Un guerrero de otros tiempos

Por Oswaldo Osorio Image

Los gángsters de Scorsese han muerto. O por lo menos así ocurre en Perro fantasma (Ghost dog, 1999), de Jim Jarmush. Esos hombres llamados Vinny o Tony, que se saludan de beso y conducen carros que hace dos décadas dejaron de ser último modelo, parece que ya no tienen nada que ver con el mundo criminal del nuevo siglo. Quedan algunos resagos, pero son precisamente películas como ésta las que dan cuenta del ocaso de una mafia que el cine, entre la fidelidad antropológica y la estilización de sus arquetipos, ha retratado infinidad de veces con desigual fortuna.

Lo paradójico en este filme, es que estos gángsters que alguna vez viéramos en Buenos muchachos (1990), Casino (1994) o Brasco (1996), no sucumben ante los nuevos mafiosos, los de New Yack City (1991) o Romeo debe morir (1999), por ejemplo; sino que lo hacen ante un hombre que se rige por los principios de los antiguos guerreros samurai. Entonces vemos cómo la integridad, mística y filosofía del guerrero japonés medieval, se transfiere a una urbe norteamericana finisecular, donde un hombre negro (Forest Whitaker), con una especie de biblia samurai en un bolsillo y una pistola en el otro, se enfrenta a una pandilla de gángsters italianos venidos a menos, que deben tres meses de renta de su “oficina” y que reciben órdenes de un viejo  senil, un hombre momificado y de un jefe cojo que escucha y “baila” rap.

Asumir la muerte

Esencialmente Perro fantasma  es la historia de un guerrero solitario que se rige, más que por una ética, por una filosofía de vida, la filosofía del samurai, y por eso tiene muy en claro cosas como su posición ante quien cree es su Señor (uno de estos viejos gángsters quien alguna vez le salvara la vida), ante lo que puede esperar de la existencia, que no es otra cosa que la muerte, y la forma como debe operar en la guerra y conducirse en la vida misma. Por eso, aunque sea una perfecta máquina de matar, también es un hombre tranquilo y espiritual, incluso sabio. Ese contraste lo dimensiona como personaje y le permite cargar, de una manera tan simple como efectiva, con todo el dramatismo de la historia, una historia que, a pesar de todo, de la sordidez y la desolación que precede al final de las cosas, no está exenta de humor (las escenas con el amigo jamaiquino) o de sentimientos nobles que exaltan la vida (las escenas con la niña).

El filme también es una confrontación entre viejos y nuevos valores. Es una queja y un lamento por la indolencia y la falta de principios reales de una Norteamérica con una cultura recién estrenada, comparada con una cultura tan antigua como la japonesa. Es por eso que mientras Ghost dog lee su biblia samurai o Rashomon, esa mafia decadente a la que se enfrenta, siempre está idiotizada ante una pantalla de televisión que reproduce sin descanso ese  caótico universo de los dibujos animados. Tanto en Rashomón como en Tommy y Daly la muerte es una constante, Ghost dog y los gángsters italianos tienen siempre presente la muerte, es algo natural, casi sin importancia, es el leitmotiv mismo de la historia; se puede matar por equivocación o con la misma facilidad con que se come un helado. Pero la diferencia entre uno y otros está es en lo que se piensa de ella, la manera como se afronta o se concibe y los mecanismos que se ponen en juego cuando es buscada: el samurai la asume con misticismo, los gángsters, en cambio, con miedo.

Jarmush & Whitaker

Sin duda ésta es la película de un director que tiene muy en claro todo lo original e intenso que se puede ser con un tema que, como el de los gángsters, ha sido tan recurrente en el cine. Por eso con este filme Jim Jarmush, quien no sólo la dirigió sino que también la escribió, reconfirma que es uno de los realizadores independientes más valiosos e importantes del cine norteamericano. Eso se vio desde su opera prima, Extraños en el paraíso (1984) y se ha venido confirmando con filmes como Mistery train (1989) o Dead men (1998). Una de sus principales cualidades radica en esos personajes que se inventa y que luego, con la complicidad de un buen actor, eficazmente recrea en la pantalla. En este caso ese actor es Forest Whitaker, de gran capacidad para interiorizar un personaje y con un aspecto ideal para interpretar el misticismo y la tragedia, así como lo hace en esta película o como ya lo ha hecho en películas como Bird (1989), la biografía que Clint Eastwood hiciera sobre Charlie Parker; o en Diario de un asesino (1992), de Roy London.

Perro fantasma no es sólo  una historia de gángsters, ni de muerte, tampoco de un loco que se cree samurai en pleno siglo XXI. Es una historia sobre lo que hay detrás de todo eso: la confrontación entre lo antiguo y lo moderno, la concepción que se tiene de la muerte, un inventario de los valores y actitudes que desaparecen o permanecen con el advenimiento de las sucesivas generaciones. Es una película de difícil clasificación, por momentos de difícil descripción, como lo es todo el cine de Jarmush. Lo que sí se puede decir con certeza, es que está dentro de la categoría de buen cine, a veces memorable y nunca olvidable.

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