El Cineclubista

Por Oswaldo Osorio  

El elegante traje negro de Iñigo Montoya, el profesor de español, contrastaba con el blanco de las 199 sillas que lo rodeaban. Quiso sentarse en medio del rectángulo que formaban las doscientas sillas, justo en la que estaba en el centro, para crear una imagen que una imaginaria cámara tomaría desde el campanario de la iglesia. Cerró los ojos y repasó mentalmente su imagen para hacerse una mejor idea de ella, entonces vio a un hombre de traje negro, sentado allá abajo en medio de doscientas sillas blancas, dispuestas simétricamente frente al atrio de la iglesia en una plaza de pueblo.

Ese tipo de cosas las hacía con frecuencia. Muchas veces lo sorprendían “haciendo una imagen” y se veía obligado a dar embarazosas explicaciones; aunque en algunas ocasiones pensaba que tal o cual persona no ameritaba una explicación, ya fuera porque no la entendería o porque no la merecía, entonces actuaba con indiferencia, como si no estuviera haciendo algo extraño, y dejaba que pensaran cualquier cosa.

Le gustaba crear imágenes con la luz y su incidencia sobre las cosas, con los colores o con las formas; también le gustaban irónicas y paradójicas, metafóricas o también por contraste, como cuando se tomó aquella foto, feliz y sonriente, entre dos payasos tristes y malencarados. Buscaba simetrías, asimetrías, imágenes poéticas y prosaicas, melancólicas, truculentas y, en algunas ocasiones, jocosas. Claro que estas últimas las hacía con menos frecuencia, porque su elaboración requería una conducta más comprometedora a la hora de ser eventualmente sorprendido, y resultaban más difíciles de explicar; como en aquella ocasión cuando encontró, sentado en el escritorio de un salón, el esqueleto que usaba el profesor de ciencias para sus clases. Pensó que sería gracioso echárselo a la espalda y caminar un poco con él, como si fuera un enfermo o alguien que no podía caminar, como si le hubiera tratado de salvar la vida en medio de un desierto, pero se había demorado demasiado. Entonces se puso delante de él, rodeó su cuello con los huesudos brazos y con sus manos tomó los dos fémures. Caminó hacia la ventana para ver “su imagen jocosa” reflejada en el vidrio y, mientras modelaba y se miraba, entró una horda de colegiales que se quedaron tan sorprendidos como lo estaba el profesor de español con ese esqueleto a su espalda.

Pero esta particular costumbre de crear imágenes, era sólo reflejo de una práctica más antigua y frecuente: ver imágenes. Primero las del cine y luego las de la vida cotidiana. El cine era parte esencial de su vida desde hacía ya muchos años. Era una pasión que vivía principalmente como espectador, como cinéfilo, pero que luego complementó con su actividad de cineclubista. Empezó con un grupo de amigos del bachillerato viendo películas los sábados en su casa, luego en el Cine Club Kane de la universidad y ahora, en ese pueblo perdido en medio de un caluroso valle aprisionado por dos cordilleras, había fundado un cine club en el colegio donde enseñaba.

Pero ése era sólo el primer paso, porque tenía planeado hacer extensivas las actividades del cine club a todo el pueblo, y sabía que conseguiría el respaldo del alcalde y el interés de la comunidad después de la proyección que estaba por comenzar, la cual iniciaba la celebración del centenario del pueblo. El mismo Iñigo Montoya no sólo había elegido la película, sino que fue él quien propuso aquella proyección al aire libre como acto inaugural de las fiestas. Por eso se encontraba tan entusiasmado sentado allí, en medio de aquellas doscientas sillas blancas, saboreando de antemano sus logros; porque después de esa noche, podría acondicionar el teatro municipal para presentar cine y podría formar un cine club, al cual ya hasta le tenía nombre: Caja de Pandora, por aquella obra de G. W. Pabst, pero sobre todo, por Louise Brooks, la hermosa y sugestiva protagonista de aquella vieja y trágica película.

“Iñigo, Iñigo...” Una voz femenina lo sacó de sus cavilaciones. Él giró la cabeza y vio sentada a su lado a Laura, la profesora de estética, su más cercana colaboradora en el funcionamiento del cine club del colegio y en el evento de aquella noche. Era una mujer joven y entusiasta, no sólo en lo relacionado con la séptima de las artes sino también con las restantes. Era un poco ingenua y un poco hermosa y un poco esnobista, pero, en definitiva, era una mujer encantadora y bien intencionada. Iñigo estaba apenas descubriendo la atracción que sentía por ella, aunque no era su tipo, tenía seis años menos que él y su novio viajaba cada semana desde la ciudad para visitarla.

“¡Iñigo!”  Lo interpeló de nuevo Laura y luego pasó su mano frente a los ojos de Iñigo, algo sorprendida porque éste no le contestaba, a pesar de que la miraba fijamente. Iñigo sonrió y le tomó la mano.

-Hola, Laura. -Dijo él mientras pensaba en la alteración de su imagen, ahora que ella estaba también allí en medio de las doscientas sillas. Pero también es una buena imagen, pensó, y sería mucho mejor si la estuviera besando.

-¡A veces haces una cosas tan extrañas!  -Dijo Laura sin dejar de mirarlo a los ojos.

-¿Qué estoy haciendo de extraño?  -Pero no la dejó contestar.  -¿Cómo va todo en la iglesia?

-Ya sabes cómo es el padre Nino, no debe ir ni por la mitad de la homilía...

-¿Homilía?

-Misa. La misa también se llama homilía. ¿No sabías?  -Iñigo arqueó la boca y negó con la cabeza-  Pues bueno, ya sabes… La gente debe salir en unos veinte minutos para ver la película. El padre Nino me dijo que iba insistir en que vinieran aquí en completo orden y dejaran las sillas para las mujeres, los niños, los ancianos y los invitados especiales... ¿Y aquí qué? ¿Todo está listo?

-Sí. La película, el proyector y las luces que se van a apagar. El telón lo bajamos cuando se acabe la homilía...

¿Homilía? ¡Pero qué rápido la incorporaste a tu vocabulario!  -Dijo burlona Laura.

-¡Soy el profesor de español!  -Le respondió en igual tono Iñigo y comenzaron a reír.

Se miraron en silencio por un instante, aunque aquello era más una contemplación: él admiraba su desenfado y belleza, y ella la pasión y vivacidad de aquel hombre. Entonces volvieron a reír, pero ahora con timidez. Por eso Iñigo, para romper el encanto, porque de seguir así terminaría por besarla, impulsado por su imagen imaginaria de hacía unos momentos y no sabía qué actitud asumiría ella, dijo:

-No veo la hora de empezar con el cine club en el pueblo.

-¿Crees que el Municipio sí nos apoye?  -Preguntó Laura  por mero formalismo.

-¡Claro! Después de que vean el entusiasmo de la gente con la película de hoy, seguro que autorizan una partida para acondicionar el teatro y para comprar un proyector portátil como este que alquilamos hoy. Además, ya tengo listo el proyecto para presentárselo al Comité Cultural Municipal...

-Del cual, casualmente, haces parte.  -Agregó Laura con complicidad.

-Mejor que eso. Yo, prácticamente, soy el comité. Porque los otros cuatro miembros no tienen idea siquiera de lo que es cultura. Su idea de cultura se limita a las pinturas al óleo, a las danzas folclóricas y a los recitales de música colombiana. Por eso, desde que ingresé al comité y les dije que debían ampliar su definición de cultura, no sé si es porque vengo de la ciudad o por ser el profesor de español, pero están más atentos a mis sugerencias. Yo sé que lo hacen por esnobismo, pero así es como  muchas veces uno empieza su incursión en alguna actividad.

-¿Yo también soy esnobista, entonces?  -Inquirió Laura con cierta vergüenza y Iñigo sonrió condescendiente.

-Sí, un poco. Pero, como te digo, muchas veces así es como se empieza... Al secretario de cultura, por ejemplo, que está conmigo en el comité, lo tengo escuchando música clásica. Ahora sólo oye Las cuatro estaciones de Vivaldi, la novena sinfonía de Bethoveen o cosas por el estilo, pero es muy probable que en diez años sea todo un especialista. Porque veo en él un verdadero gusto por esa música, un asomo de pasión, y eso es lo esencial, lo demás vendrá con el tiempo.

-Yo quiero ser una especialista.  -Anunció ella con jovial entusiasmo.

-Y seguramente lo vas a ser.  -Sentenció con satisfacción Iñigo-  Porque tu esnobismo es del productivo, del comprometido...

-¿A qué te refieres con eso?

-Es que hay mucha gente que es verdaderamente esnobista, en el sentido peyorativo del término...  En la universidad, por ejemplo, cuando coordinaba el Cine Club Kane, era muy común que ese tipo de gente llegara a mí y me dijera cosas como “me encanta el cine”, “me muero por el cine” o “soy un cineasta consumado y quiero pertenecer al cine club”.

¡Cineasta! Decían cineasta de la misma forma como dirían “papitas” o “camiseta”. Y yo, cuando escuchaba esto, mentalmente les daba un puñetazo en la cara, indignado porque ni siquiera podían diferenciar entre cinéfilo y cineasta. Me daba cuenta al instante de que, con seguridad, tampoco se “morían por el cine” y menos por estar en un cine club. Y efectivamente, muchos de esos “moribundos por el cine”, cuando se daban cuenta de que un cine club no sólo era ver películas, sino que también era programar los ciclos, estudiar, discutir, hacer carteles y todo eso, entonces nunca más se volvían a dejar ver la cara, parecía que realmente sí se hubieran muerto por el cine.

-Pero mejor, porque se deshacían de ellos de una buena vez.  -Dijo Laura, apropiada del  relato.

-No necesariamente.  -Corrigió Iñigo-  Porque generalmente, y para nuestra desgracia, se quedaban los esnobistas que no se creían tales, los que pensaban, no sólo que se morían por el cine, sino que, además, sabían todo acerca de él. Pero obviamente era un conocimiento de telemagazín o de revista de variedades: conocían los actores de moda y las películas de las que se hablaba con cierta insistencia. Eran de los que conocían a Chaplin pero no a Buster Keaton, de los que habían visto Casablanca pero no El Halcón Maltés, o de los que sabían algo de Hitchcock pero ni siquiera sospechaban de la existencia de un Orson Welles o de un René Clair. Para esa gente el cine era el glamour, la cultura de la imagen, era una iconografía muy atractiva, el mito y, especialmente, era una actividad que daba status intelectual entre los demás estudiantes.  Entonces, claro, era insostenible una conversación medianamente seria con ellos y, lo más grave, era que entorpecían la elaboración de una buena programación.

-¿Y todos eran así?  -Preguntó desconsolada Laura.

-No, claro que no. Había gente sencilla y realmente interesada en hacer un buen trabajo y de paso sacar provecho de él, pero de todas formas los otros, los esnobistas, eran mayoría y después de un tiempo, irremediablemente, el cine club quedó en sus manos.

-¿Y qué pasó?  -Preguntó atenta Laura.

-Pasó lo que tenía que pasar.  -Respondió Iñigo dejando vagar la mirada y asumiendo un tono melancólico: el Cine Club Kane ganó imagen y popularidad en la universidad, pero se quedó sólo en eso, en imagen, porque los ciclos de cine se banalizaron, las introducciones a las películas y las discusiones nunca se volvieron a hacer y, lo más lamentable de todo, fue que el cine en 16 milímetros desapareció, porque los que quedaron no tenían idea de cine francés o alemán, que era el que se conseguía en ese formato, pero principalmente, porque les daba pereza hacer el trámite para conseguir las películas y para cargar y manejar el proyector. Así es que el cine club se convirtió en video club. ¡Y lo más injusto e indignante de todo fue que obtuvieron mejor respuesta del público universitario!

-¿Y alguna vez les dijiste algo?  -Inquirió Laura, pero Iñigo se había apasionado con el tema y continuó, como si ella no hubiera dicho nada:

-...es que yo no entiendo cómo la gente... ¡Pero qué digo la gente! ¡Los estudiantes!, que se supone son más receptivos e inquietos con estas cosas... no entiendo cómo llenaban el auditorio para ver una película en video, que ya habían pasado infinidad de veces por televisión o que bien podían alquilar en cualquier tienda de video. En cambio, cuando presentábamos en formato cine las cintas francesas o alemanas, que eran clásicos o películas que de otra manera no habría posibilidad de ver, asistían escasamente cinco o diez personas. ¡Yo no entendía eso, Laura!  ¡Todavía no lo entiendo!

-¿Pero es posible que, con mayor razón, nos ocurra eso mismo aquí?  -Preguntó alarmada. Iñigo, turbado por la brusquedad y franqueza de la pregunta, permaneció en silencio por un instante, luego respiró profundo y con la parsimonia de quien habla mientras reflexiona, dijo:

-Sí, ya había pensado en eso. Pero ese es justamente el trabajo que vamos a hacer con el Cine Club Caja de Pandora: enseñarle a la gente lo que es el buen cine, acostumbrarla a ver cierto tipo de películas y explicarle por qué son buenas, y así descontaminarla un poco de toda esa basura que ven en televisión.

-Va a ser una labor dura.  -Dijo Laura pensativa.

-Sí, pero yo creo que se puede hacer, aquí y en cualquier parte...  -Iñigo hizo una pausa para asumir de nuevo una actitud reflexiva y, simultáneamente, convertir sus cavilaciones en palabras-  ...de lo que sí no estoy muy seguro es de por qué lo vamos a hacer y por qué lo he hecho todo este tiempo.   -Volvió a guardar silencio por un instante, mientras hurgaba en su memoria en busca de una conversación que alguna vez tuvo a raíz de esa misma pregunta: 

-En el Cine Club Kane teníamos una programación alterna a la de cine dedicada a presentar videos de rock. Abad y yo, todos los miércoles al medio día, subíamos siete pisos (¡siete pisos!) cargando equipos para proyectar y amplificar los videos. Uno de esos días, mientras esperábamos a que llegara el público, cansados y acalorados después de haber subido más de trescientas escalas, yo le hice a mi amigo esa misma pregunta, de distintas formas: ¿Por qué hacíamos todo aquello? ¿Qué necesidad teníamos de ponernos en tantas vueltas para que un público, de una dolorosa ingratitud por demás, pudiera ver los videos musicales o las películas que programábamos? ¿Por qué no nos íbamos para la casa de cualquiera de nosotros y los veíamos allí, más cómodamente y sin tanto trabajo? Abad se limitó a mirarme, sin modificar mucho la expresión indiferente de su cara redonda.   No tenía la respuesta y, como a mí,  parecía no importarle mucho encontrarla. Iñigo hizo otra larga pausa y continuó: 

-Yo ahora creo tener la respuesta, justo en este instante se me acaba de ocurrir.  -Laura lo miró con mayor interés y él habló absorto, como si una voz interna le estuviera dictando las palabras y, al mismo tiempo, un poco fascinado porque apenas en ese momento, después de tanto tiempo, se aventuraba a dar respuesta a esas preguntas que tantas veces se había hecho consciente e inconscientemente, pero también desconcertado, pues la hipótesis no era muy grata para su autoestima:  Creo que lo hago por puro egoísmo, porque siempre quiero que la gente vea las películas y los videos que a mí me gustan... Sí, por egoísmo y prepotencia, porque además de imponer mi gusto, también quiero demostrar que es el gusto correcto, el verdadero, que lo demás es de menor calidad y que, además, sé mucho de todo eso.

Laura lo miró turbada, no entendía cómo aquel hombre tratara su más grande pasión, en lo que había ocupado tantos días de su vida, con tal dureza y desdeño. Además, si había algo de cierto en aquello que Iñigo decía, resultaba muy decepcionante para ella, que pretendía seguir sus pasos, por eso, para negar conscientemente esa posibilidad dijo con convicción:

-Tú sabes que eso no es verdad.  -Iñigo sonrió y le respondió apagadamente:

-Sí, tienes razón, no es verdad.

Ambos lucieron una sonrisa falsa y sostuvieron su mirada en el otro. Laura un poco confundida porque acababa de ver la otra cara del entusiasmo y la pasión, e Iñigo abatido por su reciente reflexión. Es cierto que luego lo había negado, pero el sólo hecho de haberlo puesto de manifiesto, ya había sacado a la luz esa desazón que, aunque no lo quisieran, estaría presente cada que se ocuparan de cualquier actividad del cine club. Las dos miradas de desilusión, por la persistencia, se fueron transformando nuevamente en miradas contemplativas. Cambiaron la expresión de su rostro y la sonrisa falsa también adquirió otro matiz. A Iñigo se le ocurrió, otra vez, que quería besarla, pero no se decidía, y después de muchas idas y venidas en su mente, de desear y reprimirse igual número de veces, tanto miradas como sonrisas cambiaron de dirección en busca de un bullicio que provenía de la iglesia. La misa había terminado y la gente toda ya se acercaba hacia donde iba a tener lugar la proyección de la película.

Iñigo y Laura se levantaron afanosamente de sus sillas y fueron a hacer los preparativos finales: bajar el telón, revisar el proyector, avisar que apagaran las luces y organizar al público en las doscientas sillas y sus alrededores. La gente desbordaba la plaza para presenciar aquel acontecimiento nunca antes visto en su terruño y varias personalidades de la región, alcaldes, empresarios y concejales, estaban en primera fila acompañando a sus colegas anfitriones. Antes de apagar las luces se lanzaron fuegos artificiales, luego, todavía sin apagarse el último haz de luz púrpura en  ese cielo negro y pintado de estrellas, se encendió el proyector, y con él el entusiasmo y la expectativa de todos los presentes. Iñigo Montoya, el profesor de español, se sentía emocionado y ansioso, porque toda esa gente iba a ver “su película”, esa que había visto ya tantas veces, debido a la fascinación que sentía por ella.

Mientras pasaban todavía los créditos iniciales, recordó aquel día en que la vio por primera vez: había quedado deslumbrado, inmóvil en su butaca, con la boca abierta como sus ojos, disfrutando del secreto placer de estar frente a uno de esos descubrimientos personales, casi sublimes. Lamentó estar solo en aquella ocasión, pues le hizo mucha falta comentar tan maravillosa obra con alguien. Tenía la extraña idea de que era necesario hablar de las películas para materializarlas, para darles entrada al mundo real, porque de lo contrario, cuando veía una película solo y ésta permanecía únicamente en su recuerdo, le parecía etérea e irreal, entonces necesitaba (por lo menos con las películas que le gustaban) confirmar su existencia.

Cuando transcurrían diez minutos después de haber comenzado la película, Iñigo comenzó a escuchar un molesto murmullo entre la concurrencia y vio que la gente empezaba a revolcarse más de lo normal en sus sillas. Miró a Laura, que se encontraba al otro extremo de la hilera de sillas, y le pareció ver una preocupada aflicción en la expresión de su rostro y en su mirada.  Quiso tranquilizarse repitiéndose mentalmente que aquello era sugestión suya, a causa de la conversación que acababa de tener con Laura.

Pero media hora más tarde, la situación ya era insoportable, la gente comenzaba a impacientarse y no faltó quien, con el veneno de la burla, gritara que le devolvieran la plata. El alcalde y los concejales miraban iracundos al profesor de español y ex-miembro del Comité Cultural Municipal a partir de ese momento. El murmullo subía de volumen y encubría las risas y burlas que cada vez eran más frecuentes. Iñigo Montoya no entendía por qué no miraban atentos su espléndida película, entonces se levantó de su silla para pedirle cordialmente a la gente que guardara la compostura y apreciara esa hermosa obra del séptimo arte. Quiso explicarles la belleza de “su película”, pero fue en ese momento cuando cayó en su cabeza aquel pedazo de palo. La sangre se vio brotar por encima de su oreja izquierda y él comenzó a bajar lentamente hasta quedar de rodillas. En esa posición recibió la lluvia de objetos que lanzó el público. Toda la plaza se sumió en una violenta algarabía y confusión. La gente corría y gritaba, unos lanzaban objetos, otros los recibían, los cinco policías del pueblo, al no poder poner orden, escoltaron a los invitados hasta un lugar seguro. Las doscientas sillas se dispersaron en la misma dirección en que lo hicieron sus nuevos dueños, el proyector fue destrozado por completo y la cinta regada a lo largo y ancho de toda la plaza, como escarnio público.

Unos minutos más tarde, la plaza estaba casi desierta. Laura limpiaba con un pañuelo las heridas de Iñigo. No hablaban. Laura lo tomó del brazo y lo ayudó a levantarse. “La masa no piensa y tiene mal gusto”, dijo por fin ella para ahuyentar ese pesado silencio. Iñigo Montoya, el profesor de español (seguramente no por mucho más tiempo), trató de sonreír ante aquellas palabras, pero sólo consiguió desfigurar más su apesadumbrada expresión. Avanzó cojeando de su pie derecho y sosteniéndose de la ingenua y hermosa Laura. De nuevo deseaba besarla. Lo había decidido ya, ése era un momento propicio, porque necesitaba un beso y estaba seguro de que ella no se lo negaría. Pero esperaría a que caminaran otro poco, hasta llegar al farol. Será una buena imagen, pensó: primer plano de un beso, la luz amarilla del farol, la tez blanca de Laura y la sangre roja en mi rostro.