El gorrión ahorcado

Oswaldo Osorio

Aunque el cine es como la vida, no siempre debe parecérsele en todo. Por eso es un arte, para poder deformarla, trastocarla y poetizarla, y así crear otro lenguaje para hablar de ella misma. Eso se puede ver en esta delirante e impredecible película, un viaje hacia los apasionamientos de la naturaleza humana, a las emociones encontradas y a un relato que no le teme saltarse y contrariar las convenciones de la continuidad narrativa y del realismo sicológico.

Dos jóvenes llegan a una pensión familiar a orillas del mar, allí se encuentran con un enrarecido ambiente lleno de minúsculas anomalías y residentes con vidas alteradas o con la capacidad de alterarlos a ellos. Eso ocurre especialmente con Witold, escritor frustrado y abogado reprobado, quien empieza a perder la cordura por Lena, la hija de la dueña. Lo que empieza tal vez por un gusto por sus labios, desemboca en una obsesión que comienza a poblar su comportamiento de una colección de tics y esquizofrenias.

Más que un argumento con una historia clara, el director y guionista propone una atropellada sucesión de situaciones con la que construye un universo dislocado de emociones y compulsiones. Los siete personajes se cruzan en distintos espacios de la casa y protagonizan escenas que no necesariamente tienen conexión con las demás, incluso algunas no tienen sentido en sí mismas, solo se les puede vincular con el tono general del relato, entre absurdo y cargado de reflexiones poéticas e intelectuales, entre trivial y enaltecido por la belleza de alguna imagen o una línea de diálogo.

En el fondo es el amor y el deseo los sentimientos que mueven a todos los personajes, sin embargo, tales sentimiento están sepultados bajo muchas capas de obsesiones, fobias, arrebatos y manías. Todo ello conducido por la trepidancia de unos diálogos llenos de alusiones cinematográficas y literarias, las cuales los hacen tan ricos como artificiales; como artificial y enfática puede verse también la interpretación de todos los actores. Si no fuera porque ya está definido el código del relato, parecería una mala obra teatral, pero así debía ser para poder lograr esa desesperante armonía propuesta desde el principio.

Esa hiperbólica concepción de los diálogos, de la actuación y del relato contrasta con la propuesta visual y de puesta en escena, las cuales están más definidas por la delicadeza, la belleza y la evocación poética: Imágenes que son cuidados cuadros surrealistas, la luz que busca la expresividad o el esteticismo y el buen gusto de las estilizadas y envejecidas locaciones, todo un agradable universo visual sacudido por la presencia de sus sulfurados habitantes.

Puede no ser una película fácil de ver, porque exige sintonizarse con ese inédito código en que está planteada, así como exige desprenderse del hábito de articularlo todo a una historia, pero sin duda es una experiencia distinta frente a la pantalla, una descarga estimulante de imágenes, ideas y sentimientos, que se recibe con el ímpetu de una narrativa que quiere salirse de los moldes.   

 

Publicado el 20 de noviembre de 2016 en el periódico El Colombiano de Medellín. 

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