El arte como liberación

Oswaldo Osorio

Jodorowsky es un director de cine de culto que lo que menos ha hecho en su vida creativa es cine. Dramaturgo, artista, poeta, autor de cómics, místico y hasta fundador de una especie de filosofía o técnica de curación a la que llamó psicomagia. Pero solo ha realizado ocho largometrajes, casi todos ellos dueños de un ímpetu delirante y surreal, cargados de imágenes potentes y sugerentes que tocan temas trascendentales de la espiritualidad y la existencia.

Poesía sin fin (2016) es la segunda parte de La danza de la realidad (2013), un díptico autobiográfico realizado veintitrés años después de no haber rodado ninguna película. Ambos filmes tienen las mismas características estéticas y narrativas, solo que el primero se ocupa de la infancia y la tiránica relación con el padre, mientras el segundo desarrolla todo el periodo cuando el joven Alejandro se libera del yugo familiar y abraza las musas del arte y la poesía.

Empieza escribiendo a escondidas en su cuarto, luego se une a una comuna de artistas, a una mujer que lo inspira y a un cómplice de transgresiones creativas, hasta que Chile (y América Latina) le quedan pequeños y se va Francia. En medio de esto, somos testigos de múltiples estados de ánimo, que van de la dubitación a la epifanía, de la angustia a la euforia, todos ellos después capitalizados por el frenesí creativo, proporcionando así un explícito manual sobre los resortes y recursos que mueven y utiliza un artista.

Y lo de explícito es en este relato un término clave, porque, a diferencia de sus viejas películas, en ésta poco espacio hay para la imaginación, lo ambiguo o lo sugerente; al contrario, todo se dice y se explica, incluso por el mismo Jodorowsky, quien eventualmente aparece como relator y comentador frente a la cámara. Así mismo, los diálogos, en especial los del joven Alejandro, se exceden en descripción y didactismo, por lo que casi toda emoción y sentimiento está acompañado de su pie de foto que lo define y lo describe.

Esto no necesariamente es un problema, solo para quien así lo considere, pues también se puede ver como una constante declaración de principios y una  reflexión frente a la vida y al acto creativo. Es decir, se trata de una permanente racionalización de estos aspectos, porque lo estimulante y sugerente como experiencia estética está en la puesta en escena, la cual tiene un marcado énfasis teatral (algo con lo que también muchos espectadores tendrán que lidiar, o incluso repudiarán). Los escenarios, decorados, vestuario, maquillaje, la luz y las interpretaciones de cuño performático, se toman la expresividad de este filme, y lo hacen de manera exacerbada, evocando una belleza manierista y la búsqueda de la poesía por vía de las metáforas visuales y las acciones.

Y no es que haya que hacerle concesiones a esta película por ser de un autor de culto, a quien a sus casi noventa años se le deben perdonar sus delirios, sino que lo ideal es identificar los códigos que propone para hablar de lo que siempre tan reveladora y lúcidamente ha hablado, pero de lo que todavía parece que tiene mucho nuevo que decir. Identificados estos códigos (su discurso explícito y su teatralidad, principalmente), es posible apreciar lo estimulantes y contundentes que son estos últimos capítulos de una obra única en el cine mundial.   

Publicado el 29 de octubre de 2018 en el periódico El Colombiano de Medellín.

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