La música siempre salva

Oswaldo Osorio

Mr. Holland's Opus (1995), Música para el corazón (1999), Los coristas (2004) y August Rush (2007) son solo algunas películas de una larguísima lista que se podría hacer entre las que comparten el mismo tema y argumento de esta pieza de Rachid Hami: El arte, y específicamente la música, como el vehículo por medio del cual un entusiasta maestro redime a un joven o a un grupo de jóvenes de su marginalidad o falta de oportunidades. La mayoría de ellos suelen ser relatos sensibleros y predecibles, así como aleccionantes.

Esta película francesa tiene algo de todo esto, sobre todo que casi desde el principio se sabe cómo va a terminar, pero por distintas razones, esto no parece importar mucho a la hora de presenciar esta película, en especial porque su director sabe encontrar el tono adecuado para no caer en facilismos emocionales o artificios dramáticos en su trama o personajes. Están los conflictos de siempre, sobre todo la tensión entre el nuevo profesor y los niños problema, pero también hay otros elementos, como el humor y la reflexión sobre la vocación de enseñar, que matizan esos conflictos obvios.

Simon es un violinista profesional que termina dando clase en una escuela de la periferia parisina. Algunos entre el grupo de jóvenes están urgidos de ejercer su rebeldía y hasta el irrespeto, tanto para con sus profesores como para con sus compañeros, por lo que tratar de enseñarles el difícil arte de tocar violín parece una empresa inviable. Pero la historia plantea como recurso concentrarse en un niño con una especial dedicación y pasión por este instrumento, con lo que funge de guía del grupo y por lo que el relato se sale de los transitados caminos de todas esas películas similares a las citadas al principio.

El carácter callado y ensimismado de la pareja protagónica, el maestro y el niño más adelantado, es otro elemento que contribuye a definir ese tono diferencial de esta película. Hay en ellos una suerte de melancolía, por la música y la familia, que determina el ritmo y la atmósfera de las escenas, además de que causa una emotiva conexión y empatía entre ellos, al punto de poder presenciar la sutil forma en que va naciendo y fortaleciéndose una honesta amistad entre ellos.

También se le agradece a esta historia que no haya tenido que recurrir a problemas sociales de fondo para potenciar el drama, como casi siempre ocurre en este esquema cuando se habla de una comunidad de alguna forma marginal. Aquí ese drama y conflicto se da por cuenta de la naturaleza y forma de ser de los personajes, así como de las volubles relaciones entre ellos. Incluso cuando recurren a un conflicto externo (el incendio), es para introducir a las familias de los niños en la ecuación y desarrollar otra línea de reflexión sobre la necesidad e importancia del arte en la formación de los jóvenes, con lo que acaba por redondearse esta película que, a pesar de su tema recurrente, termina siendo emotiva y encantadora. 

 

Publicado el 3 de diciembre de 2017 en el periódico El Colombiano de Medellín. 

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