Dios y el diablo tienen sed

Oswaldo Osorio

Hay tantas formas de referirse a Jesucristo y todo lo que ha representado para la historia y la espiritualidad de la humanidad, pero la mayoría de las películas que lo han abordado se han limitado a hacer literales adaptaciones del Nuevo testamento. A algunas excepciones en esa tendencia, como La última tentación de Cristo (Scorsese, 1988),  Jesús de Montreal (Arcand, 1989) o El hombre de la tierra (Schenkman, 2007), viene a sumarse este honesto, reflexivo e inteligente relato.

Casi ninguna relación tiene este filme con todos esos otros que han convertido a Rodrigo García en uno de los más importantes cineastas de algo que se podría definir como el “Hollywood independiente”. Cosas que dije con solo mirarla, Nueve vidas o Madre e hija, son filmes protagonizados por grandes estrellas de la industria, que hablan sobre la familia o la condición femenina y lo hacen con una admirable sensibilidad y elocuencia.

García rompe aquí con ese universo suyo y se adentra en una compleja reflexión espiritual, y para hacerlo usa como excusa el momento de la vida de Cristo cuando se va al desierto durante cuarenta días. Dice la Biblia que se fue empujado por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Así que el diablo, el desierto y una familia que Yeshua encuentra allí, son los elementos con los que este director indaga acerca de asuntos como la relación padre e hijo, la fe, la familia, la espiritualidad y el destino.

Todo esto ocurre teniendo a un personaje y un espacio como ejes narrativos y del conflicto: Yeshua y el desierto. El primero enfrenta una crisis espiritual antes de afrontar ese duro destino de ser el salvador de la humanidad, por eso duda de él mismo, de si quiere hacer ese doloroso sacrificio y si tiene la fuerza, pero también duda de su padre, a quien le hace los reproches que cualquier hijo haría; mientras que el desierto es un lugar de silencio y soledad, ideal para el encuentro consigo mismo, para combatir al demonio (los propios demonios), el ambiente ideal para la desorientación pero también para la iluminación.

De manera que en Cristo está definido un personaje completo y complejo: es la representación del bien y el mal (el mismo Ewan McGregor interpreta a Dios y al diablo), es la lucha constante entre su humanidad y divinidad, es la duda por su fe y por su misión en la tierra, y es la encarnación de las fortalezas y debilidades de cualquier ser humano. Y en el desierto tenemos, además de las mencionadas implicaciones simbólicas y para el personaje, una gran fuerza visual y como paisaje, un lugar que la fotografía de Emmanuel Lubezki supo explotar dramática y estéticamente.

También son un personaje y en espacio que determinan la construcción de un relato contemplativo, el detenimiento del tiempo, la alucinación y la introspección. Un relato que le exige al espectador tanto en su cinefilia y como en su espiritualidad, porque esta es una propuesta diferente, sin los facilismos anecdóticos de tantas adaptaciones de la Biblia, sino la película de un cineasta inteligente y profundo, a quien le gusta hacer preguntas sobre asuntos esenciales y dar opciones de respuestas en sus películas.

 

Publicado el 14 de agosto de 2016 en el periódico El Colombiano de Medellín. 

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