Diferente puede ser bueno

Por Oswaldo Osorio

Amor, muerte y cáncer. Una conocida ecuación que el cine ha ensayado con diferentes resultados. Generalmente ello depende de quien se encuentre tras la cámara, y en este caso es un señor director a quien se le dan bien los dramas juveniles. Con solo una joven pareja, conversando, deambulando y esperando lo inevitable, Van Sant ofrece aquí una bella, melancólica y delicada película, como ya antes lo había hecho.

Desde la renegada Drugstore cowboy (1988), pasando por la cruda poesía de Los dueños de la noche (1992), hasta la descarnada y opresiva Elephant (2003), este director ha demostrado su sensibilidad para retratar y reflexionar sobre el universo juvenil urbano, poblado generalmente por muchachos díscolos, al borde del abismo o al menos diferentes al grueso de su especie.

Tal vez eso es lo único que molesta un poco de esta película: la marcada singularidad de la pareja protagónica, que es lo que permite ese mundo un tanto bizarro que construye la historia, lo cual, al menos en un principio, resulta de cierta forma artificial, lleno de una estilización que solo es posible en la ficción. Pero aunque esto sea así, como ocurre casi siempre con el arte, es posible que el artificio y la estilización hablen de cosas reales y concretas.

En esta cinta lo real es el imperativo de la muerte y lo que se concreta es el amor, nada menos que los dos elementos más determinantes de la vida. A estos dos personajes, que son demasiado poco ordinarios, en principio los une esa personalidad poco común y el contacto que tienen con la muerte. Pero cada uno de ellos asume una posición diferente. Ella se muestra serena y madura ante lo tristemente inevitable, mientras él aparece infantil y colérico.

Ambos parecen atribulados héroes del romanticismo, incluso la película enfatiza esa diferencia y esa actitud existencial –aumentando de paso la carga de estilización- con la indumentaria de los protagonistas, ataviándolos con pintas decimonónicas que no reparan en anacronismos. Aunque si bien en este tipo de elementos hay estilización, en general se trata de un relato tremendamente sencillo, que hace de la sutileza y la funcionalidad el mejor vehículo para hablar de esos temas tan solemnes y esenciales.

Así mismo, esa sencillez está presente en el tono en que está planteado el relato, un tono cruzado por el romanticismo y la melancolía, que no por la tristeza, porque a pesar de la ominosa amenaza de la muerte que lo determina todo en esta historia, su visión es de una sosegada felicidad, casi rebajándose al optimismo.

Entonces, el amor y la muerte, que deberían ser contrarios, pero que tantas veces se presentan como uno solo, le dan vida a esta sutil y bella película, dirigida por un cineasta que sabe hablar de estos temas y recreada con unas imágenes igualmente sencillas pero cargadas de poesía.

Publicado el 11 de diciembre de 2011 en el periódico El Colombiano de Medellín.  

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