cinco truculentos episodios y los comenta, no tanto a la manera de un coro griego, sino más bien como si fuera la disertación filosófica de una competencia de argumentación, la cual, además, está profusamente ilustrada con diapositivas. Aquí lo cinematográfico, valga decirlo, pasa un poco agachado debajo de todo ese texto y esa retahíla de imágenes fijas de irregular calidad.   

Se trata de una disertación sobre la moral, la vida y la muerte que termina por desembocar en una compleja y recursiva reflexión sobre el arte y el espíritu creador de la humanidad, desde el arte más bello y sublime, como la pintura de William-Adolphe sobre Dante y Virgilio que líricamente reproduce Von Trier en su película, pasando por la arquitectura nazi de Albert Speer, hasta la horripilante mueca de un niño muerto moldeada por un sicópata. Aquí el arte es gesto y creación, un arte sádico que crea íconos, sádicos también, un arte extravagante, como esta película.

Es extravagante para bien y para mal, como casi todo el cine de este danés. Porque incluso sus películas son parte de esta disertación, pues se auto cita mostrando fragmentos de ellas y hasta sugiere que comete crímenes en la ficción porque no los puede cometer en la realidad. Y es entonces, bajo estos presupuestos, que su arte agrede y complace al mismo tiempo, a veces ganado más lo uno que lo otro.

En el caso de esta película, puede ser equivalente la sensación, pues todo lo explícito y artificial de la puesta en escena de los asesinatos contrasta con lo estimulante y hasta revelador de ese diálogo donde se debaten el amor y la muerte. Es por eso que, al final, esta provocadora obra deja un sinsabor, pero un sinsabor que, sin duda, exige repasar mentalmente muchas de las imágenes y argumentos de este relato, cuando no una nueva visionada.

Publicado el 5 de mayo de 2019 en el periódico El Colombiano de Medellín.

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