Sexo sin amor

Por: Oswaldo Osorio

El cine de Lars Von Trier siempre ha sido provocador, para bien o para mal. Ya sea por la honesta vocación de traspasar los límites que otros no se atreven o simplemente por escandalizar y, de paso, conseguir mucha publicidad, sus películas nunca son una más de entre todo lo que llega a la cartelera.

Ninfomanía (Nymphomaniac, 2013) es la primera parte de una película que completa su "Trilogía de la depresión", compuesta además por El anticristo (2009) y Melancolía (2011). En ella -al menos por lo que va de este primer volumen, porque falta una segunda entrega- una mujer se confiesa como ninfómana y le relata a un desconocido sus aventuras e intimidades de cuando era joven.

Como era de esperar, el polémico director danés presenta un relato cargado de fuerza en las emociones que pone en juego e inquietante y sugestivo por las situaciones con que ilustra estas emociones. En esto sigue siendo un autor con gran sentido para crear dramatismo en el relato y turbación en el espectador, buceando y exponiendo oscuros sentimientos de la naturaleza humana, que necesariamente conducen a la fascinación y admiración por la mayor parte de su obra.

De otro lado, es también muy evidente su incapacidad para lograr esto sin tener que recurrir a temas, personajes y situaciones extremos. Ya sea una pobre mujer ciega que es engañada y luego llevada a la horca o el mismísimo fin del mundo, es inevitable percatarse de que esas emociones y sentimientos de los que habla Lars Von Trier son siempre producto de un gran artificio dramático y argumental que muchas veces se antoja forzado (un artificio que siempre está disimulado -que no contrarrestado- por una puesta en escena realista y sin afeites que fue llevada a su límite más básico en su etapa Dogma 95).

Esta película no es la excepción. Para hablar de asuntos como sexo, amor, autoaceptación o los juicios morales que se pueden hacer frente a estos temas, el autor recurrió a una ninfómana y al relato que de su vida hace a un extraño. En este sentido también  hay algo de forzado en la película, no solo por la gratuidad de esta meticulosa confesión a un hombre que acaba de conocer, sino también porque toda la narración se sustenta en el relato y la voz en off de la protagonista, haciendo de la historia una sucesión de episodios -de irregular interés y calidad- en los que se dice más con el texto que con las imágenes y las acciones, lo cual no deja de ser cuestionable cuando de una pieza de cine se trata.     

Con estos personajes y temas extremos y el tipo de narración que propone, la película se muestra, como casi toda la obra del director, al mismo tiempo compleja y pretensiosa. Compleja porque realmente hay toda una intensión de querer desentrañar el origen y funcionamiento de ciertas conductas humanas, entre más oscuras y retorcidas mejor; y pretensiosa porque para hacerlo recurre a unos recursos cargados de referencias intelectuales, por no decir muy reforzados, como en este caso ocurre cuando se hace un paralelismo entre el comportamiento de Joe y asuntos tan ajenos como la pesca o la música polifónica o una progresión aritmética. De hecho, por momentos se antoja torpe esa insistente necesidad de estar comentando e interpretando, por vía de los comentarios del hombre, las opiniones y aventuras eróticas de la mujer.  

Pero a despecho de estos reparos sobre los artificios del tema y argumento, el facilismo de su la narración o lo forzado de los paralelismos para ayudar a entender al personaje, se trata de una cinta por la que no se puede pasar incólume, porque este director tiene la virtud de siempre estar cuestionando, hablando de lo que otros no hablan y sacudiendo al espectador al revelarle universos internos por los que muy pocas personas se preguntan. 

Publicado el 2 de marzo de 2014 en el periódico El Colombiano de Medellín. 

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