Leonardo Favio

O el cineasta que también cantaba

Por Oswaldo Osorio

La primera película que vi de Leonardo Favio se llama El niño y el canario. Aunque es una canción, está escrita como un guion: con imágenes y acciones que crean una narración. Por eso, al escucharla en mi niñez, era inevitable visualizar aquella historia como si de una película se tratara, más aún por la identificación generacional con el niño aquel y su triste mascota.

Pero no solo fue por mi edad que supe de este creador primero por sus canciones, en realidad eso ocurrió en toda Latinoamérica, pues la más grande tragedia del cine de esta región es que está aislado y confinado a sus territorios nacionales. Solo los argentinos sabían que el autor de La foto del carnet era un actor consagrado desde los años cincuenta y que trabajaba a las órdenes del cineasta más importante de la época, Leopoldo Torre Nilsson.

También solo los argentinos sabían que, en 1964, decidió probarse como director e hizo la película más importante –según encuestas a expertos- de toda la historia del cine argentino: Crónica de un niño solo, un tratado de la marginalidad y la tristeza en el que se evidencia la influencia del cine de autor europeo y las corrientes de modernismo que por aquel entonces refrescaban el cine y, de paso, lo hacían más complejo.

Cuando Leonardo Favio era solo Fuaf Jorge Jury, algo probó de esa marginalidad de la que habla en su película. Tal vez por eso su cine siempre tuvo una base popular muy fuerte, aunque esa cercanía con personajes y situaciones del pueblo solo fueron en el aspecto temático en sus tres primeras películas. Así como su ópera prima, las que luego vinieron, El romance del Aniceto y la Francisca (1967) y El dependiente (1969), son relatos austeros y contenidos, con una narrativa que no hace concesiones al público, cargados de poesía, realismo y acciones y sentimientos solo sugeridos que ponen a trabajar al espectador.

Fueron tres películas que le dieron prestigio en el mundo del cine, entre los iniciados y la crítica. Y bien pudo quedarse acomodado ahí, como el nuevo genio del cine argentino, como el autor que hacía obras de peso y rigor artístico. Sin embargo, en un sorpresivo y criticado giro de su carrera, deja de hacer cine y comienza a cantar, pero no música ligada a su nuevo estatus intelectual, sino canciones populares que lo ubican como uno de los más importantes representantes de la llamada Balada romántica latinoamericana.

Y aunque algún meloso “Ding Dong, Ding Dong” se podía escuchar en sus canciones, buena parte de ellas tenían mucho que ver con ese talante de drama, adversidad y realismo que caracterizaban sus historias de cine. Además, en su potente voz apelaba con versatilidad al dramatismo y los cambios de registro que sus poéticas y cinematográficas letras le exigían.

Y cuando se creía que no podía conseguir más triunfos, vuelve al cine y realiza las dos películas más taquilleras del cine argentino: Juan Moreira (1973) y Nazareno Cruz y el lobo (1975). Nuevamente en un giro inesperado, abandona el lenguaje cinematográfico elaborado y austero que se creía era su estilo, así como los temas graves y adversos, para apelar a asuntos y discursos narrativos más cercanos a la cultura popular, de ahí la masiva respuesta del público, que aún hasta hoy no ha sido superada.

Juan Moreira tiene mucho que ver con la militancia peronista de este director. Así como el histórico Gaucho, que en el siglo XIX luchó contra los abusos de los poderosos, pero al mismo tiempo era una suerte de bandolero, Leonardo Favio se mostraba ambiguo en su relación con el peronismo. Amigo del General Juan Domingo Perón y defensor de sus políticas populistas, también toleraba las facciones derechistas del movimiento. El caso es que esta película despertó en el grueso del público un importante sentimiento de identificación y, además, su narración y concepción visual, al estilo de los muy populares spaghetti western de la época, contribuyó a su disfrute por parte del público.

Con la historia del hombre lobo que tiene contacto con Dios y con el diablo, y que se enamora, y que sufre, y que lo pierde todo, Leonardo Favio recurre a la mitología guaraní como fuente para otro tema popular. Se trata de una de las pocas películas de cine fantástico de su país, pero que además tiene elementos surrealistas y melodramáticos, una insólita combinación que este autor supo organizar de manera que no se excediera en los extremos de lo extravagante, cursi y hasta absurdo que tiene esta singular y significativa cinta.

Parado en esta cúspide, vendrán luego malos tiempos para su oficio de cineasta. Su siguiente película, Soñar, soñar (1976), coincide con el inicio de la dictadura militar y es un fracaso, eso a pesar de haber sido hecha con las mismas características de las anteriores y de estar protagonizada nada menos que por el boxeador Carlos Monzón y el cantante Gian Franco Pagliaro, dos ídolos populares de entonces. Pero los oscuros tiempos que empezaba a vivir Argentina no daban para que funcionara una película como ésta, así como tampoco era posible que Leonardo Favio, con su pasado peronista, continuara en el país. De esta forma comienza su exilio, el cual pasó casi todo en Colombia y viviendo de su música.

Al regresar a su país y al cine, realiza Gatiga, el Mono (1993), cinta sobre un célebre púgil argentino de los años cuarenta y cincuenta cuya vida corre paralela a los mejores años del peronismo. De nuevo es una declaración de amor y de simpatía ideológica por el caudillo y su tiempo, aunque sería con la monumental película documental Perón, sinfonía del sentimiento (1999), de casi seis horas de duración, con la que hace un gran homenaje a esta importante figura política y de paso reflexiona sobre la historia de su país.

En medio de sus dolencias físicas de los últimos años, a Leonardo Favio le da por revisar su obra. Mira una y otra vez sus películas, las pule, les quita de aquí y de allá, o cambia un trozo de música. Pero con El romance del Aniceto y la Francisca se le ocurre hacer una nueva versión, la cual llama simplemente Aniceto (2008), un ballet cinematográfico en el que se va al otro extremo de la original, y aún así, ambas en sus esquinas opuestas, pero compartiendo la misma historia, se destacan como obras de gran riqueza estética, la primera por vía del realismo y la capacidad de expresar hondas emociones solo con imágenes, y la segunda por la plasticidad y el sentimiento que consigue con la puesta en escena y las coreografías.

Solo nueve películas y en su país lo consideran el más importante director de la historia del cine gaucho, un director de culto, un poeta de la tristeza y el amor, un ídolo de la canción popular, pero sobre todo, un hombre siempre cercano al sentir del pueblo, ya por vía de sus simpatías políticas, sus canciones que hablan de cualquiera o sus películas llenas de vida y sensibilidad. Todo esto hecho con la misma humildad y lucidez reflejada en una frase que alguna vez dijo y que bien lo define: “Yo no le quiero ganar a nadie, porque aquí nadie gana y nadie pierde. Sólo podemos agradecer haber conocido un beso, hay gente que se muere sin saberlo”.

Publicado en diciembre de 2012 en el periódico Universo Centro No. 41 de Medellín.  

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