Un drama latino pasado por Hollywood

Por Oswaldo Osorio Image

Cuando en el cine se dice que un director es un artesano, quiere decir que éste conoce y sabe aplicar con buen oficio y eficacia los recursos del arte cinematográfico. El problema con esta expresión es que muchas veces es lo mejor que se puede decir de un director. El mexicano Luis Mandoki, a pesar de que en el pasado ha creado un par de películas importantes, con ésta última lo único que se puede decir es que demostró lo buen artesano que es en el oficio del cine.

Así que con su oficio de artesano es posible afirmar que Mandoki no tiene película mala. Pero tampoco que es un autor con una obra de valía, con un estilo o universo propios. Con su segundo filme, Gaby: una historia verdadera (1987) prometía ser un director con honestidad y pulso firme para los dramas. Incluso ya cuando Hollywood le abrió las puertas en esa película producida nada menos que por Sydney Pollack y protagonizada nada más que por Susan Sarandon (Pasión otoñal, 1990), su trabajo seguía siendo interesante.

Pero el poder corruptor de Hollywood hizo mella en este director, al parecer no como lo hace con casi todos los extranjeros que sucumben a su poder de atracción, esto es, con imposiciones de los productores, sino dejándose absorber por su maquinaria, por su sistema, por ese predecible idioma de imágenes y efectismo que está uniformando buena parte del cine mundial.

Todo esto para decir que Voces inocentes es una película con muchas virtudes, pero no las suficientes como para sacarla del montón. Aunque de entrada es un filme que se muestra muy interesante, pues se trata de un relato basado en la historia de Oscar Orlando Torres (co-autor del guión), a quien le tocó vivir su infancia en medio del fuego cruzado entre ejército y guerrilla en El Salvador de los años ochenta.

El drama de los niños de la guerra es recreado aquí por Mandoki con fuerza emotiva y a través de un relato preciso e impactante. Es un filme con todo muy bien puesto en su lugar: actuaciones convincentes, dramáticas situaciones que refrendan la crueldad de la guerra, contundente denuncia de la situación infantil en estos conflictos y trepidantes secuencias de acción en medio del combate.

Sin embargo, toda esa realidad y dramatismo se antojan demasiado estilizados y calculados, tal como lo enseñan en la “Escuela Hollywood”. Resulta muy evidente su planificada premeditación para impactar y conmover. Es un filme que se vuelve bastante reiterativo en sus recursos para que al espectador le quede bien claro el mensaje y salga del teatro tocado por esa realidad y por el relato que se la dio a conocer.

Pero es justamente en esto que se evidencia al artesano que es Mandoki, quien supo tomar las partes, armarlas debidamente, usar las herramientas adecuadas y causar el efecto buscado en el espectador, pero se hace obvio que falta aquello que haría un artista con los mismo recursos y el mismo objetivo: la capacidad de ser sutil, de sugerir sin tener que decir todo a gritos, de poner a pensar y de saber plantear ese drama con ideas e imágenes distintas a la de la mano que empuña una pistola detrás de la cabeza de un niño.

De hecho, este texto más que hablar de una película se planteó desde la intención de hablar de ese tipo de cine que anda tras realidades y anécdotas para empaquetarlas como un producto de perfecta factura y políticamente correcto. También para hablar de los directores que sucumben a esa mirada y a ese discurso, como Luis Mandoki, a quien su condición de latino no le sirvió de mucho para acercarse a esa realidad que debería entender de una forma distinta a la espectacularidad y efectismo emocional propios de Hollywood. Porque con él sucede como con muchas mercancías que consumimos: nos compran la materia prima, su gran industria la procesa y luego nos la devuelven como un producto totalmente edulcorado y sin la sustancia original.

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