La Cara del Miedo

 Por Oswaldo Osorio  

I

Luis De Lugo recibió aquella primera carta un jueves en la tarde. Abrió el sobre que había sido dejado minutos antes en la editorial y sacó la carta. La desdobló presuroso, siempre lo ponía ansioso recibir correspondencia, más tratándose de un sobre de tan extrañas características. Encontró un recorte de periódico pegado en la parte superior de la hoja y seguido por una nota escrita con grandes y gruesas letras de color rojo.

El recorte decía: “Pero sólo faltó que tan fabulosa e intrincada anécdota llegara a Hollywood para que se banalizara y perdiera todas sus posibilidades dramáticas e históricas. Ni siquiera pudieron hacer con ella un buen filme de acción o de aventuras y se limitaron a pasear su reparto de lujo por un sinfín de lugares comunes que lo único que producen es sueño y exasperación.” Luis reconoció de inmediato aquel texto, se trataba de un aparte de su última crítica, publicada, como era habitual, el domingo anterior en un periódico de la ciudad.

Luego leyó la nota, que decía: “¿Quién se cree usted para escribir cosas como ésta? Le informo que ya me cansé de que hable tan mal de buenas películas como a la que se refiere en este indignante texto y en todo el artículo del cual él hace parte. Sepa que tomaré medidas al respecto.” Estaba firmado por “El asesino de Jay Sherman” y como posdata había un enfático “Hablo en serio”.

Luis sonrió y frunció el ceño. Leyó de nuevo la nota y luego miró a su alrededor, tal vez el autor de aquella mala pasada había sido alguien de su misma oficina. Pero nadie parecía sospechoso, además, sabía que con ninguno de sus compañeros tenía la suficiente confianza como para que fuera posible entre ellos una broma de ese tipo, y tampoco tenía noticia de que desagradara a alguien.

Entonces se dirigió de inmediato hacia la recepción con la carta y el sobre en la mano y le preguntó a la mujer que estaba allí sentada:

-¿Quién trajo esto?

-Me lo entregó doña Olga.

-¿Doña Olga? ¿Y por qué ella? -Reclamó Luis con brusquedad.

-No sé. Vaya pregúntele.

Luis se quedó mirando a la mujer, la vio fea a pesar de que no lo era. Esperó un instante a que ella añadiera algo más, pero la mujer ni siquiera lo miró. Luis hizo un enfático ruido con su respiración y fue a la cocina a buscar a la señora de los tintos.

-¿Cómo está doña Olga? -La señora quiso responderle el saludo, pero Luis añadió de inmediato:

-¿Quién le entregó esta carta?

-¿Por qué? -Preguntó ella un poco asustada.

-Sólo quiero saber.

-Don Gerardo.

-¿Quién? -Gruñó él ofuscado.

-Don Gerardo, el señor que vende cigarrillos y chucherías ahí afuera.

-¿Y quién se le entregó él?

-No sé, señor. -Dijo doña Olga amasando con sus dedos una punta del delantal.

Luis se alejó sin decirle nada y salió a la calle. Todavía sin llegar hasta el lugar donde se encontraba el hombre al que casi todos los días compraba cigarrillos, le preguntó:

-¿Es usted don Gerardo?

-¿Quién pregunta? -Dijo el hombre con altanería.

-Yo.

-¿Y quién es usted? -Replicó el hombre en el mismo tono.

-Soy a quien le mandaron esta carta. -Dijo Luis exasperado, al tiempo que blandía el sobre y la carta.

-¿Ah, era para usted? Yo no lo distinguía por el nombre pero...

-¿Quién se la entregó? -Inquirió enérgico Luis. Hubo un corto silencio, el hombre miró pensativo hacia otro lado, luego volvió la mirada hacia Luis y dijo con parsimonia:

-Una persona vino y me dio ese sobre, me dijo que lo entregara en la recepción de la editorial y me dio cinco mil pesos para que no le dijera ABSOLUTAMENTE a nadie quién me lo había entregado.

El hombre guardó silencio, miró de nuevo hacia otro lado y reiteró:

-Así me dijo, “absolutamente a nadie”.

Luis lo miró achicando los ojos. Metió la mano al bolsillo y le dijo decidido:

-Yo le doy otros cinco mil si me dice.

-Deme diez. -Dijo el hombre apaciblemente.

Luis lo miró ahora con desprecio y su respiración se comenzó a agitar, sin embargo, metió de nuevo su mano al bolsillo, sacó el dinero y mientras lo contaba sentenció:

-Se los voy a dar, pero sepa que nunca más le volveré a comprar nada y le contaré esto a todos los de la editorial para que hagan lo mismo.

-Entonces mejor no voy a hacer ningún negocio con usted. -Dijo el hombre y dejó a Luis con el dinero en su mano estirada.

-¿Cómo que no me va a decir? -Luis alzó la voz.

-No le voy a decir. -Repitió el hombre con la misma calma con que habitualmente le vendía cigarrillos.

¡Me lo TIENE que decir! -Gritó Luis.

-No.

¡DÍGAMELO!

El hombre lo miró en silencio sin hacer ningún gesto. Luis, con la respiración alterada, lo miró con mayor desprecio por unos instantes y luego dio la vuelta. Sabía que, aparte de gritar, no haría nada más para sacarle la información a aquel hombre, y ofrecerle más dinero sería humillante.

Ya cuando se había alejado unos metros, el hombre le preguntó en voz alta desde donde estaba:

¡Oiga! ¿Pero me va a seguir comprando? No se vaya a enojar por esa bobada... es que yo di mi palabra... ¡Oiga! No le vaya contar tampoco a sus compañeros nada...

Luis De Lugo entró a la editorial y trabajó toda la tarde con una ligera desazón que se fue disipando hasta haber desaparecido cuando salió para su casa. Pero en la noche, sentado frente a su computador dispuesto a escribir la crítica del domingo siguiente, recordó la carta. Observó la pantalla en blanco, suspiró pensativo y buscó con la mirada a Catalina, quien estaba leyendo un libro sentada en un sillón de la habitación.

Luis compartía su vida con Catalina desde hacía tres años, llevaban una vida calmada, su relación era estable y entre ambos pagaban las cuotas del carro y el apartamento, como era menester de toda pareja de profesionales de clase media. Se conocieron en una revista en la que Luis escribía de cine y donde ella trabajaba como periodista. Querían prescindir de la responsabilidad de tener hijos, al menos por algunos años, y no estaban casados, en conformidad con su autodefinida mentalidad pragmática y liberal.

-¿Leíste mi crítica del domingo? -Preguntó Luis.

-¿Me hablaste?

-Sí. Te pregunté que si habías leído mi crítica del domingo.

-Sí, claro. Siempre la leo.

-¿Y qué te pareció?

-No sé... Igual que todas, supongo.

-¿Qué quieres decir con eso?

-Que es tu punto de vista. -Dijo ella impaciente.

-Es por eso que te estoy preguntando, justamente, por mi punto de vista. -Dijo Luis ofuscado y seguidamente inquirió:

-¿Estás de acuerdo con él?

-No. -Dijo ella con toda calma, y añadió:

-Casi nunca estoy de acuerdo.

-¿Y porqué nunca me lo habías dicho? -Exclamó Luis sorprendido y notablemente afectado.

-Porque aquí el que sabe y habla de cine eres tú. -Le reprochó Catalina.

Ahora sí realmente ofendido, Luis miró a Catalina con una expresión de desagrado en su rostro, y se preguntó que cuánto sería necesario convivir con una mujer para conocerla por completo; también pensó en la teoría que tenía un amigo suyo acerca de las profesiones que debían tener los miembros de una pareja: él decía que no era recomendable que dos personas que tuvieran profesiones afines formaran una pareja, que eso generalmente propiciaba competencia intelectual y celos profesionales.

Cuando su amigo supo que él, licenciado en literatura, pero con nexos con el periodismo, estaba saliendo con una periodista, lo previno repitiéndole su teoría: le dijo que casi todos los periodistas se creen literatos, aunque normalmente no escriben sino que hacen artículos (cuando no noticias) de quinientas, mil o dos mil palabras. Le dijo que algún día, por causa de un libro, una película o simplemente por el significado de un término, discutirían en medio de la comida y se irían a acostar enojados y se levantarían resentidos el uno con el otro. Le dijo que un enojo conyugal por una llegada tarde o algo por el estilo, se olvidaba fácilmente, pero que el decirle estúpido al otro, sin utilizar específicamente esa palabra, sino a través de la despectiva objeción de una hipótesis, era un agravio que se quedaba por siempre en el recuerdo y que se acumulaba junto con otros hasta el día del ya no más.

Luis miró a Catalina para pedirle más detalles acerca de la declaración que acababa de hacer, pero la vio otra vez concentrada en su libro y seguramente se ofuscaría por una nueva interrupción, además, con lo que había dicho era suficiente para clasificarlo como agravio y guardarlo por siempre en el recuerdo, como decía su amigo.

II

En su siguiente texto Luis De Lugo fue mucho más implacable con la película de turno. Aunque aquella carta no lo condicionó para escribir, de todas formas se preguntó si ésa sería una película del tipo de las que no podía hablar mal. La respuesta a esa pregunta se la dio otra misiva que recibió, ahora en su casa, nuevamente firmada por “El asesino de Jay Sherman”. En la carta le volvían a decir que sus críticas eran inaceptables y que, como se lo habían advertido, tomarían medidas al respecto. De posdata le preguntaban: ¿Vio Jade, de William Friedkin?

Luis había visto esa película. Se veía todas las películas. Hizo memoria y, después de descartar uno a uno los varios accidentes y muertes que había en aquel filme, pues eran demasiado complicados, se quedó con uno en el que un carro atropellaba a una monumental rubia y luego se devolvía para pasarle de nuevo por encima. Luis tomó mentalmente nota de ser particularmente cuidadoso al cruzar las calles, lo hizo sin ser totalmente consciente de ello, pues todavía no se tomaba muy en serio aquello de las amenazas.

Observó la pantalla en blanco, suspiró pensativo y buscó con la mirada a Catalina, quien estaba leyendo una revista sentada en un sillón de la habitación. Se dio cuenta de que aquello ya lo había vivido, no en forma de dejavú, sino que realmente, ocho días atrás, dispuesto a escribir su crítica semanal frente al computador vivió la misma situación. Fue entonces cuando se percató de que ambas cartas habían llegado el jueves, justamente el día en que él escribía su artículo. Se preguntó si sería sólo casualidad o si el autor de las cartas sabía aquello.

-¿Sabes quién es “El asesino de Jay Sherman”? -Preguntó a Catalina.

-No, pero sé quién es Jay Sherman.

-¿Quién?

-No entiendo cómo no te puedes acordar, si siempre veías ese programa. Era “El Crítico”, esa serie de dibujos animados sobre un crítico de cine calvo y gordo.

-¿Y lo mataron en la serie?

-No, acuérdate que la sacaron del aire por falta de audiencia. Yo fui una de las que di gracias cuando la quitaron.

-¿Sí, y por qué? ¿Yo creía que te gustaba?

-No, no me gustaba. Me parecían pretenciosos y prepotentes, tanto el personaje como la serie misma. Sólo tú te reías cuando la veías.

-¿Eso quiere decir que crees que yo también soy pretencioso y prepotente?

-Con el asunto del cine sí. –Lo miró esperando una reacción y, luego de un duelo sostenido de miradas, añadió: -Voy a seguir leyendo.

Ese fue otro momento que Luis ya había vivido una semana atrás. Entonces recordó cuando empezaron a salir juntos. Siempre que evocaba los primeros días de su relación con Catalina, veía su rostro iluminado y hermoso, pero ahora, después de lo que había dicho, le parecía un rostro hipócrita y falso, pues el primer acercamiento entre ellos se debió, precisamente, a la cinefilia de Luis, por la que ella se mostraba siempre interesada.

A la mañana siguiente, al salir de su edificio hacia la editorial, miró con cautela a lado y lado de la calle y se detuvo por un momento a observar los carros que estaban estacionados por allí cerca. Lamentó el hecho de que justamente ese día el carro lo tuviera Catalina. Trató de olvidarse del asunto y pensar que se trataba de una broma de mal gusto de alguien que, tarde o temprano, se descubriría ante él en medio de grandes carcajadas, pero no pudo evitar una ligera zozobra mientras caminaba. El pito lejano de un carro lo hizo correr como a un niño hasta la acera.

Llegó a la editorial sano y salvo, entonces se tranquilizó, no sin sentir cierta vergüenza consigo mismo por su actitud paranoica. Sin embargo, se sintió aliviado al recordar que en la tarde Catalina lo iría a recoger. De todas formas, durante todo el día estuvo inquieto y  cada tanto sacaba las dos cartas para releerlas. Repasó mentalmente innumerables veces las ideas y juicios que manejó en esa crítica que había escrito la noche anterior; pero lo que más lo inquietó, fue haberse sorprendido preguntándose a sí mismo si no había sido demasiado severo con la película de la que había hablado.

Casi al finalizar el día, Catalina llamó para decirle que se le había presentado un inconveniente y que no podía ir a recogerlo. A Luis le entró el pánico, se sentía vulnerable y en grave peligro, pero principalmente, se sentía humillado por aquellos temores. Cuando salió de la editorial, tomó las mismas precauciones que al salir de su casa en la mañana y luego se dirigió hacia la esquina, donde podía coger un taxi más fácilmente.

Con andar presuroso pasó al lado del hombre del puesto de cigarrillos sin siquiera mirarlo. Sólo le faltaban unos cuantos metros para alcanzar la esquina, cuando de pronto, un carro hizo chillar sus llantas en un rápido y repentino giro hacia la calle por donde caminaba. Luis se quedó paralizado en la acera, tratando de convencerse de que aquello no era con él, pero sus intentos de autopersuación se convirtieron en instinto de supervivencia cuando vio que aquel carro subía a la acera y se enfilaba, con toda la velocidad que traía, contra su humanidad; entonces saltó hacia la calle y el carro pasó a su lado y siguió de frente, llevándose por delante el puesto de cigarrillos y por poco a su propietario, hasta que se perdió, con idéntico sonido de sus llantas, al girar velozmente en la otra esquina.

Luis se incorporó tembloroso y perturbado, miraba atónito la escena del hombre de los cigarrillos maldiciendo a gritos en medio de su mercancía dispersa por toda la calle y de su puesto destrozado. Se le ocurrió de pronto que aquel carro estaba dando la vuelta para otra vez aparecer doblando la esquina y acometer de nuevo contra él, así que salió corriendo y en la esquina paró un oportuno taxi.

No sabía qué pensar de todo aquello, lo único que tenía claro era que lo de las cartas ciertamente iba en serio, y se sintió aterrado. Pensó muchas cosas en aquel taxi: primero, trató de recordar qué tipo de carro era, pero sólo se aventuró a atinar el color, le pareció que era rojo, pero desconfió de esa apreciación, pues sabía que padecía de algo que él mismo llamaba memoria daltónica, recordaba las cosas de un color distinto al que realmente eran; también recordó que su agresor no sólo sabía dónde trabajaba sino también dónde vivía, entonces una suerte de corriente helada le recorrió el cuerpo de sólo pensar que lo estaba esperando en la esquina de su edificio; y por ultimo, y eso fue lo que más le consternó, pensó que ya era imposible cancelar la publicación del artículo que había enviado esa misma mañana, lo cual significaba que le quedaba, por lo menos, una semana más de atentados y zozobra.

Ya en la noche, en la seguridad del hogar, quiso contarle todo lo sucedido a Catalina, pero estaba muy herido por las cosas que ella le había dicho, y para ajustar, si le contaba que sus juicios sobre el cine, precisamente, era el motivo de los anónimos recibidos y del atentado de esa tarde, sería darle la razón, o peor todavía, corría el riesgo de que Catalina justificara los argumentos de su agresor y eso para él sí que sería un verdadero agravio. Incluso, se le pasó por la cabeza que ella estaba involucrada en todo ese mal asunto, pues, por un lado, conocía toda la información necesaria: su casa, el trabajo, el día que escribía los artículos y todo eso, y por otro, estaba de acuerdo con el motivo de las cartas, además, últimamente se había dado cuenta de que en realidad no la conocía tanto como él creía.

Entonces volvió a mirar a su compañera, pero esta vez con recelo y algo resentido. Y cuando se disponía a interrogarla, para tratar de sacarle algún indicio de su participación en aquel complot del que era víctima, sonó el teléfono.

-¡Aló! -Contestó Luis de inmediato.

-Hola Luis, habla Claudio.

-Claudio, ¿Cómo estás? -Preguntó él recobrando su actitud natural.

-Bien, bien. Te llamaba porque los muchachos propusieron que nos reuniéramos mañana aquí en mi casa.

-¿Mañana? ¿A qué hora?

-En la tarde... entre las tres y las cuatro. ¿Te parece?

-Sí, a esa hora está bien.

-Bueno, entonces hasta mañana.

-Adiós, Claudio.

Cuando Luis colgó, Catalina apartó la mirada de su lectura y le preguntó con evidente enojo:

-¿No íbamos a ir mañana a visitar a Luz Marcela?

Luis hizo una exagerada mueca por el olvido, pero luego la cambió por una expresión compungida y dijo:

-Es que tú te pones a conversar con ella y a mí me toca aguantarme a ese adoquín que tiene por marido.

-Entonces, como siempre, prefieres ir a hablar “interesanteses” con tus amigos, que se creen tan importantes y sabihondos como tú.

-Yo no me creo importante ni sabiondo, y menos mis amigos. -Dijo Luis sorprendido y sumando mentalmente ese nuevo golpe a la lista de agravios.

-Sí que se lo creen... -Hizo una pausa y luego con una desdeñosa expresión añadió: -No importa, yo voy sola, pero me llevo el carro.

A Luis esto último le pareció peor que cualquier desplante. Ya se veía al día siguiente corriendo y dando saltos por la calle hasta que lo rescatara un taxi. Sólo fue hasta antes de salir, al día siguiente, que se dio cuenta de que la solución, ridículamente sencilla, estaba en llamar y pedir que un taxi lo recogiera en la puerta del edificio. Fue entonces cuando se percató de que aquella situación lo estaba desconcentrando y sacando de control.

III

Los cinco hombres estaban en una sala sentados alrededor de una mesita atiborrada de bebidas, pasabocas y libros. Aquellas reuniones eran una especie de tertulias donde leían textos propios y ajenos, discutían y reflexionaban acerca de un tema que surgía espontáneamente o simplemente conversaban de la vida, el universo y todo lo demás. Sus compañeras o esposas generalmente los acompañaban a estos encuentros, pero en algunas ocasiones, como esa, sólo coincidían ellos en la asistencia.

Alguien comenzó por leer un texto sacado de Las ciudades invisibles de Calvino, de ahí pasaron a hablar de literatura urbana y luego se refirieron al protagonismo de París en la literatura; no demoraron mucho en llegar a Henry Miller y sus trópicos y después a aquel filme apócrifo que pretendió contar su vida en la ciudad luz durante los años treinta. Fue entonces cuando Luis aprovechó para introducir el tema que quería tratar desde el principio de la reunión con sus amigos, así que se apuró en afirmar:

-Justamente para eso se hizo la crítica, para desvirtuar ese tipo de obras que distorsionan personajes y situaciones.

-Mejor no hablemos de la crítica, porque me parece que quienes la hacen son sólo parásitos de la creación artística e intelectual. -Manifestó con cierto dejo de irritación Santiago Maldonado, un artista plástico a quien la crítica le había arruinado su última exposición.

-Al contrario. -Intercedió Claudio- No recuerdo quién dijo alguna vez, que en el trabajo intelectual el mandamiento esencial es la crítica, pues su función es, más que refutar, apoyar, pero con fundamentos.

-¡Exacto! -Completó Luis animado- Porque de no ser así, estaríamos expuestos a una suerte de irresponsabilidad creativa que...

-Tal vez ustedes tengan razón, -Los interrumpió Camilo Aguilera, un antiguo compañero de facultad de Luis- pero esos argumentos son válidos para la creación intelectual, pero no tanto para la artística.

-Sí, tienes razón. -Lo respaldó Claudio.

-Además, a la crítica de creación artística le resulta más difícil despojarse del eterno problema de la subjetividad. -Agregó Juan Diego Jiménez, el periodista del grupo, aquel que le decía a Luis que no era recomendable tener una pareja que perteneciera a una profesión afín.

-Y lo peor de todo es que muchas veces la gente conoce primero la crítica que la obra, y no sólo se predispone ante la creación original, sino que después hablan es de la crítica y no de la obra en sí, o sea, hablan de la creación bastarda en lugar de la genuina y primigenia. -Dijo Santiago apasionado.

-¿Pero cómo puedes decir eso? -Inquirió casi indignado Luis .

-¿Te sentiste aludido? -Dijo con sorna Juan Diego Jiménez.

-¡Pero claro, soy crítico de cine! La crítica es también una creación porque genera un nuevo objeto. No cualquiera puede hacer crítica de cine.

-Pero en el periódico, además de tu artículo de los domingos, se publican en la semana unos diez más. -Señaló Juan Diego Jiménez.

-Y justamente ese es el problema, -Se defendió Luis- que ya la crítica de cine es otra forma de publicidad, y por eso la mayoría de esas críticas no son tales; y es que no sólo se trata de informar a través de ellas, sino también de formar, de educar al espectador proporcionándole elementos de juicio y mostrándole cómo se aplican en una película.

-En eso estoy de acuerdo con Luis. -Dijo Claudio- Incluso, el crítico debe dirigirse a fomentar o crear un nuevo gusto artístico, de lo contrario el arte se estancaría...

-El único problema con la crítica de cine es que el público al que va dirigida está dividido, por lo menos, en dos partes. -Continuó Luis- El público medio y el especializado, y la crítica de cine se hace es para el especializado, porque al medio habría que explicarle cada término y referencia cinematográfica que se utilice.

-¿Entonces, tú para cuál escribes? -Preguntó Camilo Aguilera.

-Trato de escribir para los dos. El objetivo de todos mis textos es servir de puente entre el cine como arte y los espectadores. 

-Entonces eso explica por qué son así. -Dijo Santiago Maldonado soltando una carcajada, y con él, todos los demás.

Luis repasó aquellos cuatro rostros convulsionados mostrando los dientes, con la boca abierta y los ojos a medio cerrar. No escuchaba las carcajadas, sólo veía esa imagen, absurda y grotesca al mismo tiempo. No entendía qué estaba pasando, primero las cartas y el atentado, y ahora sus amigos, incluso Claudio, se burlaban de su trabajo como crítico de cine; a no ser, pensó, que aquello no fuera una coincidencia, sino que sus amigos también estuvieran implicados, junto con Catalina, en la conspiración en contra suya para que modificara sus opiniones. ¿O se trataba era de obligarlo a renunciar a ellas por completo?

Entonces quiso asegurarse de que todos ellos cumplieran el primer requisito para ser considerados como sospechosos: que no estuvieran de acuerdo con sus críticas de los últimos artículos, así que preguntó abiertamente:

-¿Qué opinan de mis últimas críticas publicadas?

Todos apenas terminaban de reponerse de las risas y ante aquella pregunta guardaron silencio por un momento. Hasta que al fin Santiago Maldonado le dijo con determinación:

-A mí nunca me han gustado. Primero, por mi aprensión natural hacia la crítica, y segundo, porque casi nunca estoy de acuerdo con tus apreciaciones.

Luis miró a Claudio que estaba a la derecha Santiago Maldonado y le hizo una señal indicándole que debía dar su respuesta.

-Bueno, ya que lo preguntas así tan directamente, te hablaré con franqueza: Yo leo tus críticas porque aprendo mucho de ellas, pues son evidentes tus conocimientos en materia de cine, pero casi nunca coincido con tus juicios críticos frente a una película .

-A mí me gustan y generalmente estoy de acuerdo. -Dijo secamente Camilo Aguilera.

Por último respondió Juan Diego Jiménez, a quien todos miraron, pues aquello se convirtió en una situación seria y tensa, y al parecer, de interés general:

-Yo tampoco estoy de acuerdo, y menos con las últimas que has publicado. Incluso, en el periódico recibimos cartas con cierta regularidad quejándose de lo mal que hablas de películas que no se lo merecen; a mí me las muestran porque soy tu amigo y para que te lo cuente.

-¿Y por qué no me lo habías contado? -Preguntó sorprendido Luis.

-...no sé. –Dijo su amigo y sorbió café.

IV

Durante el resto de semana Luis se comportó muy nervioso y casi paranoico, especialmente después del domingo, cuando salió publicada su crítica. Cambió de actitud ante sus amigos y sus compañeros de oficina, y con Catalina mantuvo unas relaciones tirantes en la casa y nulas en la cama. Sin embargo, nada fuera de lo normal ocurrió, aunque él se lo atribuyó a las extremas precauciones que tomaba antes de hacer cualquier cosa.

Llegó el jueves y Luis estuvo asustadizo y ansioso durante todo el día. Después de llegar en la noche a su casa, recobró un poco la tranquilidad, pero aún así no se atrevió a empezar a escribir su artículo. Sonó el teléfono y se sintió vulnerado. Catalina no había llegado y él no se decidía a contestar. Se paró junto al aparato, que no dejaba de sonar, y lo miró con aprensión. Cada una de las 18 veces que se escuchó el sonido agudo del teléfono repicando, aumentaba su mortificación; pero por fin se silenció, aunque sólo fue por unos instantes, pues casi de inmediato volvió a sonar y el corazón de Luis a palpitar con más fuerza y rapidez.

-¿Por qué no contestas?

Luis dio un salto hacia atrás y dejó escapar un grito ahogado. Estaba tan concentrado en el repiquetear del teléfono que no escuchó entrar a Catalina. La miró con los ojos muy abiertos y la respiración acelerada. Ella cogió la bocina y contestó, todavía con el bolso en el hombro y un paquete en su mano. Él bajó la mirada y se retiró lentamente hacia el cuarto contiguo, mientras escuchaba las primeras palabras de Catalina al teléfono:

-Sí, acabo de llegar... ¿Luis? Sí, el sí está, pero no sé por qué no contestaba, lo encontré parado junto al teléfono mirándolo repicar. Últimamente ha estado muy raro, yo ya no sé qué hacer...

Cuando Catalina colgó se dirigió hacia Luis y le preguntó por el incidente del teléfono, por su comportamiento de los últimos días y hasta por qué no había comenzado a escribir su crítica. Él guardó silencio. Pensó en explicárselo todo, pero le hubiera dado mucha vergüenza descubrir ante su compañera su actitud medrosa y paranoica, además, todavía no descartaba del todo que ella estuviera envuelta en el complot. Ella insistió de varias formas, pero él apenas si dejaba salir un “nada me pasa”, así que le hizo una advertencia, a la que Luis no prestó atención, y se fue a la cocina a servirse su comida.

Un rato después, sonó el timbre de la puerta. Luis se sobresaltó y miró con recelo hacia la puerta. Se quedó donde estaba pero el timbre volvió a sonar. Catalina gritó que abriera. Él se levantó lentamente de la silla donde estaba y caminó indeciso hacia la puerta. El timbre volvió a sonar y Catalina volvió a gritar, pero Luis no se apuró a abrir, continuó caminando lentamente, como si se dirigiera hacia el borde de un abismo al que estaba obligado a lanzarse. El timbre volvió a sonar y él por fin abrió la puerta, pero lentamente, y dejando asomar primero un ojo.

-Buenas noches don Luis. -Lo saludó el vigilante del edificio.

Luis abrió la puerta y saludó apagadamente a aquel hombre vestido desordenadamente con un uniforme café y que le sonreía mientras le entregaba una cajita blanca que tenía entre sus manos.

-Mire, esto debe ser para usted. -Dijo el hombre tímidamente.

-¿Debe ser? ¿Quién lo mandó? -Preguntó Luis sin recibir la cajita.

-No sé, la encontré en el mostrador de la portería y como en la tarjeta estaba su nombre, entonces vine y se lo traje.

Luis recibió la cajita blanca y le dio las gracias al hombre. Dentro de la tarjeta decía: “Si vio la película de James Bond, ya sabe qué hacer con ella”. A él no se le ocurrió pensar siquiera en la película porque no sabía a cuál de tantas se refería, así que abrió la cajita con toda precaución, y al ver la gran araña de color pardo que había en su interior, la soltó y dio un gran brinco. Se quedó parado sin salir todavía del susto y vio cómo el enorme bicho se metía debajo de una silla.

Ahora sabía de cuál película de James Bond se trataba. Recordó a Ursula Andress en bikini mientras aquella araña, seguramente venenosa y letal, se paseaba por la sala de su casa. Corrió a traer la escoba y comenzó a hacer gran alboroto en la sala moviendo todos los muebles a la caza del peligroso arágnido. Cuando Catalina apareció atraída por el ruido, se encontró con que su sala estaba hecha un desorden y con Luis hablando solo y dando escobazos por todas partes a invisibles enemigos.

-¡LUIS! -Gritó ella dejando la boca abierta.

-¿Qué? -Respondió él instintivamente y la miró asustado, como si lo hubieran sorprendido haciendo algo indebido.

-¿Qué estás haciendo?

-Es que vi una araña. -Dijo él tímidamente mientras se incorporaba.

-¿Y por una araña estás haciendo tanto ruido y desorden? 

-Es que... es que es muy grande. -Dijo él con la mirada clavada en un punto indeterminado de la escoba.

Catalina no supo qué hacer. Movió desconcertada la cabeza de un lado a otro y se fue para la habitación mientras Luis continuó buscando la araña. La cacería se prolongó hasta la una de la mañana, pero fue infructuosa. Luis se fue a la cama sin hacer su artículo y sin matar a la araña. No supo cuál de las dos cosas fue lo que no lo dejó dormir.

Al día siguiente no se bañó siquiera, no se imaginaba encontrarse en el baño desnudo, frente a frente, con la enorme araña. Se vistió ejecutando un desquiciado rito a los ojos de Catalina que consistió en revisar milimétricamente su ropa y zapatos en busca de la araña de la noche anterior. Salió apurado de la casa y le dijo a Catalina que no se preocupara por el bicho, pues él se encargaría de llamar para que ese mismo día fumigaran el apartamento, pero que de todas formas tuviera cuidado. Ella en silencio asintió con la cabeza, mirándolo con tristeza y preocupación.

Cuando Luis cerró la puerta, ella corrió hacia la ventana para verlo salir a la calle, pero él se demoró más de lo acostumbrado para aparecer bajo la ventana, tanto que Catalina estuvo a punto de bajar para averiguar qué le había ocurrido, hasta que lo vio asomar la cabeza, mirar hacia todos lados y luego caminar a ritmo de marchista hasta el nicho de una puerta, donde se refugió por un instante y miró a un lado y a otro, para de nuevo salir caminando de tan singular forma y perderse al dar vuelta en la esquina.

V

Aquel día Luis no tuvo paz. Realizó su trabajo a medias o mal hecho, todo el tiempo estuvo inquieto, no contestaba sus llamadas y cada que se iba a sentar, miraba debajo de su escritorio. Durante las últimas dos semanas, en la editorial sólo se hablaba del extraño comportamiento de Luis De Lugo, y sus compañeros, naturalmente, se dieron cuenta de que su estado había empeorado particularmente aquel día. Acerca de las causas había hipótesis para todos los gustos, algunas de ellas, incluso, estaban comprobadas según sus autores, desde problemas de drogas y alcohol, pasando por una crisis conyugal debido a la infidelidad de su mujer, hasta perturbaciones mentales.

Al finalizar la tarde, justo después de recibir la mala noticia de que sólo podían ir a fumigar su apartamento hasta el día siguiente, fue llamado de la dirección de personal de la editorial. Allí le hicieron algunas preguntas, a las que Luis respondió sistemáticamente con evasivas y negativas, y luego le informaron que le habían arreglado una cita con un sicólogo para ese mismo día a las seis de la tarde, que tenía tiempo de llegar si salía en ese mismo instante, pues el consultorio quedaba a sólo un par de cuadras de la editorial. Le entregaron una tarjeta con la dirección, le estrecharon la mano y pronunciaron un mecánico y postizo “Que se mejore”.

De nuevo Luis tuvo que enfrentarse al vía crucis de movilizarse en la calle. Pero esta vez utilizó otro sistema, menos sutil que el de la excesiva toma de precauciones y el paso apurado, pero al parecer igual de efectivo: corrió como loco de la puerta de la editorial a la del consultorio sin mirar a ningún lado. Por eso llegó jadeando y sudando a su cita. Y como todavía el sentido común le funcionaba bien, se inventó algunos síntomas de estrés por exceso de trabajo y el sicólogo lo absolvió de toda culpa y le impuso como penitencia unos días de reposo en su casa, preferiblemente en el campo o en cualquier lugar tranquilo.

Cuando salió del consultorio, se echó a correr detrás de los taxis gritando para que le pararan, hasta que por fin se pudo subir a uno. Se dirigió a la casa de Claudio, pues no estaba dispuesto a permanecer en la suya mientras aquella gigantesca araña anduviera suelta. Allí lo recibió la novia de su amigo, quien se mostró inquieta y cautelosa con su presencia, pues al parecer ya tenía noticia de su extraño comportamiento durante las últimas semanas.

Luis pidió que le permitiera hacer unas llamadas. Ella permaneció a cierta distancia fingimiento estar ocupada en lo suyo, pero poniendo atención a lo que él decía por teléfono, con lo cual se puso más nerviosa y aprensiva, pues oyó cómo él, bastante excitado, le trataba de explicar a Catalina que no iba a pasar la noche en casa porque de pronto un bicho se metía en su cama como en una película de James Bond; después lo escuchó gritar alterado a un hombre porque no podía pasar un día más sin que fueran fumigar; y por último, lo escuchó lamentarse y disculparse con alguien por no haber enviado algo como de costumbre lo hacía.

VI

La casa de Claudio fue su residencia durante tres días. Su amigo estuvo a punto de echarlo varias veces porque Luis no salió en ningún momento de allí y lo mortificó con su comportamiento anormal, a veces absurdo: Nunca abría la puerta ni contestaba el teléfono y lo envió un par de veces a recoger cosas a su casa; hasta que Catalina, por fin, lo llamó diciéndole que ya habían ido a fumigar.

Se fue para su apartamento y, exceptuando una ocasión en que le exigió a Catalina y a Claudio que lo acompañaran al cine, pasó encerrado el resto de la semana leyendo y viendo televisión tranquilamente. Sin embargo, todo el jueves estuvo impaciente y ansioso, en especial mientras escribía su crítica, pero el viernes se levantó vital y resplandeciente. Fue un gran alivio no haber recibido nada desagradable durante el jueves, aunque secretamente sabía que esa semana no hubo comunicación alguna de “El asesino de Jay Sherman” seguramente porque no había publicado nada el domingo anterior.

Al lunes siguiente volvió a su trabajo, confiado y casi optimista, además porque había conseguido que Catalina le cediera el carro durante toda la semana. Saludó con formalidad a todo mundo, incluso a la recepcionista, y trabajó como siempre lo había hecho. En la tarde salió dispuesto a pasar una buena velada con sus amigos, pues habían organizado una reunión para comer. Nadie dijo el motivo, pero todos, incluso Luis, sabían que era una especie de celebración por lo que parecía ser la superación de su crisis. Caminó despreocupado hasta el parqueadero y cuando se subió al carro, vio en el parabrisas un papel, suponiendo que era publicidad sacó su mano y lo tomó, luego lo arrugó y lo echó en la bolsa para la basura que Catalina mantenía junto a la palanca de cambios.

Encendió el radio y comenzó a silbar la canción que en ese momento sonaba. Condujo despacio por el estrecho sendero de carros cuidando no acercarse mucho a ellos. Fue entonces cuando se dio cuenta de que ningún otro carro tenía en sus parabrisas volantes publicitarios. Frenó el carro y su corazón se aceleró. Buscó el papel que había echado en la bolsa, lo desarrugó con un ligero temblor en sus manos y leyó: “Su crítica de ayer me enfureció tanto que de inmediato me puse a preparar el castigo que bien se merece. Se lo comunico porque aunque usted lo sepa ahora, yo ya le llevo más de 24 horas de ventaja; además, así usted sabe que fui yo, no vaya a ser que la idea de que fue un accidente me quite todo el crédito”.

Luis abrió la puerta, saltó lo más rápido que pudo del carro y se apartó de él unos metros. Inmóvil y asustado miró su carro, pero el pito de otro carro que había detrás del suyo lo hizo desviar la mirada. Vio a un hombre que sacaba la cabeza por la ventanilla y lo miraba extrañado. Luis siguió parado donde estaba sin decir nada. El hombre del carro de atrás volvió a tocar el pito con insistencia y luego empezó a insultar a Luis, pero él siguió inmóvil. Entonces el hombre se bajó y caminó hacia él. Luis lo esperó en silencio, sin mover un sólo músculo y bastante nervioso, ya no sólo por la nota que acababa de leer sino también por lo que le pudiera hacer aquel hombre enfurecido.

-¿Por qué no quita ese hijueputa carro de ahí? -Gritó el hombre. Luis no dijo nada.

-¿Se varó?

-...sí. -Dijo Luis tímidamente.

-¿Y entonces por qué se escucha el motor encendido? ¡Maricón! -Luis entreabrió la boca pero no atinó a decir nada.

-¡Quite esa mierda de ahí ya mismo, si no quiere que lo haga yo! -Vociferó el hombre al tiempo que le daba un empujón a Luis, luego dio media vuelta y se dirigió a su carro.

Luis caminó lentamente hacia el suyo y, antes de subirse, lo revisó con detenimiento por todas partes, desoyendo el pito y los improperios del hombre de atrás. Quiso ir a abrir la tapa del motor, pero el hombre nuevamente se bajó de su carro y se enfiló hacia él insultándolo, así que Luis subió rápidamente al carro y salió de allí.

Dos cuadras más adelante, se detuvo en una estación de servicio y pidió que le dieran una revisión general a su carro, y que antes de entregárselo, alguien diera una vuelta en él y lo ensayara. Mientras le hacían aquel particular trabajo, Luis llamó a Catalina y le dijo que se demoraría una media hora más, pues había tenido que llevar el carro al taller. Luego se sentó a tomarse un café y a esperar que el carro estuviera listo. Poco después de estar allí sentado, se acercó corriendo un niño sucio y descalzo, le dijo jadeante: “vea, que aquí le mandan”, puso algo junto al pocillo de café y salió corriendo de nuevo. Luis saltó como un resorte al ver la cajita blanca sobre la mesa y también echó a correr hacia donde tenía el carro. Pagó más de lo que debía, le arrebató las llaves a un mecánico y aceleró calle abajo. Tomó la autopista y condujo rápidamente hacia el periódico donde trabajaban Catalina y Juan Diego Jiménez.

Encendió el radio y trató de cantar la canción que salía de los parlantes. Miraba a un lado y a otro, no fuera que se encontrara cerca el carro que trató de atropellarlo hacía unos días. Vio pasar a su izquierda una camioneta sucia y destartalada, sólo se veía asomar el brazo de un hombre. Luis lo miró con el rabillo del ojo, sin imaginar que instantes después, ese mismo brazo saldría de repente por la ventanilla de la sucia camioneta y le tiraría a su parabrisas un puñado de polvo blanco, al parecer cal o cemento. Aunque el susto fue enorme, Luis no cometió el error de frenar de inmediato, pues sabía que el carro de atrás lo chocaría y con eso ocasionaría un gran accidente en aquella autopista, así que conservó la misma velocidad y encendió las plumillas que limpian el parabrisas. Luego, a través del vidrio opaco, miró la distancia que tenía con los carros de adelante y de atrás y se vio fuera de peligro. Entonces accionó el mecanismo que lanza agua contra el parabrisas y así dejarlo del todo limpio. Pero de aquellos orificios no salió el agua de siempre sino una tinta negra, la misma que las plumillas se encargaron de refregar por todo el parabrisas. Esta vez Luis no reaccionó tan cautelosamente, sus nervios no soportaron este segundo embate y se abandonó al primer acto reflejo en este tipo de situaciones: frenar.

VII

La comida se realizó dos horas más tarde de lo programado. Nadie le pidió a Luis detalles del accidente, porque sería como preguntarle a un cleptómano por algo que se ha perdido. Comieron con una jovialidad forzada por momentos, pero aún así, todos estuvieron a gusto. Incluso Luis parecía tranquilo. Conversaron acerca de todos los temas que acostumbraban tratar, hasta que, inevitablemente, hablaron de una película y luego de otra, entonces alguien preguntó a Luis por su artículo del día anterior, que no había podido leer.

-La tienes que leer, porque esa fue mi última crítica. -Dijo él apaciblemente y se introdujo un bocado de comida.

-¿Cómo que la última? ¿Vas a dejar de escribir? -Preguntó sorprendida Catalina.

Luis, antes de responder, terminó de masticar:

-De cine, sí.

-¿Pero y por qué? -Preguntó Claudio igualmente sorprendido.

-Porque ya me cansé, además ya no me apasiona escribir de cine. Y mejor no me pregunten más, porque no quiero hablar de eso.

-¿Entonces, a qué te vas a dedicar? -Preguntó Camilo Aguilera.

-A mi profesión. -Dijo Luis con naturalidad.

-¿Y por qué no te dedicas a escribir crítica de arte, para que hables de los mamarrachos que pinta Santiago y así terminas de una vez con su carrera? -Dijo sardónico Juan Diego Jiménez y soltó una gran carcajada, y con él todos los demás.

Luis también se rió un poco, pero de nuevo sus pensamientos silenciaron el sonido de las carcajadas de sus amigos y sólo vio la imagen grotesca y absurda de las risas como en la anterior reunión. Había tomado una decisión muy dolorosa y, aunque se encontraba por ello sumamente consternado, también se sentía tranquilo y liberado.

Aunque Luis De Lugo siguió yendo a cine, nunca escribió más críticas, y desde aquel entonces todo volvió a la normalidad. Cada día se reprochaba su cobardía y falta de determinación para defenderse y aguantar, pero él no estaba hecho para eso y lo venció el temor. Fue perseguido e intimidado impunemente, y nadie nunca, ni él mismo, conoció las dos caras de su historia, como en las películas de las que hablaba, donde siempre se podía observar tanto a víctima como a victimario; porque en esta historia la única cara que se conoció fue la suya, la del perdedor, la cara del miedo.

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