Marginalidad social y existencial

Por Oswaldo Osorio Image

Nuevamente el joven director español Fernando León de Aranoa nos sorprende con una obra sencilla y contundente que habla de los problemas de la España actual pero, sobre todo, de cierto tipo de personas que la habitan y la padecen. Por eso esta película, aunque en principio parece cine social (que también lo es), en esencia se trata de una historia tremendamente humana e intimista que nos habla de unos personajes concretos y su posición ante una situación crítica de la vida.

Esta situación es la de un grupo de hombres de edad madura que se encuentran desempleados a causa del cierre del astillero donde trabajaban. Están encallados en un bar y deambulando por la ciudad todos los días renegando de su fortuna y cada uno afrontando las consecuencias personales de su situación: la indignación de Santa con el sistema, los problemas matrimoniales de José, la amenaza de la vejez de Lino o la soledad suicida de amador.

Cada uno de estos dramas particulares son planteados por el director de forma sutil con los diálogos, con esos tiempos muertos que viven estos personajes y con su rutina de hacer nada.  El tema social está siempre de fondo pero el drama íntimo es el que se encuentra permanentemente en primer plano, el que le imprime fuerza a la historia, el que conmueve y potencia el problema social.

Ya en “Barrio” (2000) León de Aranoa había hecho algo similar planteando una mirada a la marginalidad social y existencial de tres jóvenes. En este filme esa doble marginalidad también está presente, la social con la situación del desempleo que, aunque no lo creamos, también es un grave problema del llamado primer mundo; y la existencial con este grupo de hombres que no cuentan para la sociedad y en muchos casos ni para sus familias: no tienen dinero, ni cómo ver un partido de fútbol completo y muchas veces ni siquiera saben en que día de la semana están.

Sin embargo, aunque se trata de una historia tremendamente conmovedora y unos personajes que pasan por un drama que raya con lo angustiante, el relato está provisto de un tono desenfadado y a veces jocoso, casi juguetón. Esto la hace una historia más próxima, más efectiva al momento de transmitirle unas emociones y unos sentimientos al espectador, porque estos personajes que hablan trivialidades, que hacen chistes y hasta se ríen de ellos mismos, nos resultan más cercanos que esos dramas o tragedias atroces que vemos muchas veces en el cine y que por nuestra buena salud mental siempre concebimos como ajenos o abstracta ficción.

Justamente la contundencia de la que hablaba al principio tiene que ver con esa cercanía de los personajes y la situaciones, con ese realismo con que recrea su historia el director y la sencillez de una puesta en escena que descansa en las virtudes de un reparto de actores que además de convencer nos alcanzan a tocar. Empezando por Javier Barden, quien resulta al mismo tiempo hilarante, reflexivo, desagradable y encantador. Tal vez el personaje más planificado (y esto no es del todo un acierto) del filme, pero sin duda es la interpretación con mayor entrega y convicción.

Tenemos pues ante nosotros una pequeña obra maestra, modesta pero categórica, un ejemplo de buen cine que no tiene que recurrir a historias o guiones muy elaborados, ni a grandes presupuestos ni valores de producción para crear una película honesta y atractiva, para lograr una cercanía con el público y comunicarle unas ideas y darle a conocer una realidad, pero sobre todo, para devolvernos la fe en el buen cine.

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