Esplendor visual y tragedia humana

Por Oswaldo Osorio Image

Muchos han querido aplicar a este filme aquello de que “no todo lo que brilla es oro”, pero mejor podría decirse que detrás del brillo del oro hay siempre un valor aún mayor. Y es que en esta película el brillo del oro, literalmente, es lo que más llena la pantalla y hace más llamativa la imagen, puesto que el lujo, esplendor y excesivo ornato del palacio imperial chino, donde se desarrolla su historia, desborda toda la puesta en escena. De ahí que el espectador, si no tiene cuidado, puede perderse con aquella magnificencia, quedar enceguecido y no ver entre tanto color y brillo esa sólida y contundente historia que Zhang Yimou nos cuenta acerca del poder y la naturaleza humana.

Zhang Yimou, quien es sin duda el más destacado director de la llamada Quinta Generación (una camada de realizadores que en los ochenta renovó el cine chino), completa su trilogía wu xia con esta película. El cine wu xia es un conocido género cinematográfico chino que es definido, en pocas palabras, como un melodrama histórico de artes marciales. Pero a diferencia de las dos primeras entregas, Héroe (2002) y La casa de las dagas voladoras (2004), cuyo énfasis está en el dinamismo y las posibilidades coreográficas y visuales de las artes marciales, en esta nueva película el director propone como base un drama shakesperiano, con todas las consabidas características: intrigas palaciegas, traición y conspiraciones, todo en función del deseo y el poder.

El conflicto central tiene como protagonistas a los dos personajes supremos de una de las culturas más ricas y poderosas de la historia, esto es, el emperador chino y su emperatriz, es decir, el poder mismo y la mujer tras el poder. En su mundo todo está medido y controlado, y a pesar de que detentan el poder supremo, éste se balancea por la fuerte presión que causan las tensiones entre los miembros de la familia real, desde el gran emperador hasta su hijo menor, en apariencia inofensivo.

Entre toda la pompa y la obligada contención emocional de estos personajes, se van dibujando lentamente los sentimientos de cada uno, sus deseos más mundanos e idealistas. El tono de melodrama, como es su función, le otorga la fuerza y claridad a estos sentimientos, mientras los lazos emocionales y de intereses se van tensando. Es un problemático proceso que se vislumbra entre la armonía y perfección de los ambientes, un proceso que en una casi permanente ceremoniosidad, con escasas explosiones emocionales, se dirige en un constante crecendo hacia un desenlace trágico y vertiginoso.

Pero si bien no hay que reducir esta película al espectáculo visual, definitivamente es algo que tampoco se puede ignorar. Es muy evidente la intención de acompañar el exceso del drama con el exceso del entorno en que éste se desarrolla. Pero más allá de los fastuosos escenarios y decorados, del vestuario de fantasía, están las personas que se comportan de acuerdo con esa carga de ornato y lujo. Desde un simple gesto al sentarse, pasando por el ritual de ingerir un medicamento, hasta el choque de dos ejércitos: todo movimiento se ajusta a la misma lógica del detalle, la ceremonia y el esplendor visual.

No es ésta una película para el gusto general, pues tiene muchas especificidades y condiciones. A los primeros que excluye son a quienes no se conectan con la lógica del cine wu xia, aquellos que no aceptan, o simplemente no les interesa, las historias en las que los hombres, por mera habilidad física, pueden volar. Aunque, paradójicamente, es una película que también excluye a quienes gustan de este género por su principal componente, es decir, las artes marciales, pues se trata de un filme en el que no predomina este aspecto. Pero si se saben apreciar todas sus claves, es decir, el melodrama shakesperiano, las artes marciales y su ostentación visual, entonces para muchos puede llegar a ser incluso una obra maestra.

Publicado el 18 de mayo de 2007 en el periódico El Mundo de Medellín.

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