Un Jacques Costeau chapucero

Por Oswaldo Osorio Image

A partir de una concepción muy diferente de la comedia y con un grupo de personajes originales y pintorescos, el director Wes Anderson de nuevo consigue crear una historia atípica y desconcertante por ese universo que recrea y la lógica que lo rige, una lógica que se resiste a las convenciones argumentales, dramáticas y cómicas. Por eso es un filme difícil de clasificar y de discernir de inmediato las razones que lo hacen tan atractivo.

Estas mismas características se habían visto en los dos anteriores filmes de Anderson, Rushmore y Los excéntricos Tenembaum. Y es que sin duda estamos ante un director con un estilo y un universo muy definidos, que es el  principal signo que diferencia a los autores cinematográficos de los directores que hacen películas. Además, es uno de los pocos realizadores jóvenes que ha podido conseguir esto al interior del dominante sistema de Hollywood.

Esta historia sobre un grupo de documentalistas marinos que se embarcan en lo que parece ser su última aventura, a lo largo del relato da la impresión de no llevar a ninguna parte y, efectivamente, su argumento es más bien poco lo que dice, porque el interés de Anderson está en hacer un paródico retrato de este disfuncional grupo, y en especial de su director, el capitán Steve Zissou, interpretado por un magnífico Bill Murray, cuya escéptica personalidad y contrariada expresión siempre han sido ideales para los personajes que Wes Anderson le ha asignado.  

Por eso la película también es el retrato de un hombre que se está convirtiendo en un perdedor, un ser lleno de melancolía y cinismo que, sin embargo, ha podido hacerse a un nombre en el mundo del documental y ha sabido dirigir su inepto y fiel equipo. A partir de la relación entre Zissou con sus colaboradores es que se plantean y desarrollan los distintos temas que pone en juego el relato, que además son recurrentes en la obra de este director: el concepto de familia como ese lugar que incomoda pero que es lo mejor con lo que se puede contar; la amistad exaltada y comprometida; las crisis emocionales, ya por cuestiones amorosas o vocacionales; y la entrega a un oficio, aunque sea con más pasión que talento.

Pero además de ese desarrollo argumental poco convencional, lo que más llama la atención y que parece la principal marca de fábrica de los filmes de Wes Anderson, es el singular tono de comedia que adoptan sus relatos. No se trata de comedias creadas a partir de los tradicionales recursos, como chistes, gags o situaciones premeditadamente graciosas. De hecho, sus personajes no son de ninguna manera cómicos, al contrario, siempre están sumidos en un profundo drama, pero es el desparpajo y el cinismo con que afrontan estos dramas lo que a la larga resulta divertido.

No importa lo absurdo o dramática de una situación, porque siempre será asumida por sus personajes con toda naturalidad, como cuando a Keaton o Chaplin se metían en problemas. Lo mismo vemos en Bill Murray, sólo que su actitud impertérrita ante tales situaciones, tiene una carga adicional de cinismo, irreverencia y disimulada mediocridad.

Esta singular concepción del humor y de sus personajes también se ve en ese universo absurdo, un poco dislocado y a veces surreal que propone este director y guionista. Esa suerte de Jacques Costeau chapucero habita un mundo poblado de insólitas criaturas (animadas por Henry Selick) que vemos al ritmo de la música de David Bowie cantada en portugués (!). Este singular universo y su pasmosa lógica es con lo que el espectador debe conectar bien para poder disfrutar el filme, porque sería fácil malinterpretarlo, porque no se trata de una comedia “cómica”, más bien es un drama que, por lo absurdo y paródico, produce un humor elaborado y sofisticado, no ese que hace desternillar de la risa, sino aquél que estimula la inteligencia.

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