Avanzar y retroceder en el tiempo

Oswaldo Osorio

El concepto de autor en el cine por lo general es conferido a los directores, pero eventualmente también a los guionistas, y Charlie Kaufman es tal vez quien mejor ostenta ese crédito en las últimas dos décadas. Ganó reconocimiento con ingeniosas historias como ¿Quieres ser John Malkovich? (1999), El ladrón de orquídeas (2002) y Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004), luego dirigiendo las propias, Sinécdoque en Nueva York (2008), Anomalisa (2015) y ahora este estreno de Netflix.

Sus argumentos y relatos son un reto para el espectador perezoso, porque no lo lleva de la mano con la claridad de una historia y la fluidez de una narración, como ocurre en general con el cine de ficción, sino que le plantea atípicas situaciones y personajes que parecen ordinarios pero que realmente son construidos con gran complejidad. Suele hacer pedazos el principio de causalidad, que es la lógica con la que se crea y se debe entender la narrativa clásica. Igual ocurre con el conflicto, que siempre está, pero no con la simpleza de un mundano problema, y casi siempre es otro distinto al que parece.

En Pienso en el final (I'm Thinking of Ending Things, 2020) Jake y Lucy van de visita a la casa de los padres de este. Buena parte del metraje son los laberínticos diálogos, cargados de referencias y guiños, que se dan al interior del carro en el viaje de ida y regreso. Hablan sobre películas, escritores y poesía, sobre todo tipo de temas personales, familiares y sociales sin ninguna línea en común que le dé al espectador una idea clara acerca de lo que se trata esta historia, más bien lo pone a trabajar, a descifrar y aventurarse a distintas interpretaciones.

El amor, la muerte o la vejez podrían ser algunos de los grandes tópicos que pueden guiar una probable interpretación. Prefiero la idea de que se trata del tiempo, su percepción, efectos en la vida y su relatividad. “Nos gusta pensar que avanzamos en el tiempo. Pero es al revés”, dice alguien en la película. Jake habita la trama tanto joven como viejo, sus padres envejecen y rejuvenecen de una escena a otra; Lucy, en cambio, se antoja como estancada en un día. Parece que vemos la vida de esta familia, no sobre la linealidad de un típico relato, sino desde una simultaneidad temporal caleidoscópica, y eso nos da una perspectiva distinta de estos personajes y de su vida. El pasado, presente y el futuro convergen en una imagen o en un cruce de diálogos, el punto de vista y la narración se mueven líquidos entre esos tiempos.

Claro, también se podría hacer una lectura en clave de cine fantástico, donde un hombre tiene la capacidad de “secuestrar” en el tiempo a una mujer, que a la vez son muchas mujeres, que no saben que están presas en un bucle con un viejo que perciben como joven. O igualmente, una lectura desde la trama sicológica, en la que el protagonista se desdobla en masculino y femenino o en joven y en viejo. Habla consigo mismo y se responde, y sus padres están solo en el recuerdo, como un hombre que repasa su vida al final de sus días y hace testigo de esto al espectador, sin tener para con él la amabilidad de contarla en un orden lineal.

Cualquiera que sea la interpretación(es), el caso es que estamos ante una original y potente propuesta argumental y narrativa, que no se puede recibir más que como una experiencia estimulante y desafiante para espectadores sin pereza, una película que nos pasea por distintas sensaciones y registros: asombro, fastidio, humor, intelectualidad, intriga, nostalgia, desconcierto y un largo etcétera.

Publicado el 14 de septiembre de 2020 en el periódico El Colombiano de Medellín.

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