Las preguntas sin respuestas

Por Oswaldo Osorio Image

Cada generación ha tenido sus preocupaciones, sus ideales y su filosofía general para armar el rompecabezas de la vida. De acuerdo al tiempo que en suerte les ha tocado vivir, las ha habido combativas, idealistas, conservadoras, libertarias y, en fin, hasta anárquicas, pero siempre con una convicción por delante. Pero la última década del siglo XX vio perfilarse una generación sin convicción alguna, sin ideales ni filosofía de vida. Su falta de compromiso e identidad con su época y el mundo que la rodeaba le valió un apelativo que no sólo la designa sino que la define: generación X. Se trata de un rótulo más, arbitrario para aludir a muchos de los jóvenes de esa época, incluso de ciertas clases sociales y países, pero en general es una categorización que obedece a una realidad, eso sí, una realidad que coincide más con los parámetros de Hollywood y Mtv.

La dura Realidad (Reality bites, 1995), del joven director norteamericano Ben Stiller, es un intento de hacer el retrato de un grupo de jóvenes representativos de esta generación, de hacer legible ese “espíritu” que los mueve, o mejor, que no los deja mover. En este filme podemos ver ese escepticismo pasivo y a veces angustioso con que estos jóvenes se enfrentan a la vida, a los adultos, al futuro. Tienen muchas preguntas que sólo pueden contestar con un desconcertante “yo no sé” y no le dan importancia al dinero, pero son conscientes de su necesidad y su valor, porque es una generación que se sitúa en medio de esos desprendidos jóvenes (sus padres, tal vez) que fundaban comunas en los sesenta y el “yupi” de dos décadas después que moría y mataba por hacer dinero.

La propuesta argumental y narrativa de Stiller es consecuente con ese tipo de jóvenes: simple, desenfadada y sin pretensiones. Sus personajes los construye con calma y solidez, dibujados casi todos con las líneas de sus diálogos, aunque no están exento de efectismos y estilización, como es el caso del personaje interpretado por Ethan Hawke; pero en el principal, el encarnado por Winona Ryder, logra condensar ese “espíritu” generacional, esa desidia, esa falta de compromiso con su tiempo y esa desorientación vocacional y existencial. Claro que siempre va a estar el amor, el cual, al menos a la juventud, se empeña en salvarle la vida a veces con tanta insistencia como fugacidad, pero amor al fin y al cabo, no importa si es en la generación X o en la que la contradijo, la Y, o si tiene en algo tan tétrico y desolador como la prueba del SIDA uno de sus rituales generacionales.

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