Los días del gran miedo

Por Oswaldo Osorio Image

Este filme nos cuenta lo cerca que estuvimos de la tercera guerra mundial hace cuarenta años. El título hace alusión al tiempo que duró la “crisis de los misiles” entre la Unión Soviética y Estados Unidos en 1962 y su trama no es otra cosa que las batallas diplomáticas y las decisiones políticas del gobierno del presidente Kennedy durante la crisis, todo desde el punto de vista de su asesor político. Aunque se trata de una historia enclaustrada en oficinas y construida casi en su totalidad por diálogos vertiginosos y cargados de información, sorprende cómo su director supo mantener la tensión dramática y la fluidez narrativa a partir de una precisa puesta en escena y el hábil ritmo en el montaje.

La clave de que una historia con tan complejos elementos mantenga siempre el interés, en buena medida radica en que su tratamiento no se limita a la anécdota histórica del emplazamiento de armas nucleares en Cuba y sus graves implicaciones durante la guerra fría, sino que entre sus enmarañados diálogos elabora también un discurso sobre dos temas capitales: la política y los riesgos de una guerra nuclear.

En relación con la política, Donaldson y su guionista, David Self, lo que hicieron fue trabajar en la idea de los manejos y reglas de juego del poder: sus riesgos, limitaciones, implicaciones y, en general, ilustrar con su relato en lo que consiste esencialmente la política, esto es, el inseparable y, a la vez, contradictorio ejercicio del consenso y la lucha. Por otra parte, la mirada y el tratamiento que hacen de aquel episodio, conducen hacia un discurso pacifista que es enfático en lo fácil que se puede iniciar una guerra y lo irreparable de sus consecuencias, sobre todo si se trata de una confrontación nuclear.

Aunque los tiempos han cambiado, y Kevin Costner pudo ir a Cuba a mostrarle su película a Fidel Castro, pero fue a mostrarle la versión que los norteamericanos tienen de los hechos, en la que Castro es sólo un nombre, Krushev un ogro al otro lado del mundo y en la que se perpetua el mito de los Kennedy. De todas formas es una versión muy valiosa, muy respetable, sobre todo desde el punto de vista cinematográfico, pues resulta una película inteligente y bien hecha, que se propuso abordar un acontecimiento complejo y unos temas graves, y lo hizo con la intensidad de un filme policíaco o de suspenso y con la seriedad y rigor de un documental dramatizado.

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