Las oscuras sendas del país

Por Oswaldo Osorio

Por más que se haya hablado de un tema, abordarlo desde una nueva perspectiva podrá decir algo inédito o ahondar más en él. Esta cinta es sobre el más grande escándalo del gobierno de Colombia de los últimos años. Pero en lugar de encarar de entrada y explícitamente el crimen de estado en cuestión, el relato prefiere sugerir sus horribles consecuencias por vía de la construcción de una historia y unos personajes que le dan un rostro más humano a tal injusticia y crueldad.

Es por eso que esta película, inicialmente, está planteada como una historia sobre la marginalidad: Un barrio periférico de Bogotá, un pobre joven pobre que perifonea publicidad para sostener a su familia y la delincuencia que asfixia a todos con sus extorciones. Entre los truhanes y la falta de oportunidades, todo está servido para que tanto el protagonista como otros jóvenes del barrio sucumban ante la voracidad de un país tan corrupto.

Bueno, pero también está el amor. Un amor concebido en las fronteras opuestas a la guerra sucia que se ejerce a diario en Colombia. Es un amor ingenuo, tímido y romántico. Además, parece ser la única razón que alegra el día, el único motivo para vivir y soñar, hasta para cambiar súbitamente el semblante. Pero esta promesa de amor solo sirve para hacer más dolorosos los acontecimientos que se avecinan.

Con estos elementos, el relato construye un personaje y un universo ricos en detalles, sólidos y que logran que el espectador se identifique fácilmente con ellos. Y justamente es en el conocimiento orgánico y cercano de esta realidad donde se encuentra la novedad en el punto de vista.  El trágico destino final de estos jóvenes y sus familias se mencionó y denunció infinidad de veces, en los medios principalmente. Pero conocerlos de cerca, saber de sus sueños y afectos, eso solo lo consigue el cine con películas como esta.

El componente político y de denuncia en esta cinta solo puede sospecharse hacia el final, cuando estalla dolorosamente ante la cara del espectador, cuando se revela la ignominia de una práctica asesina y corrupta amparada por el Estado. Por lo demás, vemos una emotiva y casi pintoresca historia de amor y sobrevivencia, todo guiado de la mano de un personaje que se antoja tan real como entrañable.

A pesar de algunas inconsistencias (como la forzada relación entre el protagonista y la mujer que contrataba jóvenes), esta cinta tiene la virtud de saber armar un relato que, a partir de situaciones más o menos cotidianas en la vida de un joven que habita un barrio marginal, consigue crear un relato fluido y con una tensión solo insinuada, pero que nunca decae. Porque no hay en esta película furibundos discursos ideológicos, muy a pesar de que termina siendo una devastadora denuncia política.

Con un tratamiento realista en la puesta en escena y la fotografía, y con una cámara que sabe cuándo estar en la soltura del hombro y dónde ubicarse para conseguir un buen encuadre, esta película sigue de principio a fin a un joven que bien puede representar todo lo bueno y lo malo de este país. Lo bueno estuvo siempre en él y lo malo en una de esas oscuras sendas por las que se ha encaminado Colombia.

Publicado el 27 de noviembre de 2011 en el periódico El Colombiano de Medellín. 

 

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