Retrato de un genio senil

Por Oswaldo Osorio Image

Muchas obras valiosas, especialmente en el cine, son el resultado de una reunión de talentos, vivos o muertos y con mayor o menor grado de genialidad. En esta película encontramos, al  menos, cuatro talentos visibles: el director español Carlos Saura, el actor Francisco “paco” Rabal, el director de fotografía Vittorio Storaro y el pintor Francisco José de Goya.

En muchas de sus treinta películas Saura está lejos de ser un genio, pero en ésta supo combinar su historia, la vida y obra de Goya vistas desde sus últimos años de vida, con las posibilidades visuales y estéticas del tema, así como con una originalidad narrativa que ha sido producto de una búsqueda constante, aunque no siempre fructífera.

La voz que nos habla en este filme no es la del artista más influyente de la pintura moderna, sino la de un viejo en el exilio, sordo, nostálgico y solitario. Una biografía convencional y lineal habría sido demasiado simple y vulgar para Saura, incluso para Goya; tal vez por eso  optó por la fragmentación propia de la memoria selectiva y febril de un genio senil. El resultado fue un retrato de celuloide, incompleto cronológicamente, pero más complejo e intenso, más  visceral, como fue la vida del pintor en esos últimos  años.

La mirada de Saura va y viene del artista al hombre, y del joven impetuoso y apasionado retratista de la corte, al viejo pintor de figuras oscuras y macabras, delirantes y alegóricas, figuras que reflejaban su estado de ánimo, que es el mismo de la película y lo que la hace más vigorosa y atractiva.

En esta relación entre la pintura de Goya y el tono y atmósfera logrado por el filme, la fotografía de Storaro es definitiva. Sus conocidas imágenes de un cálido saturado y preciosista encuentran en Saura y Goya sus cómplices ideales. Tanto director como fotógrafo juegan con el concepto de arte pictórico, por eso la composición de la imagen, la luz y los colores son como pinturas, pero sin dejar de ser cine.

Paco Rabal, si no el mejor, al menos el más conocido actor español de todos los tiempos, nuevamente encarna a Goya (ya lo había hecho en 1970). Pero esta vez su interpretación  parece un doble retrato, la del pintor y la del actor, ambos unidos por el contraste entre el deterioro físico de la vejez y su genio de artista, no sólo intacto sino más agudo. Su muerte reciente hace todavía más valiosa esta película, verla es homenajearlo, a él, a Storaro, a Saura y a Goya, todos ellos hombres de talento.

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