O el cine manipulado

Por Oswaldo Osorio

Tres años más tarde, luego de su estreno y de la lluvia de premios Goya que se le otorgaron, llega esta película a la cartelera nacional. Tal demora levanta sospechas, esto debido a los asuntos extra cinematográficos que se mueven en torno a su historia, porque se trata de una cinta que, por su tema, el cine termina siendo explotado como un instrumento de propaganda, o anti propaganda, da igual.

El filme está basado –muy libremente– en la vida de Alexia González-Barros, una joven que murió a los catorce años de un tumor cerebral y que está en proceso de beatificación. Hasta ahí todo normal. Pero el episodio adquiere carácter ideológico cuando se sabe que detrás de dicho proceso está el Opus Dei, una institución católica acusada, entre otras cosas, de sectarista por sus detractores, que al parecer tiene muchos.

Independientemente de lo que cada quien sepa o piense de esta institución, lo que importa aquí es cómo está planteada la película en términos cinematográficos. Lo primero, es evidenciar que la premisa de la película es demostrar que todo el proceso de beatificación es un fraude por parte del Opus Dei y de la familia de la niña. Ante esta decisión argumental, que es una posición ideológica, el director orquesta todos los recursos cinematográficos para manipular las emociones y la opinión del espectador.

El primero, el más evidente y burdamente planteado de estos recursos es la construcción, que no de los antagonistas, sino prácticamente de los villanos de la película: por un lado, la madre, una energúmena dedicada a manipular, reprimir y censurar a toda su familia con su látigo religioso, y por el otro, los sacerdotes del Opus Dei, que lo tienen todo calculado para sacar provecho de la situación y de estas familias, tanto moral como económicamente. Ante este planteamiento sin matices, el espectador está indefenso y, sin dudarlo, toma partido.

Pero el recurso más taimado y tosco de esta cinta (a partir de aquí se revelan aspectos del argumento que van en prejuicio de quienes no la han visto), es la forma en que el director ridiculiza sin sutileza alguna a los villanos de la historia. Crea un obvio paralelo, de un lado, entre Jesús el hijo de Dios y Jesús el niño de quien se enamora Camino, y de otro, entre la obra de teatro en la que la niña quiere estar y la obra apostólica en cuestión (Opus Dei significa Obra de Dios).

De manera que en el elemental lenguaje de la película, cuando la niña dice que ama a Jesús y que quiere ingresar a la obra, pues una cosa es lo que oyen los que quieren canonizarla y otra el espectador. Entonces, lo que seguramente está planeado como una burla o denuncia, por la forma tan explícitamente deletreada en que se hace, pierde toda su eficacia, y lo único que hace es que se ponga en evidencia la torpeza del director, así como en entredicho su credibilidad.

Es una película cabalmente realizada, con momentos de gran fuerza dramática e imágenes potentes, aunque también interminablemente larga. Pero sus cualidades dejan de serlo cuando se sabe que están al servicio, no tanto de defender una idea, sino de hacerlo por medio del uso burdo y manipulador de los recursos del cine.

Publicado el 27 de marzo de 2011 en el periódico El Colombiano de Medellín.

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