Érase una vez Colombia

Por Oswaldo OsorioImage

Cuando en la producción nacional se ha recurrido al cine de género, éste casi nunca ha tenido una buena acogida entre el público del país. Esto se confirmó recientemente con el intento de Luis Ospina de hacer cine negro con Soplo de vida (2000) y de la película Bogotá 2016 (2001) con la ciencia ficción o, para ser más exactos, con el futurismo. Parece que esos modelos y arquetipos propios de esa gran industria ajena a la nuestra son acogidos con extrañeza, por más que se esfuercen en adaptarse al contexto colombiano e independientemente de lo afortunada que sea dicha adaptación.

Y es que ni el detective bogartiano de la película de Ospina ni ese Bogotá seudo-tecnológico de aquel otro filme nos pertenece, ambos son cuerpos extraños en la imagen del cine criollo. Tal vez sólo los cinéfilos, armados con los referentes propios de cada género y con su apasionamiento por algunos de ellos, pueden entender la lógica y el sentido de este tipo de propuestas y apreciar lo que, por ejemplo, hizo Luis Ospina, que no tanto lo que trató de hacer aquél trío de jóvenes y “futuristas” realizadores capitalinos.

Sin embargo, el mafioso es uno de los personajes más típicos de nuestro folclor nacional. Así que una película de gángsters no resulta de ninguna forma un híbrido chocante si se sitúa en el contexto colombiano, no importa que no se trate de Chicago sino de Cali, ni tampoco que en lugar de traficar con whiskey sea con cocaína, porque la esencia del género está es en el personaje del gángster, quien siempre, por la naturaleza de su negocio, tendrá las mismas características, sin importar el lugar al que pertenezca. De ahí que un mismo actor, en este caso Fernando Solórzano, si bien recrea a cabalidad tanto el arquetipo del detective bogartiano como el del scarface criollo, resulta más convincente ( o al menos eso pareció, sobre todo entre el gran público) su interpretación en la película de Dorado en comparación con la que hiciera en la de Ospina, porque en el cine de género el referente es el cine mismo y no tanto la realidad. Por eso, entre un gángster más se parezca a todos los gángsters del cine más convincente será, además es un personaje demasiado familiar para el público, lo que no ocurre tanto con el antihéroe del cine negro. 

De Hawks a Dorado

Partiendo de esta idea, entonces, es que empiezan las virtudes y la aceptación entre el público de la película El Rey (2004). Porque al tiempo que es una historia con un tema muy familiar, se adapta perfectamente a un modelo que el espectador conoce bien y que lo ha visto desde Caracortada (Hawks, 1932) hasta Blow (Ted Demme, 2001). Pero las innumerables películas con el mismo esquema no le restan méritos a este filme, porque precisamente de eso se trata el cine de género, de poner en juego unos elementos ya conocidos y, eso sí, saberlos combinar con originalidad y, como en este caso, saber adaptarlos a un lugar y su contexto histórico.

La principal característica del cine de gángsters es tal vez el esquema de ascenso, esplendor y caída, porque esa es la lógica del personaje que está en el mundo del crimen, o al menos del criminal que es atractivo argumental y dramáticamente. La película de Antonio Dorado da cuenta de uno de estos personajes (basado muy libremente en Jaime Caicedo, el “grillo”, uno de los primeros mafiosos de Cali) que protagoniza este intenso pero corto ciclo, en medio del cual la violencia, el amor, los excesos y la ambición, enriquecen una historia y un relato que fueron pensados a la manera clásica, es decir, cuidando cada detalle del esquema en función del planteamiento argumental y dramático: el triángulo amoroso, el policía corrupto, los nexos con la política, la escena de cama, el personaje jocoso, etc.

Pero poner de manifiesto este esquema y sus elementos no quiere decir que sea una película empobrecida por un modelo, todo lo contrario, los modelos sirven como punto de partida para establecer una mejor comunicación con el espectador y así lo hizo Antonio Dorado. Por eso, si bien es una película que está constituida de elementos conocidos, lo importante es que estuvieron en función de un relato envolvente y eficaz. Aunque este relato tiene un aspecto discutible, y es ese personaje del periodista que hace las veces de narrador. En principio, no alcanza siquiera a ser personaje, porque si acaso aparece en una escena para justificarlo un poco forzadamente. De ahí que resulta más un recurso del relato que, a medida que avanza la trama, es el encargado de dar una información que le proporciona un contexto histórico, así como de suministrar  una serie de datos que complementan lo que ya se sabe de los personajes, pero en esencia, no dice nada fundamental para la historia en sí misma, es decir, si se suprimiera ese personaje-recurso la película funcionaría de igual manera narrativa y dramáticamente. De otro lado, esa suerte de pies de páginas que son los datos suministrados por el periodista, parecen tener su razón de ser en el público del mercado internacional y en las pretensiones documentales del filme, pues por una parte, se trata de un tema muy “vendible” en el extranjero, y por otra, porque se sabe que esta película empezó como un gran proyecto documental que iba a dar cuenta del fenómeno de la violencia y el narcotráfico en el Valle del Cauca desde la década del treinta.

En medio de este juego entre realidad, ficción y los arquetipos del cine de género, tal vez lo que sale peor librado es una posible profundidad de sus personajes. Si bien es cierto que el género impone ciertos límites y esquemas, nunca ha sido un impedimento para una sólida y compleja construcción de sus personajes. Exceptuando el protagónico, que se salva tan sólo un poco por llevar sobre sí toda la fuerza de la historia y por la convincente interpretación de Solórzano, así como algunos destellos del personaje caracterizado por Cristina Umaña, todo lo demás es caricatura, cliché y  ripio de personajes del género. La corrupción y la doble moral, los asuntos de fondo de esta historia y posibles orígenes de una probable profundidad en la construcción de los personajes, son desperdiciados y abandonados a su simple función anecdótica.

Aparte de la acertada aplicación de las fórmulas del género en cuestión, en lo que también está puesto todo el empeño y habilidad cinematográfica en este filme es en su dirección artística. El empaque, lo que el espectador ve primero y más recuerda, está aquí concebido con talento y eficacia, sobre todo en eso de saber crear un ambiente que trasmite, a partir de una precisa y verosímil puesta en escena, no sólo el espíritu de una época, sino la atmósfera propia de unos personajes que se empezaron a mover (y a crear) en el mundo del narcotráfico a finales de la década del sesenta y principios del setenta. También esa puesta en escena fue utilizada narrativamente, ya apelando a simbolismos como la mesa y el juego de billar, o comunicando el progresivo cambio de Pedro Rey en su consecución de dinero y poder.

Con el problema de las deficiencias técnicas ya solucionado desde hace mucho tiempo y con la habilidad para adaptar a nuestro medio con eficacia modelos del cine mundial, la cinematografía colombiana, con películas como ésta, se pone al nivel de cualquier otra. Por eso El Rey es un buen ejemplo de ese equilibrio que siempre busca el cine entre arte e industria, sin descuidar la gran audiencia pero tampoco haciendo imperdonables concesiones en su calidad.

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