El Octavo Pecado Capital

Por Oswaldo OsorioImage

El premio India Catalina a mejor película en esta última edición del Festival Internacional de Cine de Cartagena le fue otorgado a la película argentina Bajo Bandera, del director Juan José Jusid. Con esta decisión del jurado repite nacionalidad esta categoría, que es en definitiva la más importante de todas. El año anterior, recordemos, este mismo premio fue a parar a manos de los realizadores de Sol de Otoño, una película que lo único que tiene en común con el filme de Jusid es su país de origen y la presencia del actor Federico Luppi en el reparto, porque por lo demás, fue una decisión que dejó bastante qué desear, a diferencia del mejor tino con que este año fue elegida Bajo Bandera, pues se trata de una película sólida y eficaz en casi todos los aspectos, aunque sin ser, sin embargo, una pieza que se pueda clasificar de inolvidable.

¡Otra película argentina sobre militares! Es la inevitable exclamación que a cualquiera se le escaparía al conocer el tema de Bajo Bandera. Cada país en Latinoamérica parece condenado a ser monotemático en su cinematografía: Colombia con la época de la violencia, Venezuela con los problemas sociales, Cuba con su revolución, México con los melodramas urbanos y Argentina con sus odiados militares. Pero, afortunadamente, este no es exactamente el caso, porque luego se puede confirmar con alivio que esta película argentina no nos habla de los nefastos tiempos de la dictadura, sino que nos cuenta la historia de un mayor del ejército, quien es enviado a un destacamento militar en la Patagonia para esclarecer las circunstancias en que murió un soldado, además de otro tipo de irregularidades administrativas y disciplinarias.

Aunque, de todas formas, el tratamiento que Juan José Jusid le da a la institución castrista evidencia nuevamente la permanencia del fantasma de los “milicos” en la cinematografía gaucha. No es gratuito que las películas argentinas de mayor resonancia internacional de los últimos años, como La Noche de los Lápices, La Historia Oficial, Sur o Tango Feroz, tengan que ver con la dictadura militar que padeció este país entre finales de la década del setenta y principio de la siguiente.

La milicia por dentro

La película, en términos generales, se podría definir como una recelosa descripción de la vida militar y los elementos que la componen, descripción que se hace de adentro hacia afuera y que devela un universo que se rige por sus reglas propias, entre las cuales prima la ley del silencio, el oportunismo y el temor. El espíritu castrista sale bastante mal librado con el tratamiento de los personajes y las situaciones que nos presenta este filme, pues muestra la tajante y violenta división que se presenta entre los más fuertes y los más débiles, que determina, a su vez, la dicotomía entre víctimas y victimarios.

Por esta razón, cada diálogo y escena van dando cuenta, entre líneas, de la moral de aquellos militares, la cual se fundamenta en una escala de valores tan variada y dispar como la que puede forjar una estructura jerárquica de ese tipo. Y la gran consecuencia de esas circunstancias (que a su vez es el mismo tema de fondo de la película entera) es la corrupción, que bien se podría llamar el octavo pecado capital, por la forma crónica y sistemática como la humanidad la viene practicando de manera creciente desde tiempos sin fecha.

La corrupción de este destacamento militar transita libremente de arriba a abajo de la jerarquía. Por eso, cuando llega el mayor Molina, quien es recibido con evidente recelo, sin mucho trabajo se da cuenta de que los alcances de esta corrupción es a todos los niveles, no sólo jerárquicos sino también morales: se ocultan cosas, los altos mandos se enriquecen a costa del ejército, los mandos medios abusan de su autoridad y nada se dice abiertamente, aunque todos saben todo lo que allí pasa, como que la esposa de un oficial engaña a su marido con un subalterno o que el soldado Rosenberg, le vende sus favores sexuales a medio destacamento.

Historias ya contadas

Bueno, pero como es regla en toda narración, hay un elemento desestabilizador del universo descrito, y este elemento no es otro que la llegada del mayor Molina, un hombre tranquilo, metódico y seguro de sí mismo que, al mismo tiempo, es también desestabilizado por aquella situación de corrupción y encubrimiento, tan funesta para sus principios de militar. Esta correlación entre Molina y el destacamento es la base de la solidez argumental y temática de la película, y claro, también narrativa, ya que es este personaje quien sirve de hilo conductor de una historia bien contada, que sabe suministrar la información a su debido tiempo, como lo deben hacer los argumentos que están en pos de un secreto por revelar.

Los ojos y la presencia de Molina son los que cuentan la película, por eso Bajo Bandera se desarrolla al mismo ritmo y tono de su proceder y su carácter, es decir, con una actitud calmada, reflexiva y curiosa, confusa al principio y paso a paso esclarecedora, pero sobre todo, perpleja. Este limpio y efectivo acompasamiento entre el personaje central y la historia, muestra el buen oficio de sus realizadores, quienes se convierten en autores de una pieza, que sin llegar a sorprender o maravillar demasiado, resulta sobria e impecable. En ella todo está en su buen punto: dirección, guión (escrito por Guillermo Saccomanno a partir de su propia novela), fotografía, montaje, sonido e interpretaciones, estas últimas a cargo de Miguel Ángel Solá y Federico Luppi.

Pero tras esta avalancha de adjetivos favorables para Bajo Bandera, es necesario aclarar que es una película que tiene un gran problema: su historia ya ha sido contada demasiadas veces por el cine y, por lo menos en dos ocasiones, con mejores resultados. Estas dos ocasiones son Historia de un Soldado, dirigida por Norman Jewison y, guardando las proporciones entre la época y la institución a la que se refiere, El Nombre de la Rosa, de Jean-Jacques Annaud. Ambas fueron realizadas hace más de diez años, dirigidas por directores de comprobado talento y basadas en sendos libros galardonados y vendidos mundialmente hasta el cansancio.

Y lo peor de todo es que este fenómeno ocurre con la mitad de las películas latinoamericanas que se vieron en Cartagena. La pobreza argumental y la repetición de historias infinitamente recurridas fue un síndrome que padecieron, por sólo mencionar algunas, la uruguaya Otario, en su pretención de hacer cine negro; Por si no te Vuelvo a Ver, el Cocoon mexicano; o Zafiros, Locura Azul, el nacimiento y muerte de un grupo musical cubano. A consecuencia de esto, entonces, cabe preguntarse ¿Qué tan válido es contar historias que otros directores o cinematografías ya han contado con mejor fortuna? ¿Qué sentido tiene abordar un argumento ya conocido y dejarlo intacto, sin ningún aporte o evolución? No imagino cuáles sean las respuestas a estos interrogantes de directores, guionistas y productores, que son los culpables de que esto ocurra, ¿Acaso las tendrán?

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