La desesperación en dos actos

Por Oswaldo Osorio Image

Algunas veces las buenas películas resultan ser las que uno menos espera. Se estrenó Sin rastro (Breakdown), de Jonathan Mostow, y quienes tenemos el vicio de ver todo lo que pasa por la cartelera, esperábamos otra película más de acción, juicio determinado en buena parte por la presencia de Kurt Russell en el rol protagónico. Por fortuna nos equivocamos, porque esta película, si bien cuenta con una buena carga de lo que a veces denominamos peyorativamente “acción”, no se deja limitar por las persecuciones y los disparos. Se trata más bien de un angustiante y desenfrenado thriller en dos actos que no da pausa, que agarra y envuelve limpiamente, sin trucos ni muchos efectismos, algo que no veíamos desde hacía mucho tiempo.

Alfred Hitchcock fue el que mejor -y probablemente primero- hizo filmes así, fue él quien sentó las bases y reglas de este género, con sus películas el suspenso dejó de ser sólo un procedimiento o recurso dramático, para convertirse en un fin, con valor estético y sustancialidad. Esta película de Mostow no pierde de vista los preceptos del maestro, ya que plantea una situación angustiosa, cuyo desenlace se mantiene pendiente hasta el final, y dosifica con precisión los elementos de la historia para propiciar una ansiedad creciente.

ACTO  I      

Pero decir que Sin rastro es sólo una película de suspenso es limitarla, porque en ella hay mucho más, especialmente en su primera parte, una perturbadora pieza que tiene la virtud de trasmitir el desasosiego y la angustia de un hombre que pierde a su esposa en mitad de ninguna parte. Esta situación ya la habíamos visto en muchas otras películas, en The vanishing, de George Sluizer, por ejemplo, pero no con tanta fuerza, no con tanta incertidumbre, porque ni siquiera el espectador sabe qué le ha pasado a la mujer, todavía no le han proporcionado esa información.

La desolación de este hombre se extiende, o mejor, se acentúa con la del paisaje, desconocido y etéreamente hostil, una región semidesértica del medio-oeste de Norteamérica, algún lugar entre Boston y San Diego, el itinerario de la pareja; una infinita planicie deshabitada, árida y sofocante, donde las carreteras se pierden en el horizonte como en uno de esos decorados de las películas de antaño, cuando el studio system todavía no había permitido que el cine saliera a la calle y a los campos.

Y el espectador, en las mismas. Ni siquiera los más avezados en ese pretencioso ejercicio de predecir deductivamente el futuro inmediato de una trama, pueden adelantarse a los acontecimientos, una virtud más de Mostow y su guionista, que manejan con habilidad tanto la historia, su ritmo narrativo y como al espectador; pero sobre todo, saben manejar esa atmósfera de zozobra y angustia que impera en esta primera parte. Aprovechan esa capacidad, que es sólo potestad del cine en tales dimensiones, de transmitir emociones, sentimientos y estados de ánimo. Por tanto, es posible sentir la desesperación y la incertidumbre de ese hombre que se enfrenta impotente a una situación extraordinaria y crítica.

ACTO  II

Inevitablemente la línea argumental tenía que evolucionar, porque de quedarse en ese estado, corría el riesgo de estancarse dándole vueltas a una misma situación; aunque también era posible que saliera una turbadora pieza del absurdo y el sinsentido, por supuesto, algo mucho más difícil de lograr (y de comercializar).

Esta evolución tiene su punto de partida cuando, tanto personaje como espectador, conocen a los autores y la causa de la desaparición de la mujer. (Este es el punto en que el lector que no haya visto la película y quiera apreciar en su dimensión la primera parte descrita, debe abandonar este texto)  Esta causa es una de las más viejas del mundo: dinero. La pareja fue la víctima elegida por un grupo de extorsionadores de carretera para tenderle una trampa perfecta.

Hasta aquí todo más o menos tranquilo, angustiosamente tranquilo. Pero el gatillo de los frenéticos acontecimientos que se suceden en adelante, es disparado por la reacción

desesperada del hombre que trata de salir de la red que le han echado encima. Pero, lo mejor de todo, es que no resuelve sus problemas como lo haría cualquier Bruce Willys o Schwarszenneger, dotados del sinfín de trucos de la industria y de una lógica argumental que todavía no es del todo aceptada por el público, sino que lo hace con salidas ingeniosas (la del banco, por ejemplo) y, sobre todo, verosímiles, tan serias y probables como el talento de los realizadores y como casi toda la película misma.

Ahora la película adquiere características más reconocibles de cine de género. El instinto de supervivencia, la adrenalina y la velocidad, relevan la angustia y la zozobra. El suspenso sigue fundamentado muy hábilmente en la incertidumbre de las amenazas que le esperan a nuestro protagonista, suministradas con buen pulso, sin recurrir a los artificios de las pistas falsas y sin dilatar el tiempo, al contrario, acelerando los sucesos cada vez más, en una progresión en la que el suspenso se condiciona a las secuencias de acción, las cuales toman el ritmo de la trama y, por consiguiente, hacen del filme una obra ya más convencional, tanto que la secuencia final sí es susceptible a un fácil vaticinio.

Además, a medida que va avanzando la película, el perfil de los personajes y la manera como se plantean los hechos, van  predisponiendo al espectador en contra de los “malos”, y así entonces, se podrá justificar moralmente cuando las víctimas acometan contra ellos en venganza. En esto sí no se diferencia mucho del resto de las  películas del género. Sin embargo, esto no alcanza a eclipsar la contundencia de una película que resultó ser una agradable sorpresa, aunque lo de agradable es sólo en honor a sus cualidades cinematográficas, porque en realidad es una película no tanto para disfrutar como para padecer.

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