Dios vive en la luna

Por Oswaldo OsorioImage

Esta película es como un arco iris de géneros. Comienza en tono de comedia, luego toma visos de sátira y parodia, después pasa a color tragedia, para terminar en un tono pastel rosa, el menos convincente de todo el filme. Pero estos cambios, más que una deficiencia, son una de las principales virtudes de The Truman Show (1998), pues se suman a la originalidad de la historia y a la manera inteligente como está contada, para mantener el interés y, sobre todo, el desconcierto del espectador ante los acontecimientos de la pantalla.

Este filme fue una verdadera sorpresa, pues su director es el irregular Peter Weir, y está protagonizado por el a veces chocante Jim Carrey. Ambos eran dignos de desconfianza, ya que, por un lado, Carrey es una de las estrellas del momento y, por lo tanto, está a merced de las imposiciones de la industria, el star system y la taquilla, además de que ya se estaba encasillando en un personaje muy específico y poco apreciable; en cuanto a Weir, era un director con una carrera prometedora en su Australia natal, con tan buenas películas a su haber como La última ola (The last Wave, 1978) o Gallipoli (1981); pero su cine se hizo muy desigual cuando llegó a Hollywood, donde ha hecho películas tan acertadas como Witness (1985) o The Mosquito Coast (1986), tan “del gusto de todos” como La Sociedad de los Poetas Muertos (Dead poets society, 1989) o Matrimonio por conveniencia (Green Card, 1990), o tan desafortunadas como Sin miedo a la vida (Fearless, 1993).

Pero además de estos dos nombres, faltaría mencionar el de Andrew Niccol, su guionista, tal vez el hombre clave en esta realización. El hombre clave porque es el universo y los personajes que él crea con su historia, lo que más fuerza tiene y más interesante resulta de todo el filme. Niccol es un neozelandés que entró al mundo de Hollywood por la puerta grande, primero escribiendo y dirigiendo esa pieza minimalista titulada Gattaca (1997), una película tan aséptica en su argumento y estilo como en sus decorados y locaciones; y después escribiendo el guión para The Truman Show. Las dos películas tienen varias cosas en común: la manipulación de la vida, las implicaciones morales que esto conlleva, la creación de un universo con lógica propia, la novedad argumental y, bueno, el éxito, tanto con el público como con la crítica, algo que nunca está de más para la buena salud del cine.

El hombre-verdad

The Truman Show nos cuenta la ingeniosa y original historia de un programa de televisión que, en realidad, es la vida de un hombre, la vida de true-man, del hombre-verdad (en esto de los nombres Hollywood siempre se ha distinguido por su elementalidad). Sin siquiera sospecharlo, Truman ha crecido rodeado de cámaras que captan su vida para millones de espectadores que lo siguen en todo el mundo. Por eso, al tiempo que es un documental enorme y extravagante (un filme con resonancias warholianas), por su desarrollo en tiempo real y porque registra el comportamiento casi siempre espontáneo e impredecible de un hombre que no es consciente de que está siendo observado (la invisibilidad de la cámara como el ideal de los documentalistas clásicos); también es un argumental, pues todo está dispuesto para encaminar las acciones de Truman hacia objetivos predeterminados: los habitantes de su ciudad, su parientes y amigos, los principales acontecimientos de su vida y hasta el mismo universo en que vive. Esta paradoja entre documental y argumental, entre realidad y verdad  simulada, es uno de los aspectos más interesantes y fascinantes del filme. Habría que aclarar que no es una idea del todo inédita, pero sin duda son Andrew Niccol y Peter Weir quienes la han llevado más lejos y con mejores resultados.

Con este planteamiento y sin avanzar más, ya tenemos de entrada un serio dilema ético y moral: la vida y el destino de un hombre manejados al antojo de un productor de televisión y obedeciendo a los intereses y gustos emocionales de esa masa tonta que constituye el rating. En este sentido la película resulta ser una gran metáfora, un poco torpe por su dimensión, pero por eso mismo, por su dimensión, considerablemente aterradora y directa. Además, ya es un tema recurrente en el cine de los últimos años. Por sólo citar un ejemplo, el último archirrival de James Bond fue, nada menos, que un magnate de los medios de comunicación a nivel mundial.

Entonces tenemos al gran poder mediático como el dios de nuestros días, un dios que puede crear hombres como Truman y puede determinar su destino. La película vuelve a la mencionada elementalidad de los nombres, cuando bautiza como Christof al productor del programa de televisión, a la encarnación humana de ese gran dios mediático, al hombre que está observándolo todo desde la luna de utilería y que tiene el poder de hacer salir el sol en medio de la noche o de provocar una repentina tormenta con sólo oprimir un botón.

Claro que este es sólo uno de los tantos aspectos de fondo que toca el filme, porque también hay, entre líneas, una crítica en tono de parodia a la clase media, odiosamente alienada y uniformada, marcada por la rutina, por el inconsciente desprecio a su trabajo  y por la frustrante resignación a su estabilidad económica y emocional; también le da un estrujón a la televisión y su gran poder, a sus vicios y al peso que tiene sobre los espectadores; pero sobre todo, esta película resulta especialmente reveladora con el contraste que hace entre la vida perfecta y armoniosa, pero artificial, que le han fabricado Truman, y la vida real y verdadera, incierta y riesgosa que este hombre en algún momento intuye que existe. El dolor es la mejor prueba de que estamos vivos, dicen por ahí, y a Truman le faltaba ese dolor. Por eso deja de lado ese miedo a navegar que le implantaron desde su infancia, para hacerse a la mar, caricaturescamente temerario, en busca de la verdad, y navega para encontrarse, en una de las imágenes más sugestivas e impactantes de la historia del cine, con que su realidad-real es un horizonte de tablas y pintura.

Pero antes de eso, tanto espectador como Truman, han pasado por momentos de incertidumbre en los que no saben dónde están parados ni para dónde van. El espectador por solidaridad con el personaje (lo cual demuestra el buen manejo del dramatismo y del punto de vista) y Truman desconcertado y desesperado por esa extraña sensación que produce el ser víctima de un complot en el que todo y todos se han conjurado contra él, como un angustiante capítulo de Dimensión desconocida.

Forma y fondo

Todo esto en cuanto al fondo, porque la  forma no deja de ser menos acertada y virtuosa. Toda la película está armada efectiva y hábilmente, pues su narración va proporcionado los elementos en el momento y la medida justa, de manera que el espectador vaya construyendo la historia y entendiendo las cosas a su debido tiempo. Además, todo está bien dispuesto para mantener siempre en ascenso el interés, el dramatismo y la intensidad de la trama, hasta llegar a un final lleno de posibilidades, que se quedó en el punto justo, no dio ni un paso más ni un paso menos.

Claro que, como lo mencionaba antes, justamente el final es lo más convencional de The Truman Show, no tanto los acontecimientos que marcan el desenlace, sino más bien el tono en que este desenlace nos es presentado, pues con la actitud de Sylvia, la mujer de los sueños de Truman, al salir a un supuesto encuentro con él, y con la emotiva celebración de los espectadores (con aplausos y todo, como es costumbre en las películas de Hollywood), se insinúa un odioso happy end que da al traste con el planteamiento y el buen manejo que hasta ese momento se le había dado al tono de la historia. Sin embargo, éste y otros casi imperceptibles cabos sueltos, no alcanzan a atenuar las sobradas cualidades que posee esta película.


The Truman Show

D: Peter Weir. G: Andrew Niccol. I: Jim Carrey, Laura Linney, Noah Emmerich, Ed Harris, Natascha McElhone. F: Peter Biziou. E: William Anderson and Lee Smith. Medellín: Burkhard Dallwitz. P: Scott Rudin, Andrew Niccol, Edward Feldman and Adam Schroeder para Paramount Pictures. Color. Dolby Stereo. 104 min. 1998. USA.

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