Una vida sin instrucciones para armar

Por Oswaldo Osorio Image

Muchos quieren abrazar la vida y no lo consiguen por más que lo intentan. Esta película está protagonizada por alguien así, y en su viaje en busca de ese objetivo, de abrazar la vida y que ésta le devuelva el abrazo, nos conduce a una extraña-trivial realidad cruzada por la frustración, la desorientación existencial y el sinsentido en que vive mucha gente que cree ser feliz.

Contrariamente a lo que estos temas tan graves y deprimentes sugieren, su director y guionista, el joven debutante Zach Braff (que también la protagoniza), propone una comedia, aunque se trata de una comedia cuya base es el drama y la patética vida de los personajes que rodean al atribulado protagonista. Se trata, pues, de una comedia negra, pero no de las que desata carcajadas, sino una comedia sutil e inteligente que hace desplegar una sonrisa cómplice cuando se captan sus ironías en medio de esa lógica de desdeñar la agobiante vida y al tiempo implorarle compasión.

Se sabe que en momentos de crisis, cuando urgen las soluciones, un lugar idóneo para buscarlas es el origen mismo de los problemas, recurrir a las raíces. Aunque este hombre regresa a esas raíces, a su pueblo natal después de diez años, no por gusto propio, sino porque su madre ha muerto Esta tragedia se suma al caos de su vida, a la desesperación ante un mundo que le pasa indolente de lado y él soporta como anestesiado, no sólo por los medicamentos que su padre siquiatra le prescribió desde joven, sino anestesiado también por esa misma indolencia del mundo, por la soledad, por la insatisfacción y porque la vida vino imperfecta, desarmada y sin instrucciones.

El principal recurso que la película utiliza para plantear esta idea de insatisfacción constante, de sinsentido existencial y desganada búsqueda de algo que puede no existir, es sus personajes un poco bizarros y la relación y visión que tienen del mundo: un actor con escaso éxito que toma litio desde que recuerda, una joven epiléptica que ejecuta pequeños actos tontos para ser única en el universo y un sepulturero que roba a los cadáveres y cuya madre se droga y es amante de uno de sus amigos.

A simple vista pueden parecer demasiado forzados, pero funcionan perfectamente para el tono de comedia negra y agridulce que tiene el relato. Además, su vida y el mundo en que se mueven son todo lo contrario: triviales, soporíferos y sin brillo alguno. De ese contraste entre personajes bizarros y su vida frustrante, es que surge la fuerza del filme, tanto la cómica como la reflexiva. Causan risa ellos y su vida, pero también hace pensar sobre el sentido de la vida en general, y en especial la de una generación en la que todo es asumido con la misma casual indiferencia: la muerte, las drogas, el sexo y la frustración.

Claro que hay algo que siempre puede salvar, que puede ser la respuesta y que le da el sentido a todo: el amor. Y cuando éste se vislumbra en el horizonte de estos personajes, la película empieza a convertirse poco a poco en comedia romántica, que se hace menos  interesante a medida que se acerca al beso final. Este nuevo rumbo de la historia puede obedecer a razones comerciales o a ese reducto de esperanza que siempre está presente en la historia.

A pesar de su final, que abandona el humor irónico y la mirada reflexiva de un mundo sobrevalorado por los optimistas, se trata de un filme que consigue ser original, inteligente en el tratamiento de sus planteamientos y creativo en el uso de los recursos del cine: en la mirada de la cámara, la música, los diálogos y en la composición de imágenes, a veces paródicas, que dan cuenta del humor, y otras veces como hermosos pesimismos, que evidencian su lucidez y sentido crítico.

FICHA TÉCNICA

Garden State
2004 - USA - 112 min. - Feature, Color
Guión y dirección: Zach Braff 
Fotografía: Lawrence Sher 
Música: Chad Fisher 
Reparto: Zach Braff, Natalie Portman, Peter Sarsgaard, Ian Holm .

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