La guerra silenciosa

Por Oswaldo Osorio Image

"En el crisol de la guerra, las máscaras caen...
todo lo que es ficticio desaparece para dar paso a lo esencial"
-Nicholas Ray-

Hace poco, cuando le preguntaron a un joven cineasta bogotano, llamado Mauricio Hurtado, lo que quería para el cine del nuevo milenio, él habló de un "cine inverso", un cine "que nos muestre de adentro para afuera lo que es el hombre, que represente la génesis de sus pensamientos, contrario a lo que ocurre hoy, cuando se señalan las consecuencias de este pensamiento, no sus causas". [1]

El cine ya antes, de alguna manera, ha hecho esa inversión, de la misma forma como lo acaba de hacer el felizmente reaparecido Terrence Malick, con su película La delgada línea roja (The red thin line, 1998), un filme que, concebido de manera insospechada, reinventa el cine de guerra, desatendiendo, casi con solemnidad, las convenciones de un género al que han recurrido tanto los pacifistas como los apologistas de las confrontaciones armadas, estos últimos generalmente representados por los gobiernos mismos como propaganda, ya del patriotismo, ya del nacionalismo.

El regreso de Malick

La buena reputación de Terrence Malick contrasta con su corta filmografía: en 25 años sólo ha realizado tres películas y cada una de ellas con las propiedades de una pequeña obra maestra. Sorprendió desde su opera prima, Badlands (1974), un amargo retrato del espíritu norteamericano que se ha convertido en película culto, en especial por la sombra censora que la cubrió por mucho tiempo. Cuatro años después, vuelve a llamar la atención con una extraña pero atractiva pieza llamada  Days of heaven (1978), un turbador drama pasional con un cierto trasfondo social, que se pierde en el preciosismo contemplativo de las imágenes registradas por el ojo sensible de Néstor Almendros.

Veinte años después, Malick da su tercer golpe con esta película, al estilo de los francotiradores del cine norteamericano, cada vez más escasos. La excusa es un episodio de la batalla de Guadalcanal, donde los norteamericanos intentaban detener el avance japonés en el Pacífico Sur durante la segunda guerra mundial, la guerra preferida del cine; pero la intención de fondo era hacer una reflexión antibelicista, utilizando como recurso fundamental la exteriorización del sentir y pensar de los hombres involucrados en la guerra, en especial de los que servían de carne de cañón, o mejor, de metralla.

La delgada línea roja está basada en una novela más o menos autobiográfica de James Jones, y en un tono entre poético y reflexivo nos habla con la voz interna de los soldados y los oficiales, sobre las visiones de la guerra y de la vida misma. Se trata de un lamento, un cuestionamiento, una cavilación a varias voces, razón por la cual nos da distintas perspectivas de la guerra: nos muestra los diferentes intereses que los hombres pueden tener en tales y tan extremas situaciones, las diferentes formas de verlas y vivirlas y, en consecuencia, la diferencia misma que subyace en la naturaleza humana.

Más que instantáneas

Sin dejar de lado el espectáculo visual que siempre ha sido la guerra ni las posibilidades cinéticas que siempre ha tenido, esta película se preocupa más por registrar los rostros y los pensamientos de los soldados, buceando en las confusas y oscuras o lúcidas y cristalinas aguas de sus conciencias. Es por eso que se trata de una película que no sólo toma instantáneas de heroísmo, coraje, patriotismo o del horror de la guerra, a la manera de un Steven Spielberg en Rescatando al soldado Ryan (1998). Lo de Terrence Malick no son instantáneas, son cuadros elaborados en distintas técnicas, de acuerdo con el paisaje humano que quería reproducir, y utilizando como su principal pincel la voz en off, un recurso muy útil para las adaptaciones y que resultó bien efectivo en este caso.

El filme confronta a la guerra y al hombre mismo, lo hace a través de esa contradicción, o circulo vicioso si se quiere, en la que el ser humano es víctima y verdugo al mismo tiempo, esa paradoja irracional en la que los hombres buscan conscientemente ese caos, destructivo a todo nivel, y a la vez lo padecen y quieren cuanto antes salir de él. Casi todos los personajes del filme viven dicha contradicción: apretar el gatillo y execrar tal acción. Igual los perturba ver morir a su amigo que ver morir al destinatario de una de sus balas. Este contraste, que se hace evidente durante toda la película, tiene su contraparte formal, que se nos revela a través de la confrontación visual entre el caos bélico y la armonía del paisaje.

El carácter marcadamente antibélico de la película también se refleja en el hecho de que, además de sus reflexiones y alegatos explícitos, también parece descubrir que no sólo la guerra es abominable en sí misma, sino que lo es más el hombre, independientemente de ésta, lo es, en una forma más velada, su condición humana, su naturaleza. Esto lo vemos, por ejemplo, en la única mujer del filme, o mejor, en el rumbo final que toma la relación con su esposo, esa mujer que sólo existe en la memoria de uno de los soldados y por quien él puede soportar la tragedia de la guerra; y también lo vemos en una disputa que se desata entre los nativos de la isla, quienes viven con sus costumbres primitivas y no están influenciados por el conflicto que se desarrolla en torno suyo.

Por último, no se puede hablar de esta película sin mencionar sus concepciones formal y narrativa, las cuales son tan atípicas frente a las convenciones del género como lo son su historia y tratamiento: La delgada línea roja está contada con el ritmo de una cavilación, lo cual no le impidió ser efectiva en las secuencias de acción, sin ser efectista, ni mucho menos dar golpes bajos a la sensibilidad del espectador. La cámara se muestra extasiada con los rostros desencajados y pensativos de los personajes y también, como contrapunto recurrente, con el paisaje tropical.

Es una película que se toma su tiempo, por eso se puede antojar pesada y extensa por momentos, pero pasada esa sensación, sobre todo al final, tenemos la visión del conjunto de imágenes, ideas y personajes, que la dimensionan más todavía, porque podemos ver de cuerpo entero ese monumento, doloroso, poético o a veces las dos cosas al tiempo, ese lamento contra la guerra y contra la estupidez del hombre que varios soldados hacen silenciosamente mientras jalan del gatillo o esperan la bala de su destino.

 

[1] Lecturas Dominicales, El Tiempo, enero 8 de 1999

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