De la realidad bizarra a la fantasía atemorizante

Por Oswaldo OsorioImage

Como se sabe, las obras importantes siempre tienen una posible doble lectura: la que hace el grueso del público y que es evidente (generalmente limitada al argumento) y la que hay entre líneas, la que requiere de cierto contexto, referentes y una mirada atenta. No es tanto que esta película sea una obra muy importante, pero sí en ella es posible hacer esa doble lectura: de un lado, la historia de aventura y fantasía que juguetea y especula con los relatos y la biografía de los célebres y fabuladores hermanos Grimm, y de otro lado, la película que hace parte de un universo mayor, tan fantástico y fascinante como el de los Grimm: el universo de Terry Gilliam.  

La película en principio está presentada para hacer evidente la primera lectura, incluso fue estrenada en una versión doblada que la hace más propicia para el público infantil. Pero quien conozca la obra de este director, desde sus inicios en el humor ingenioso, absurdo e irreverente de los Monty Phyton, hasta hacerse a un estilo y un universo propios en sólo siete largometrajes, entonces podrá reconocer las claves que han cruzado toda su obra y, con esto, será posible ver una película más significativa, estructurada e ingeniosa.

Aunque es cierto que el guión de Ehren Kruger en muchas partes se antoja torpe y esquemático, por lo tanto predecible, y sin que se pueda decir que Gilliam no está aquí del todo exento de culpa, también es cierto que en sus planteamiento básicos es un filme que ofrece mucho más, en especial a partir de esas claves propias del universo de Terry Gilliam. La principal de ellas, la que prácticamente ha sido la columna vertebral de todas sus historias y personajes y de la lógica de su filmografía, es la relación y confrontación entre la realidad y la fantasía.

Pero nunca se trata de cualquier realidad, ni tampoco de cualquier fantasía. La realidad del cine de Terry Gilliam casi siempre es opresiva o bizarra, o ambas cosas al mismo tiempo. Eso se puede ver más claramente en Brazil, Los 12 monos y en esta nueva película. Mientras que la fantasía, aunque por lo general funciona como antídoto contra esa realidad, también muchas veces es confusa y delirante, cuando no atemorizante. Esto lo corroboran películas como Tiempo de bandidos, El pescador de ilusiones, Las aventuras del Barón Munchausen y, por supuesto, Los hermanos Grimm, porque nada más turbador y amenazante que sus relatos, los cuales parecen menos cuentos infantiles que historias de horror con sus brujas, ogros, lobos, raptos y muertes crueles.

Otras claves del cine de Gilliam que se pueden ver en este filme son su fascinación por ciertos momentos históricos, en particular por el siglo XVIII, que le permite explotar visual y atmosféricamente el barroquismo estético; también la presencia de personajes extravagantes, que rayan con la monstruosidad (como los dos asistentes de los Grimm) o con la sicopatología (como Cavaldi, el torturador italiano); igualmente, la presencia de un estado opresor que sirve como detonante para la trama y el conflicto de los protagonistas, pero que resulta sistemáticamente parodiado y ridiculizado; y por último, aunque se pueden encontrar muchas más claves, está el amor de fondo como la gran fuerza que puede conjurar cualquier obstáculo, ya del mundo real o fantástico.

En definitiva, éste es un texto, más que para particularizar en los valores de una película, para conectarla (y de esa forma potenciar sus planteamientos) con un cuerpo mayor, el universo de su director, uno de los grandes de nuestro tiempo. No importa que esta vez haya hecho una obra, aunque entretenida, cargada de fuerza visual y en muchos sentidos ingeniosa, definitivamente menor en relación con todos sus anteriores filmes.

Publicado el 20 de enero de 2006 en el periódico El Mundo de Medellín.

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