El amor atado a la entrega total

Por Oswaldo Osorio Image

Las historias más recurrentes en el cine son las de amor. Cada amor es diferente y cada director la cuenta de forma distinta, por eso nunca nos cansamos de verlas, y también porque es el tema eterno. Aún así, sabemos qué esperar de un romance en una película de Truffaut, por ejemplo, o de una comedia romántica de Hollywood. Pero una historia de amor en Japón y contada por el insólito y radical Takeshi Kitano, es una experiencia tan inédita como turbadora, más aún si no se trata de una sino de tres historias de amor.

Muñecas (2002) entrelaza tres trágicas y emotivas historias de amor, apelando a una estructura narrativa que va alternando los tres relatos sin que tengan nada qué ver entre sí, y además recurriendo a un montaje no lineal como en sus anteriores películas, un montaje que permite que, en medio de lo que nos están contando, aparezcan imágenes del pasado o el futuro que comentan y refuerzan lo que en ese momento estamos viendo. Es un recurso que para el espectador desprevenido puede parecer confuso, pero ya es una marca de fábrica del estilo Kitano.

Los vagabundos atados, la mujer que espera a su novio y el fanático que idolatra a una estrella pop. Todos están cruzados, más que por el amor convencional o por el amor romántico, por un amor condicionado por la fatalidad y afrontado con una entrega radical que no conoce límites, hasta llegar al extremo de asumir comportamientos enfermizos y  anómalos, al punto incluso de la autodestrucción.

Pero esa mezcla de amor, fatalidad y autodestrucción, ante la mirada de Kitano toma visos de trágica poesía, de sublime dolor y profunda emoción. Un hombre se ata a su novia que, literalmente, ha perdido la razón por él, y lo hace porque decide renunciar a todo por ella. No se trata de culpa, se trata de entrega y sacrificio, se trata de una silenciosa y honda clase de amor fou.

Igual ocurre con la mujer que durante décadas cada sábado va a un parque a llevarle almuerzo a su novio de juventud, quien prometió volver algún día. La mujer se aferra a esa promesa y se entrega a ella, no importa cuánto haya qué esperar. No hay que detenerse tanto ese gesto desquiciado y lastimero, porque lo que la película recalca es la naturaleza de un amor verdadero, un amor que fue el más importante en la vida de un hombre y una mujer, independientemente de cuánto tiempo se haya tomado el uno o el otro en darse cuenta de ello.

De otro lado, es cierto que un fanático de una gran estrella puede ser la persona emocionalmente más patética que pueda haber, pero en este caso, nuevamente Kitano pone el énfasis en un aspecto diferente, que no es tanto ese absurdo culto a la imagen y personalidad de un extraño por parte de alguien, sino lo que haga en virtud de ese sentimiento de amor y devoción que siente hacia su ídolo. Es decir, lo que importa no es por quién se siente qué, sino qué se siente y cómo se vive esa emoción y lo que se puede hacer en virtud de ella.

Así pues, no se está hablando aquí de historias de amor tipo “chico encuentra chica”, sino del sentimiento tan grande y profundo que puede ser el amor y todo lo que es posible entregar por él, no importa lo adversas que sean sus circunstancias. Incluso es esa adversidad, por contraste y por los extremos a los que lo lleva,  la que hace más grande ese amor, más sublime, más intenso y turbador.

Además, ese carácter sublime está también en las imágenes concebidas por Kitano. Esa pareja atada cruzando ciudades y campos durante las cuatro estaciones, con la mirada perdida y sólo hablando en sus recuerdos, es una de las imágenes más hermosas y conmovedoras que historia de amor haya visto alguna vez. Además porque es una película que, como casi toda la obra de Kitano, debe su fuerza y belleza a la conjunción de contrarios, en este caso el amor y la tristeza, la violencia y el sentimentalismo, la entrega total de los amantes y la fatalidad con que el destino los maneja.

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