El puerto de la esperanza, de Aki Kaurismäki

Libertad, igualdad y fraternidad

Por Oswaldo Osorio

En esta época en que toda la parafernalia de los efectos visuales y las infinitas posibilidades que ofrece la imagen digital se han tomado las películas que copan casi toda la cartelera, algunos pensadores de la imagen están hablando del cine como la expresión visual que está impulsando el surgimiento de un neobarroco. Por eso, ante toda esa recarga de imágenes, vertiginosidad en el montaje y exuberancia de formas y color, ver esta película del finlandés Aki Kaurismäki es como volver a la esencia del acto fotográfico, al ritmo normal de la vida y a las imágenes que significan por sí solas.

El de Kaurismäki ha sido siempre un cine de economía de recursos, pero de gran elocuencia narrativa y contundencia al hablar de emociones y sentimientos. Es un cine de pocas palabras que incluso llegó a enmudecer totalmente en una de sus películas (Juha, 1999), y aún así es posible entender en toda su dimensión el mundo interior de sus personajes. El puerto de la esperanza (Le Havre), por supuesto, tiene estas características.

Se trata de una historia de marginales que en principio parecen elementales y hoscos, pero que cuando se les presenta la oportunidad de ser generosos y solidarios, se transforman ante los ojos del espectador. Empezando por Marcel Marx, un lustrabotas que vive con lo justo y algunos comerciantes del barrio lo repelen. Aunque luego de encontrar y ayudar a un joven inmigrante ilegal, lo conocemos realmente: su pasado bohemio, la devoción por su esposa y su desinteresada generosidad.

En medio de una Europa que se hunde en la crisis, esta película (que se desarrolla en la ciudad portuaria de Le Havre, en Francia), es una mirada optimista e idealista del problema de los inmigrantes, que es uno de los que más saca ampolla en medio de la crisis. De ahí que, en lugar de concentrarse en las complejas y espinosas consecuencias de este asunto, el director prefiere contar una fábula humanista en la que esta comunidad de marginales se contagia de la solidaridad del otro.

Y como toda buena fábula, la concepción visual contribuye a entender mejor ese universo que parece funcionar con reglas distintas al nuestro, aunque en últimas es el mismo universo, pero como debiera funcionar. Por eso la arrobadora belleza de una fotografía en la que la luz y el encuadre parecen más pensados para un sinnúmero de fotos fijas que para la imagen en movimiento propia del cine. También por eso la simpleza y eficacia de la narración y el laconismo en los diálogos. Porque es una cinta en la que aplica el conocido lema del diseño que promulga que “menos es más”.

La fábula humanista finaliza con belleza, armonía y contundencia al dejar en el aire la idea de que si das vida te devuelven vida. Y aunque en apariencia todo esto pueda sonar moralista y sensiblero, el relato que construye Aki Kaurismäki es todo lo contrario: austero pero expresivo, serio pero con ingeniosos toques de humor e idealista pero no utópico.

Publicado el 1 de julio de 2012 en el periódico El Colombiano de Medellín.  

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