El silencioso camino a la fatalidad

Por Oswaldo Osorio Image

Alguien dijo que el mundo no se iba a acabar con un estallido sino con un sollozo. Esta película es como el abatido silencio antes de ese sollozo. Pero, como sucede con todas las películas de los hermanos Coen, nada en ella es lo que en principio aparenta. Así que no se trata de un angustiante drama sobre la atribulada vida de un pobre hombre. Hay un poco de eso, pero también es un sofisticado thriller, una elegante comedia negra y un ejercicio estilístico elaborado con ingenio y precisión.

Ethan y Joel Coen son la pareja de realizadores más respetada del cine independiente norteamericano. Aunque el uno firme siempre como director y el otro como productor, la verdad es que no se puede distinguir muy bien hasta dónde llega o termina la responsabilidad de cada uno en todo el proceso de realización de un filme. El caso es que se trata de una de las mancuernas creativas más originales y talentosas del cine mundial de las últimas dos décadas.

Con películas como De paseo a la muerte, Barton Fink o Fargo, los Coen le han dado forma a un cine que ha sido siempre vistoso y efectista, con imágenes concebidas con gran imaginación y pericia técnica y con la estructura de sus relatos e historias planeada cerebralmente. Por esta inventiva visual y la estilización de sus películas han sido acusados de privilegiar la forma del fondo, pero en realidad lo que ellos hacen es utilizar el cine y sus recursos para crear y no sólo como un medio para contar historias. Por eso es que nunca se rigen por las formulas y esquemas de la industria ni se limitan a los estrechos límites de los géneros cinematográficos.

El hombre congelado

Los protagonistas del cine de los Coen generalmente son hombres ordinarios a quienes les suceden cosas extraordinarias. Pero nuevamente somos engañados por las apariencias y vemos que hay algo distinto en esa actitud de hombre común de todos ellos. El protagonista de El hombre que nunca estuvo es un hombre tan ordinario y común que es casi invisible para el resto de las personas, incluida su propia esposa. Pero detrás de esa conducta de hombre callado, apacible y despojado de toda pasión, hay un “entusiasta”. Sólo que por su falta de práctica en eso de participar del mundo y de la vida, no toma las decisiones correctas y es cuando le empiezan a ocurrir cosas extraordinarias.

Aparentemente (otra vez) se trata de uno de esos antihéroes grises y conscientes de su actitud existencialista, como el de La Nausea de Camus o de El hombre congelado de Bukowski, pero los Coen, en su insistencia por burlar los géneros y estereotipos, lo despojan de toda esa trascendentalidad y equiparan sus tribulaciones y fatalidad con un juego de cartas que simplemente no se ha jugado bien.

A partir de un guión planeado con cerebral precisión, en el que importa más causar admiración por su perfección que emoción por lo que cuenta, el relato va enredando a este personaje silencioso y apocado en un thriller de chantajes, traición y asesinatos, todo cubierto por una atmósfera propia el mejor cine negro que es acentuada por un sugestivo y virtuoso empleo del blanco y  negro.

Abogados, ovnis y Lolitas

Entonces tenemos un personaje aparentemente trágico y existencialista envuelto en lo que parece ser un thriller cargado de violencia, intriga y suspenso. Pero nuevamente los Coen se van a contracorriente y acompañan estos elementos con ingeniosas paradojas, mucho cinismo y un sutil humor negro que desconcierta a cualquier espectador que quiera etiquetar con el nombre de un género, un tema o una tendencia la película que está viendo.

Para ajustar, aparece un abogado escupiendo como fuego peroratas legalistas y teorías cintifistas, más tarde se ven pasar platillos voladores y una Lolita pianista que nos desahucia de la existencia de la inocencia. Pareciera una película de principiantes que quieren incorporar los elementos más diversos y disímiles a una historia, pero los principiantes somos los espectadores, que hemos visto muy pocas películas como ésta, porque en lo que respecta a los hermanos Coen, nada en su relato sobra, tampoco falta nada. Todo está dispuesto y encajado de forma tal que no podemos explicar cómo lo hicieron, ni tenemos tiempo de descifrar cómo llegamos a los ovnis cuando empezamos con peluqueros y tampoco nos podemos sobreponer a un inesperado giro argumental cuando ya estamos presenciando otro. El caso es que arte y artificio se confunden en esta gran película, que no termina con los créditos sino que nos sigue dando vueltas tratando de entender, no qué fue lo que pasó, sino cómo hicieron que pasara.

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