A la guerra santa

Oswaldo Osorio

La simpleza argumental de esta película contrasta con todas las implicaciones ideológicas, sociales y emocionales que tiene su planteamiento. Con una propuesta narrativa igualmente básica, la cual prácticamente se reduce a un viaje de un punto A a un punto B, y además, casi con un solo personaje, es un filme que sabe sostener la atención y enriquecer progresivamente la trama para desembocar en un final duro e impactante que se queda dando vueltas en la cabeza.

El tema es un poco insólito para estas latitudes, pero al parecer es muy común en Europa: los jóvenes atraídos por las ideas fundamentalistas islámicas que se unen a esta fe y a la guerra santa. En Colombia, luego de décadas acostumbrados al reclutamiento forzado, esta idea de decidir el camino guerrerista por convicción (o al menos por adoctrinamiento) resulta tan exótica como un guerrillero raso con conocimientos de marxismo.

Pero lo que podría ser una suerte de thriller de acción contado desde la joven belga Elodie, al ser narrado desde el punto de vista de su madre, toma el rumbo de un duro drama lleno de angustia e incertidumbre. Luego de la desaparición de la joven, la madre empieza un desesperado viacrucis indagando por el paradero de su hija, con una determinación tal que la lleva incluso a embarcarse en un improbable viaje a Siria, a pesar de tener sus fronteras cerradas y el caos de la guerra en que está sumido este país.

Camino a Estambul (Road to Istanbul, 2015), es entonces, de un lado, el puro instinto maternal por proteger a su hija, así como la contrariedad por la indolente forma como ha sido tratada por esta a pesar de todo el amor que se tienen; y de otro lado, es una especie de denuncia, o al menos de voz de alerta, sobre el riesgo de que los jóvenes se conviertan en los hijos de la guerra. No importa que no sea su guerra, lo cual puede ser explicable, justamente, por ese vacío de ideales que pueden tener los jóvenes europeos, por esa necesidad, imperativa entre muchos de ellos, de defender una causa.  

La película mantiene una narrativa pausada, como para darle el espacio que se necesita para dar cuenta del aislamiento emocional en que queda la madre, un aislamiento que también es reforzado por la composición de los planos, en los que se marca la constante de mostrarla en medio de amplias (y muchas veces bellas) panorámicas. También el silencio y el ensimismamiento permanente de este personaje contribuyen a transmitir esa injusta desolación emocional en la que su hija la obligó a sumergirse.

En contrapunto con este lóbrego estado de ánimo, también el relato está compuesto por los afanes y diligencias de ese viaje que emprende. En esa medida, es una película con un equilibrio que sabe mantener el ritmo entre ese íntimo paisaje emocional y el esquema de la historia de búsqueda y el de una road movie. Pero lo más sorprendente de esta historia es que al final del camino, solo con lo que deja planteado en sus últimas dos escenas, la película adquiere una fuerza y connotaciones que sobrepasan el relato que acabamos de ver.

 

Publicado el 28 de noviembre de 2016 en el periódico El Colombiano de Medellín.  

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