Adolescencia, amor y odio

Oswaldo Osorio

Uno de los más reconocidos directores franceses, con casi una treintena de películas en sus créditos, vuelve a sus 73 años con una película que está en las antípodas de su edad. Justamente el título del filme hace referencia a los años que tienen sus protagonistas, y esta edad ya lo determina todo, porque el relato es una mirada a todas esas angustias, inseguridades, deseos y pulsiones que experimentan los adolescentes en esta etapa de su vida.

Damien y Thomas estudian juntos y comparten lo que parece ser un odio mutuo. La película no se afana en explicar las razones de su animadversión, por eso en su primera hora es como si tuviera las mismas características de sus adolescentes: impredecible e irregular, explosiva y aletargada, sin explicaciones concretas ni intenciones de definir sus objetivos.

Por eso es una obra con la que hay que tener disposición y paciencia, las cuales luego se verán recompensadas con el paulatino crecimiento de una historia llena de facetas y de gran diversidad de registros, desde la fuerza de un drama con hondos conflictos internos y de relaciones personales, pasando por desenfadados momentos alentados por el humor y la alegría de vivir, hasta emotivas situaciones y sentimientos que es hacia donde finalmente se dirige todo el relato y la construcción de sus personajes.

La película sabiamente crea entre sus dos protagonistas una antítesis que termina siendo complementaria: uno vive en la ciudad, es sociable y le va bien en el colegio, mientras el otro vive en contacto con la naturaleza, no se relaciona con nadie y parece tener problemas de aprendizaje. En medio de esto está la madre de uno de ellos, que funciona como el tercer protagonista y es quien cataliza la relación entre estos dos jóvenes.

De manera que la trama hace un movimiento pendular entre las personalidades, problemas y deseos de estos dos jóvenes, así como entre su relación de amor y odio, que se va transformando poco a poco con unos matices que el director sabe ir introduciendo con sutileza y que le van dando sentido a toda la historia. Y en cierta forma, como motor de ese péndulo, está la calidez y buen criterio de la madre, lo que la convierte en un personaje entrañable y de gran significado para ideas que rondan el contexto del filme, como la familia, la comprensión y la generosidad en las emociones y los sentimientos.

Se trata de una película que parece imperfecta en ciertos sentidos, especialmente en su cohesión narrativa durante la primera parte del relato, pero poco a poco va adquiriendo una fuerza y solidez que evidencian la madurez de un director que conoce muy bien las posibilidades expresivas del cine y todas las ideas que puede poner en juego sin caer en obviedades ni seguir fielmente las reglas impuestas por la narrativa convencional.

Publicado el 23 de octubre de 2016 en el periódico El Colombiano de Medellín.

 

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