La fantasía de los “perdedores”

Por Oswaldo Osorio Image

“Me dieron un cuerpo y a ese cuerpo un nombre.
A ellos me acostumbro como el tigre el rugido.
Habito ese cuerpo como un escenario, pero al tiempo
que actor, que director, soy amotinado público”
Crónica del habitante, de Juan Manuel Roca

Estas líneas del poeta Roca (quien casi siempre nos deja sin palabras con sus palabras), aluden a una vieja dicotomía que ya estaba presente, incluso, en la concepción que del hombre tenían las religiones más primitivas: la división entre cuerpo y alma. Pero sobre todo alude a la confrontación entre ambas partes, al descontento latente de la parte pensante con la material. Esta película parte de ese descontento y de la posibilidad de que, por fin, la mente (o el alma, cada quien escoge según sus creencias) se libere de la “prisión del cuerpo”, y parte también de la posibilidad de habitar un cuerpo que no es el propio, o al menos darse una pasada por él. De todo esto surge una historia tan original como hacía mucho no se veía en el cine norteamericano, una historia que se sale del cuerpo del cine de género o de fórmulas preestablecidas y que logra, a fuerza de ingenio, una pieza inquietante y desconcertante, aunque no exenta por completo de giros forzados y salidas fáciles.

Del absurdo a lo fantástico

El desconcierto empieza cuando nos presentan a un matrimonio compuesto por Craig, un marionetista sin público, y Lotte, a una mujer que ha convertido su casa en un zoológico, con jaulas y todo. Luego los sitúan en un mundo absurdo y dislocado, un mundo que si bien es real y explicable, resulta a veces tan extravagante que raya con el delirio. Pero cuando Craig se encuentra con un “portal” que conduce al interior del más o menos famoso actor John Malkovich, este mundo absurdo y dislocado pierde parte de su validez, pues lo que es creado con ingenio (la casa-zoológico, la niña viendo el erotismo de Abelardo y Eloísa en marionetas, las oficinas de medio piso de altura, la secretaria con problemas de comunicación...), es luego pasado por el tamiz fantástico de la existencia de aquel “portal”, por tanto nos cambian las reglas de la lógica que rige el relato y ya nuestra mente debe dejar de juguetear con el absurdo y nos debemos entregar a la fe ciega de la fantasía.

Lamentando que no continúe como empezó, nos habituamos a las nuevas reglas de juego, que siguen siendo inquietantes y desconcertantes. Es aquí donde entramos de lleno en el asunto de la transmigración, de esas continuas visitas o invasiones que hace una serie de personas al interior del cuerpo de John Malkovich. Es aquí donde se pone en juego la idea de “querer ser otro”, que es la cuestión fundamental sobre la que explora y trata de reflexionar el filme. Lo primero que nos dice al respecto es que no todos quieren ser otro, que ése es más un deseo de quienes la cultura norteamericana llama “perdedores”, es la fantasía de cualquier fracasado como Craig, o descontento como Lotte, o acabado como el anciano. Prueba de ello es que Maxinne nunca quiere ser John Malkovich, pues se nos presenta como una mujer hermosa, inteligente, temeraria y dominante; además, es un personaje que sirve de comodín a la trama, pues cuando el relato lo requiere, ella asume el rol de seductora, lesbiana, mujer de negocios, esposa o madre.

La fila que se hace afuera de las improvisadas oficinas de la J. M. Inc. está compuesta por el prototipo del “perdedor” que el cine siempre nos ha vendido, personas descontentas con lo que son y que culpan a su cuerpo de casi todas sus desventuras. Es cierto que vestir la piel de otro debe ser una experiencia excitante, o puede ser el grado extremo del vouyerismo, donde el mirar a otros es superado por la sensación de ver a través de la mirada de otro, pero ¿cambiar indefinidamente como lo hace Craig? Ya ahí nos encontraríamos con cuestiones que tienen que ver con el amor propio o la identidad. Por eso Craig y Lotte cuando descubren la posibilidad de ser otro, de enamorarse de otro, de que se enamoren de ellos siendo otro, dejan de ser ellos mismos, aun en el tiempo en que no son John Malkovich. Cuando pueden ser otro comienzan a degradarse, a perder sus principios y su amor propio. Sus valores involucionan a la mezquindad y el oportunismo. Por eso es que sólo mediante el fraude de ser otro Craig logra reconocimiento con su arte y Lotte consigue ser madre.

Película de guionista

Las cualidades de ¿Quieres ser John Malkovich? (Being John Malkovich, 1999) se evidencian más en el trabajo de Charlie Kaufman, su guionista, que en el de su director, Spike Jonze. Es por eso que vemos una historia original y bien estructurada, una sólida y dinámica construcción de los personajes a lo largo del filme y unos diálogos elaborados con ingenio y precisión. Lo que no vemos es una suficiente eficacia de las imágenes para darle vida a estos elementos; a esa historia inteligente y sofisticada no corresponden las mismas cualidades en su tratamiento visual, antojándose torpe y a veces burda, muy a pesar de las inmensas posibilidades que tenían las situaciones y que sólo logran ser capitalizadas en el momento en que John Malkovich atraviesa el “portal” para ser él mismo: el resultado es una impactante secuencia que ya hace parte de la galería de imágenes memorables de la historia del cine.

Lo que sí se le puede abonar a Spike Jonze, es las buenas interpretaciones que le sacó a su reparto, aunque es cierto que comparte el mérito con un John Cusack que nunca defrauda y con una Cameron Díaz que está empeñada en que se aprecie su talento, aun a costa de aparecer desaliñada para sacudirse de encima la apariencia de sex symbol que le diera fama. El filme, por su parte, los recompensa con la certeza de que no pasará desapercibido, porque se trata de una obra audaz y original, un disparate que si bien va de mayor a menor, porque se empantana en las soluciones fantasiosas, en las parodia mediática y en una singular versión de la reencarnación, en general conserva esas dos características que le atribuía desde el comienzo: inquietante y desconcertante.

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