El escribano de la muerte

Las historias de cine muchas veces nos han demostrado –y advertido- que algunas personas que, en condiciones normales, pasarían inadvertidas ante el resto del mundo, cuando les toca vivir un histórico estado de crisis, se despierta lo peor de ellos, al punto incluso de convertirse en monstruos. Esta situación es prácticamente un esquema, si no de la naturaleza humana, al menos de los relatos de ficción, en especial aquellos que hablan de totalitarismos, torturadores y estados represivos.

Esta es la lógica que guía la construcción de esta historia y de su protagonista. Pero a esta lógica le antecede un referente, y es la ópera prima de este director chileno, la cinta Tony Manero (2008), una truculenta y turbadora historia sobre un hombre que, detrás de su obsesión por el personaje de la película Fiebre de sábado en la noche (Badham, 1977), oculta un comportamiento criminal con tendencias sicopatológicas. Es un bailarín entrado en años, ladrón, asesino descarnado y ensimismado en sus complejos y frustraciones.

Este personaje es interpretado por Alfredo Castro, quien también protagoniza Post mortem (2010), con tan idéntico registro que resulta imposible separar a un personaje del otro. De hecho, esta segunda película pareciera una precuela de Tony Manero, o sea, es como si el personificador de célebre bailarín hubiera iniciado su carrera criminal en los oscuros días del golpe de estado de Pinochet, que es cuando tiene lugar el segundo filme.

Y efectivamente, Mario, el personaje de Post mortem, mantiene la misma sombría actitud del falso Manero, pero aún sin tendencias criminales, o por lo menos solo estaban latentes. Su soledad, su opaco trabajo (transcribe autopsias en la morgue) y el deseo obsesivo por su vecina, una bailarina de cabaret, componen el cuadro de comportamiento del hombre a quien la crueldad y los horrores de la dictadura militar empezarían a transformar. Es como si el Tony Manero chileno de la primera película fuera una vuelta de tuerca del Mario de ésta, o viceversa, da igual.

En principio, Mario es un hombre conservador y moralista, pero en el sentido de las convenciones sociales, pero luego, cuando se destapa el infierno de la represión militar, se muestra inmutable ante las atrocidades que vive su país. Él mismo es testigo de excepción al trabajar en la morgue, donde los poquísimos muertos que habitualmente tenían en su labor, se multiplican después del golpe, apilándose en los corredores de la morgue y creando así impactantes y elocuentes imágenes de la carnicería de aquellos días, días que luego se convertirían en años.

La historia claramente muestra el contraste entre Mario y su compañera de trabajo, la misma a quien él en algún momento reprochó su supuesta actitud disipada ante otros hombres. Mientras Mario asume una posición casi cómplice con su silencio y su indolencia ante los muertos que llegan en camiones militares, ella cada vez se siente más perturbada por lo que ocurre y, aunque de forma indirecta, de lo que hace parte.

Y esta complicidad a la que estos trabajadores de la morgue, así como tantos chilenos, se vieron obligados o de alguna manera consintieron, tiene su punto de inicio en la significativa escena en que los militares los llevan a hacerle la autopsia al mismísimo Salvador Allende. Se trata solo de un episodio de tantos de la dictadura, pero por sus implicaciones, resultó especialmente grave y hasta conmovedora: la mujer que se niega a asistir al tanatólogo al ver quién es el muerto, la silenciosa y tenebrosa corte de militares que observan la autopsia y el magnicidio que en aquella habitación es reducido a un frío informe forense y a la farsa de declarar aquella histórica muerte como un suicidio.

No es estrictamente otra película sobre la dictadura, ni tampoco otra historia sobre un asesino a sangre fría, sino que es un poco de ambas cosas: El tétrico personaje que personifica todas las contradicciones morales de los hombres en las épocas de horror, y ese telón de fondo de injusticia y represión que se empieza a pintar con la autopsia del presidente socialista. Las dos caras de esta historia son encajadas con fuerza y precisión por Larraín, por medio de un relato cargado con una atmósfera opresiva y malsana, la cual empieza por la convincente interpretación de Alfredo Castro (aunque es cierto también que molesta verlo repetirse a lo Tony Manero).

Esta atmósfera opresiva es reforzada por una narración contenida y una concepción visual que tiene la capacidad de trasmitir ese ambiente de temor y zozobra. La opacidad de la textura de la imagen y las luces mortecinas son la clave en que están planteadas la mayoría de las secuencias. De manera que esa imagen, su tenebroso protagonista, la maldad de la dictadura en ciernes y el tono de adversidad del relato, hacen de esta cinta una angustiante pero, al mismo tiempo, estimulante experiencia.

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