Memoria, pasado y muebles viejos

Por Oswaldo Osorio

En Colombia difícilmente se podría hacer una película como ésta. No en nuestros tiempos. En un país donde la conflictiva realidad y la supervivencia material son los imperativos de la vida diaria, contar una historia sobre las preocupaciones de una familia por el futuro de sus muebles, cuadros y utensilios sería absurdo y hasta inmoral. El peso de la civilización de un país como Francia es el que fundamenta un relato y un tema tan particulares. Son siglos acumulados de conocimiento y de historia. Incluso siglos sin las preocupaciones de guerras intensivas.

Con ciertos asuntos capitales ya resueltos, empezando por la supervivencia, los franceses han tenido tiempo de ocuparse de otras cosas, como el ocio y el ornato, por ejemplo. Por eso una silla, además de servir para sentarse, también puede tener un estilo, una belleza que supera incluso su valor de uso. Adicionalmente, mucha gente tiene el tiempo y la disposición para admirarla, así como la comodidad material para pagarla. Llevan siglos acumulando sillas y placeres, pura plusvalía hedonista. No se puede generalizar tampoco, pero lo cierto es que la familia de este filme sí se ajusta a esta descripción.

La historia de esta cinta es un sereno y cotidiano relato sobre esta familia que debe tomar una decisión definitiva acerca de una colección de objetos, que aunque muy valiosos, tanto como para ser piezas de museo, fueron los que amoblaron toda la vida su casa. Por eso no sólo es una película sobre muebles viejos, sino también sobre lo que significan, sobre la carga emocional que representan. Desprenderse de ellos es resignarse a perder una parte de sus vidas. Sin embargo, por más valor sentimental que tengan, por más que representen la memoria de la familia, de esa familia feliz y armoniosa que aún vemos que se mantiene igual luego de décadas, tampoco están entregados al culto de los objetos. Hay un sentido práctico, al menos en esa segunda generación que toma la decisión de dejarlos ir.

Pero el asunto tiene un giro más dramático –en un sutil sentido de la palabra– cuando el relato llega a esa tercera generación que no conoció esos objetos. Si ver a sus padres venderlo todo remitía a un sentimiento de nostalgia, ahora ver a esos jóvenes bailando hip hop en la tradicional y ya vacía villa se vuelve una certeza la dolorosa ruptura con el pasado. Estos jóvenes son como una rama rota del árbol de la civilización, el fin de una era. Así como para el ama de llaves un exclusivo jarrón es simplemente un florero, para estos jóvenes significa menos que ese objeto de uso.

Por eso ya no es la gente, sino las instituciones, como los museos por ejemplo (no es gratuito –pero sí inusual– que el Museo D'Orsay de París haya ayudado a financiar la cinta), los encargados de salvaguardar esa memoria. Pero no es lo mismo, porque es una memoria sin personas, sin los sentimientos que acompañaron a esos objetos y que cargan su historia de sentido.

Ante tanta alevosía en el mundo parecería insustancial una película con un tema como éste y con una historia casi sin argumento, sólo unos buenos burgueses encontrándose en familia y departiendo. Pero hay algo en ella más profundo que el valor de esos objetos o el esnobismo de saber quién los hizo. Hay un asunto sobre la memoria, sobre las relaciones y rupturas de la gente con su pasado. También hay una sensibilidad para construir una atmósfera desenfadada y sutil en la que un escritorio no sólo es un mueble, sino que puede representar toda la vida y obra de un ser humano, así como la cálida historia de una familia.

Publicado el 11 de septiembre de 2009 en el periódico El Mundo de Medellín.

FICHA TÉCNICA
Título original: L'heure d'été)
Dirección: Olivier Assayas.
Guión: Clémence Schaeffer.
Producción: Marin Karmitz, Nathanaël Karmitz y Charles Gillibert.
Fotografía: Eric Gautier.
Reparto: Juliette Binoche, Charles Berling, Jérémie Renier, Edith Scob, Dominique Reymond, Valerie Bonetón, Isabelle Sadoyan, Kyle Eastwood.
Francia - 2008 - 102 min.

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