Un thriller blanco y resplandeciente

Por Oswaldo Osorio Image

Todos los thrillers son oscuros, llenos de sombras y atmósfera enrarecida, pero éste es todo blanco, como un comercial de detergentes. Blanco en la concepción de sus imágenes, de sus personajes y su historia misma. Por eso es un thriller diferente en muchos sentidos, sin dejar de ser un thriller, y eso es justamente lo que lo hace interesante y atractivo.

Esta película tiene todos los requisitos necesarios de un thriller convencional: intriga, suspenso, tensión, un victimario, unas víctimas y un crimen de por medio. Pero lo que cambia aquí es la naturaleza de cada uno de esos elementos y la forma como se presentan a lo largo de la trama, pues estamos ante un singular tipo de sicópata (aunque, como se verá, no es exacto llamarlo así) que impone otro ritmo y otra respiración, a una narración que, como es propio de este género, sostiene la tensión, juega con la atención del espectador y con su instinto de anticipación, proporcionándole falsas pistas, subrayando con la música, reteniendo información o dibujando un falso perfil de sus personajes.

De la bondad deviene el “mal”

La película no empieza rauda e inquietante como suele suceder, sino que se toma su tiempo mostrándonos la rutina peligrosamente inofensiva de Sy, el hombre que revela fotografías en un centro comercial, interpretado por un Robin Williams que se ha dado cuenta de que ya está en edad de cambiar de registro, porque en adelante le se será más fácil encontrar trabajo en roles de carácter y antes que en la comedia.

Así que el relato va dando puntadas acerca de este hombre que es todo sosiego y bondad, pero también un ser al borde del desequilibrio, a punto de explotar. El móvil aparentemente es muy claro: Sy está solo, quiere una familia y se ha obsesionado con una familia ideal.

Entonces la película va dirigiendo la tensión y el suspenso con los recursos tradicionales, aunque sin ser demasiado obvio, para que el espectador piense lo peor, para que se anticipe al desenlace natural de todo thriller, que ha sido anunciado por la escena inicial en que muestran a Sy interrogado por la policía. Así que esta anticipación del final, que normalmente es un inoficioso tic narrativo en muchas películas, en ésta cumple a cabalidad su función, que es adelantarnos que el personaje en apariencia inofensivo que veremos, ha cometido un terrible crimen.

Pero no es un thriller  convencional. Aquí el “mal” y el “desequilibrio” devienen es de su contrario: de la bondad y las buenas intenciones, así que el desenlace, la naturaleza del personaje central y todo el sentido de la historia adquieren otro significado, casi revelador. Aunque  también es cierto que el guionista torpemente creyó necesario subrayar la motivación del personaje con el cliché de los traumas de infancia, haciendo trastabillar la solidez y originalidad de la historia ya casi en el final.

El objetivo básico de todo thriller es engañar al espectador, manejar sus emociones  en relación con la historia y sorprenderlo cuantas veces sea posible. Casi todos parten del planteamiento de “aquí no pasa nada” cuando, de repente, pasa. En esta película, en cambio, nos dicen “aquí pasó algo terrible o al menos va a pasar”, pero en definitiva no pasa. Esto, sumado a esa concepción visual, con toda su blancura e imágenes radiantes, que también contradice lo que dictan las leyes del thriller, es lo que hace de esta película una propuesta diferente y por ello interesante. Porque justamente ahí radica la virtud de una buena película de género: que tenga en cuenta los elementos y reglas que lo constituyen, pero que los utilice con ingenio y originalidad.

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