La política contra el arte

Oswaldo Osorio

En la relación entre el arte y la política siempre se ha dado la polémica en la que se cruzan, al menos, dos visiones: la que dice que todo arte es político, aun sin proponérselo; y la que clama por una independencia con cualquier posición de compromiso ideológico, la cual se puede ver sobre todo cuando se trata del arte formalista o de la opción de hacer el arte por el arte, la cual usualmente es criticada por evasiva, intelectual y hasta burguesa.

Nadie mejor que el reconocido cineasta polaco Andrzej Wajda para hablar de este tema y del personaje que escogió para ilustrarlo. Además, esta película terminó siendo su testamento cinematográfico, después de casi setenta años haciendo películas, pues murió luego de su estreno a los noventa años. Y es que al director de Cenizas y diamantes (1958), Danton (1983) y Walesa (2013), le tocó toda la opresión del régimen socialista impuesto por los soviéticos en su país, y luego, fue protagonista de los cambios impulsados por el partido Solidaridad de Lech Walesa.

El personaje en cuestión es Wladyslaw Strzeminski, uno de los más importantes pintores de vanguardia de la primera mitad del siglo XX de su país. Un artista cuyas obras e ideas se decantaban por un arte más conceptual que realista, por lo que chocaron contra ese nuevo régimen, impuesto luego de la Segunda Guerra Mundial, que exigía un compromiso con la realidad y el espíritu socialista, y que veía aquel tipo de arte como decadente y desconectado de las necesidades de la colectividad.

Esta es una de esas películas que parecen tener más sentido en su contexto histórico e ideológico que en el drama individual de su protagonista. Y esto ocurre a pesar de que prácticamente en todas las escenas del relato está presente el artista. Aun así, ya sea por una decisión dramatúrgica o por una fidelidad con el carácter de este hombre, su estoicismo ante esa colección de imposiciones y pequeñas tragedias que debió soportar no daba lugar a que el relato tuviera una dinámica de grandes giros ni picos dramáticos.

La consecuencia de esto es que todo el relato mantiene un curso y tono constantes, lo cual resulta casi monótono en términos narrativos y dramáticos. Es por eso que la película hay que asumirla desde esa perspectiva histórica e ideológica, que es donde está su mayor valor, pues ilustra con claridad y contundencia ese contexto de la transición de Polonia al socialismo casi de ocupación impuesto por los soviéticos, así como desarrolla el debate planteado al inicio de este texto, en el cual Wladyslaw Strzeminski pasará la historia como un referente de resistencia e integridad.

Entonces con él se da la paradoja del artista que asumió como posición política que la política no debía ser impuesta en el arte. Y más que reclamar con su actitud alguna suerte de asepsia ideológica como principio del arte, lo que defendía era la libertad y autodeterminación creativa. De manera que esta película es la reivindicación de un hombre y la defensa de una clara premisa frente a lo que debe y no debe ser el arte, así como el último aliento de cine de uno de los directores más reconocidos y prolíficos de la historia.    

Publicado el 11 de junio de 2018 en el periódico El Colombiano de Medellín.

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