La soledad de Frida

Oswaldo Osorio

Es difícil imaginar qué siente o qué le pasa por la cabeza a una niña de seis años que empieza un proceso de duelo, y más aún si ella ni siquiera es consciente de que está ocurriendo. En esta película la directora catalana Carla Simón, quien vivió este mismo proceso cuando tenía esa edad, encuentra con lucidez y sutileza la forma de transmitir esas emociones y dar cuenta de tan difícil situación por la que pasa Frida, la protagonista de esta historia.

Luego de la muerte de su madre, Frida tiene que reiniciar su vida con una nueva familia, en el campo, donde un tío suyo. El principal recurso que utiliza la directora para acercarnos al dolor silencioso y a la desesperación latente de esta niña es el realismo cotidiano. Dejando a un lado la construcción convencional del argumento, el relato opta por hacer un seguimiento a la cotidianidad de Frida y su familia, porque es con detalles, gestos y rutinas como se va entendiendo el estado de ánimo de la niña.

Decir que no se sabe amarrar los zapatos para que se los amarren, el insomnio o enviarle regalos a su madre por medio de la estatua de una virgen, entre muchas otras cosas, van sumando en ese universo interno Frida que el espectador puede leer en una parsimoniosa narración sin sobresaltos. Pero en el tratamiento que le da al relato y su personaje, la directora se cuida de nunca ser sensiblera o lastimera, incluso por momentos resulta difícil identificarse con la protagonista, dado su comportamiento errático y hasta maledicente.

Además de la ausencia de sus padres y del radical cambio de ambiente, Frida también debe afrontar el estigma que ha dejado la muerte de su madre a causa del SIDA. Esto acrecienta su desorientación y desamparo. Pero nuevamente, es un tema que apenas si se menciona de manera explícita, pues la película tiene la habilidad de simplemente “ponerlo en el aire”, haciendo del tema una sombra que pesa y oscurece más los sentimientos adversos.

Para un espectador desprevenido, esta es una de esas películas en las que “no pasa nada”, pero en realidad son muchas cosas las que pone en juego a partir de un relato desdramatizado, con un conflicto que se manifiesta apenas soterradamente y unas acciones motivadas por la naturalidad y lo cotidiano. Y aun así, resulta una historia honesta y potente, en la que se puede ver, casi de forma inédita, la situación de una niña que atraviesa un duelo sin saberlo, que empieza su vida desde cero cuando apenas se estaba acomodando en el mundo, que tiene metida en el pecho una muda angustia que en cualquier momento estallará.

Publicado el 22 de abril de 2018 en el periódico El Colombiano de Medellín.

 

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