Dos estrellas y un figurante

Oswaldo Osorio

Una vida ordinaria, la mala suerte y el traicionero mundo de la televisión y la farándula son mezclados con fuerza en un mortero rebosante de acción, humor negro y estropicio. Nada que no se haya visto antes en una película de este trepidante director español, por lo que resulta un relato harto entretenido y en muchos momentos lleno de ingeniosas imágenes, diálogos y situaciones, pero también una baraúnda de acciones que mantienen un débil equilibrio. 

Ciertamente Álex de la Iglesia no pierde su estilo ni el ácido temple con que están hechos sus personajes e historias, pero sin duda hay películas que le han quedado mejor cocidas que otras, más redondas y contundentes: El día de la bestia, La comunidad y 800 balas son tres buenos ejemplos. En esta no hay tanta fortuna, pues los -al menos- tres conflictos y subtramas que componen el relato, no le permiten la cohesión y hondura para mantener uniforme el interés y la concentración del espectador.

Es la grabación de la noche vieja en la televisión y dos de los conflictos se reparten entre las dos estrellas de la canción invitadas, el joven símbolo sexual latino y una leyenda del espectáculo llamado Alphonso (con ph, como el mismísimo Raphael que le da vida). El tercer conflicto es el de un pobre figurante que cree encontrar el amor de su vida en una bella mujer, quien en realidad le trae mala suerte a todo el que se le acerca. Pero además de estos, está la huelga de empleados, la madre loca que abraza un crucifijo, el directivo corrupto y otra serie de pequeños enredos que se suceden en torno a esa grabación y personajes centrales.

También, por otra parte, parece que a este cineasta se le dan mejor los dramas –no exentos nunca de truculento humor negro- que las comedias, y esta es una comedia, mucho más ingeniosa en sus diálogos que en las situaciones o que en la comedia física, de hecho, la escena del gran clímax, definida por la comedia física, cuando todo se vuelve un caos, resulta más bien torpe visualmente y en su montaje. No se muestra en sintonía con la precisión e ingenio que tienen muchos otros pasajes.

La historia y los personajes retratados no tienen piedad con la crítica frontal y caustica que hacen de la televisión y de quienes trabajan en ella, tanto en la producción como la farándula. Se pone en evidencia toda su superficialidad, los desvergonzados artificios de cara a las cámaras, la envidia, la competencia desleal, el arribismo y la falta de humanismo y cordialidad. Es una jungla de luces, decorados y brillantes serpentinas. Aun el más noble e inocente, como el figurante enamorado, sale mal librado, por el patetismo con que es dibujado.

Divertida en general y entretenida en todo momento. Con encantadores y graciosos guiños para quienes conozcan a Raphael y sus canciones, así como rauda en su ritmo, el cual gana en intensidad por la simultaneidad de conflictos y la multiplicidad de personajes. Una película con los excesos que debe tener una obra de Alex de la Iglesia: impetuosa, incorrecta y rutilante.

 

Publicado el 24 de julio de 2016 en el periódico El Colombiano de Medellín. 

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