Flores rotas, de Jim Jarmusch

Cine minimalista y sugerente

Por Oswaldo OsorioImage

Las películas de Jim Jarmusch siguen siendo una de las posibilidades seguras de ver un cine inteligente, sin concesiones y lleno de sentido y contenida expresión. Sus personajes casi siempre son atípicos, y aún así, nos hablan de manera lúcida sobre la naturaleza humana y sus sentimientos, aunque para hacerlo, Jarmusch no necesita hacer gran alharaca emocional o dramática, todo lo contrario, hay en su cine una economía de recursos que obliga a apreciar esa agudeza y talento que lo han convertido en uno de los escasos espíritus verdaderamente libres del cine de Estados Unidos.

La propuesta de esta película desde su mismo planteamiento argumental y narrativo marca la diferencia con un cine actual que, luego de películas como Pulp fiction, Amores perros o Memento, cada vez está más interesado en tramas concebidas y contadas de manera arrevesada y rebuscada. Este filme, en cambio, se reduce al relato pausado, sencillo y lineal de un hombre que viaja para visitar a cuatro ex novias y luego regresa a su casa. Con ese simple relato la película pone en juego una serie de personajes, sentimientos y estados de ánimo que, con la misma calma y sencillez con que avanza la historia, van dejando ver sus sugestivas y profundas implicaciones.

De manera que, según su argumento, se trata de una road movie, una película de carretera que cumple a cabalidad su postulado fundamental: el viaje geográfico como motivación y metáfora de un viaje personal, el cual necesariamente implica siempre un cambio en los personajes que lo emprenden. En el caso de Don, este viaje geográfico y personal, aunque lo hace sin mucho ánimo, casi obligado por su misma desidia existencial ante la presión de su amigo Winston, es un viaje de autodescubrimiento, aunque sin los grandes hallazgos y transformaciones dramáticas que son habituales este sub-género.  

Aquí el cambio del personaje central no se exterioriza mucho, sin embargo, el Don Johnston que inició la película no es el mismo que la termina, pues ya hay algo que se está incubando en él, tal vez por la posible existencia de un hijo desconocido o por ese viaje hacia su pasado que acaba de hacer, donde no sólo se confrontó consigo mismo y con su vida sino también con las mujeres que alguna vez amó y con la vida de ellas, que aunque parecían disimularlo, tenían una existencia tan desoladora como la de él, y tal vez a eso se refiere el título de la película.

El ritmo en extremo pausado con que avanza el relato, que resulta casi contemplativo con la mirada y descripción de situaciones cotidianas y anodinas, es consecuente con el estado de ánimo y carácter de su personaje. No había una mejor forma de mostrar esa desgana emocional y tedio existencial sino con ese ritmo lento, esos tiempos muertos y unas imágenes tan austeras como el relato y como la expresión del personaje. Aunque molesta un poco ver tanta coincidencia entre este personaje y el que interpreta el mismo Bill Murray en Perdidos en Tokio (Coppola, 2003), un tipo de actuación y personaje que se empezó a configurar en las películas de Wes Anderson (Rushmore, Los excéntricos Tenembaum y Vida acuática): ese estilo de humor “serio” llamado deadpan (creado a partir de una deliberada inexpresividad, a lo Búster Keaton), que a pesar de ya ser reiterativo en este actor resulta aún tremendamente atractivo y efectivo.

Así que partir de una suerte de minimalismo en todos los recursos que emplea, desde la concepción de la historia y el relato, hasta la misma interpretación de los actores, Jim Jarmusch consigue nuevamente crear un filme atípico, que se sale de los moldes y fórmulas y que pone en juego, de manera contenida y sugestiva, una serie de situaciones, emociones y sentimientos que no son nada literales, que apenas están insinuados y es al espectador a quien le toca reflexionar sobre sus implicaciones, y eso lo hace un filme sugerente y estimulante.

Publicado el viernes 17 de marzo en el periódico El Mundo de Medellín.

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