Asuntos pendientes antes de morir

Por Oswaldo Osorio Image

Desde el título este filme sugiere una muerte anunciada como tantas se han visto en el cine, pero como todas las historias ya han sido contadas, incluso coincidiendo casi en los mismos elementos, lo que importa al final es dónde pone el acento el director y, en este caso, cómo se trata este tema tan delicado emocionalmente sin que abuse del espectador con sensiblería y golpes de efecto emocionales.

El primer anuncio de que ésta no es otra lloricona película de desahuciados, es la lista que Ann escribe de las cosas que hará antes de morir. Se trata de diez mandamientos de toda naturaleza, entre nimios y solemnes, reflexivos e inconsecuentes, que no son otra cosa que una manera de sistematizar la agonía, de construir un soporte para no derrumbarse, porque tiene, paradójicamente, que pensar en su vida, que no se reduce a ella sola, sino que su vida, esencialmente, es su joven familia.

Esas contradicciones de sus propósitos a corto plazo contribuyen a construir mejor al personaje y dan indicios de lo que significa este drama para ella. Además, es consecuente con la dura y poco confortable vida que en suerte le ha tocado, una vida llena de penurias, rodeada de amargura (por la madre) y desamparo (por el padre), pero al mismo tiempo felizmente sostenida por su pequeña familia que le da luz y calor.

Sin embargo, no todo encaja muy bien en esta historia y su protagonista, sobre todo esa relación que comienza paralela a su feliz matrimonio. Por la situación del personaje y la relación con su familia, este aspecto se antoja inconsistente y forzado, pues además de no ser consecuente con los planteamientos de la historia, tampoco aporta mucho al personaje y al drama que está viviendo.

Pero en esencia, esta película es sobre la manera como una joven mujer encara la muerte en relación con lo que ha vivido, que ha sido poco y con muchas frustraciones, y lo que tiene para perder, que es esa frágil familia, compuesta por un esposo amoroso y semidesempleado y dos niñas menores de cinco años. En este sentido, Ann asume una posición en la que rehuye a convertirse en mártir o a desmoronarse de la pena. Su actitud incluso llega a ser un poco soberbia, pero también llena de una bondad y de un altruismo que no caen tampoco en los esquemas de las heroínas de melodrama.

Detrás del buen criterio para abordar esta historia (que está basada en un relato de Nanci Kincaid) está la directora española Isabel Coixet, quien lleva alrededor de una década en Estados Unidos haciendo cine (fuera de Hollywood). De su corta carrera (ésta es su cuarta película) se destaca Cosas que nunca te dije (1996), un entrañable y conmovedor filme donde está la esencia de su cine: el amor en relación con la muerte, las tribulaciones emocionales y un tratamiento sutil pero contundente de los sentimientos.

La vida sin mí, además, propone un relato sin ataduras a las convenciones que se decanta por una cadencia serena y reflexiva. Así mismo, su cámara (operada por la misma directora) le apuesta al registro espontáneo, un registro que no por eso deja de estar atento, además de a las acciones, a los detalles, y es por eso que constantemente se “encuentra” imágenes entre hermosas y sugerentes que alternan con otras desprendidas de todo acicalamiento y artificio.

Por todo esto, es una película que deja un buen sabor, sobre todo por el tono que elige el relato para hablarnos de este personaje y sus circunstancias, un tono intimista y reflexivo, sin caer en la autocomplacencia que fácilmente podría surgir de este tema, un tono de modesta fábula realista, incluso de cotidiana poesía, que evidencia el talento y la sensibilidad de su directora.

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